El recuerdo manutenido.

[sic]

Después de comprar el cigarro, como siempre, a eso de las 8:00PM, principió su habitual caminata en aquellos senderos oscurecidos, maltratados por la inclemencia del trópico y la corrupción del país. Lo encendió y empezó con la típica charla con su consciencia, pensando en cada momento sobre lo que sucederá después del mes.

Hacía tiempo lo venía torturando la idea de perder el empleo y con este las nuevas amistades que tanto luchó por construir. Sin embargo, tenía constituido un plan B: largarse a cualquier ciudad barata de Latinoamérica en donde sus capacidades fueran medianamente aceptadas, mientras se sugestionaba cada vez sobre su devenir.

Lento moría el cigarro. Mientras, un vaho grisáceo transfiguró la diáfana luz de los faroles. Un instante después, despertó en él un recuerdo de esos que la memoria debería tener guardados en rincones oscuros por impredecibles. Tal fue su conturbación que detuvo la marcha, deformando sus tranquilos gestos faciales en unos de pavor, subrayados por la más sucia e inusitada tristeza de su ser…

Un martes cualquiera del año sin fecha, se dirigía a su lugar de laburo, pasando por la esplendorosa avenida Roosevelt, siempre adornada con los parquímetros traídos de Estados Unidos, y las vistosas Prados y Hilux, que demostraban el poderío económico del país Granero, entonces paraíso del capital. Saludó, como era de costumbre, a Chepe Lolo, en el puesto de periódicos donde compraba su acostumbrada edición de Novedades, el diario, para después hojearlo en el parque Frixioner, a la hora del almuerzo. Entraba a las ocho y media.

Tras ascender cincuenta y un pisos del edificio del Banco de América. Estaba dispuesto a elaborar los contratos de compra de una nueva sucursal en Caracas. En horas de análisis de estadísticas, su celular vibró. Le notificaban que había muerto un amigo de su infancia. Después de tanta lucha por olvidar y enterrar su funesta presencia en los recuerdos, había muerto, resucitando en las memorias su paso terrenal. No supo cómo procesar la noticia. Detuvo el trabajo. Optó por dirigirse al hospital El Retiro para presenciar, entre una amarga risa de satisfacción, al cadáver.

Tomó el mercedes asignado que nunca usaba para recorrer el caos de Managua, pasando por el Mercado San Miguel, donde acostumbraba ver a René tomar sopa junto a los escoltas presidenciales. Agarró el atajo del paso a desnivel que cruzaba la estación del metro por El Carmen, para luego dirigirse a la dupla central y caer directamente al hospital. Lo esperaba el doctor Miguel Santiago, Cáñez de apellido, sin aviso, como visionando el futuro y cargando consigo la completa seguridad de su llegada. Al bajarse del carro, el Doctor llegó corriendo a mediar tranquilamente, para que se evitase una consternación mayor en la sala, donde sobraban los vilipendios y las maldiciones de los familiares.

–¡Por favor, jodidó!–dijo el doctor, figurando una aflicción en el alma–No entrés. Ya suficiente tiene. No necesita que se le profane más su estancia terrenal. Vos sos más que esto.

–No, yo hice una promesa. Ya hablé con Tacho para que el director me reserve la sala sólo para mí, ni vos ni nadie me van a detener, si Rulfo me avisó fue por algo.

Mientras galopaba junto al doctor Miguel por los modernos pasillos del recién re-inaugurado hospital, discutió con él sobre el impacto que causaría su presencia en los familiares. La ira que sintió lo ensordeció, mientras planeaba el monólogo que desde hacía tiempo venía reescribiendo incontables veces en borradores mentales, previendo esa fecha. No pensaba que iba a estar joven para entonces, pero la sorpresa no la despreció.

Al llegar a la habitación trescientos treinta y dos, se cruzó con la raquítica y apesarada madre, con la hermana que le solía preparar el café de las cuatro y con el hermano con el cual discutía hasta los albores de la madrugada sobre los nuevos libros de Habermas, Cortázar y Borges. Con una educada y locuaz prepotencia balbuceó: ¡Fuera! Y el característico tono grave e impávido que lo definió durante sus años de cadete en la José Dolores Estrada asomó.

El despojo de familiares que se encontraba desorganizado en templada y sencilla sala formó una fila, virando los ojos hacia el suelo, insinuando la dolorosa humillación del momento. Quedaron en la sala un cadáver, Miguel Santiago Cáñez y su propia presencia.

El ritual comenzó con una catarata de carcajadas que atribuló al pasillo entero, al ajetreo de las enfermeras y al sufrimiento de los enfermos. Luego optó por empezar a auscultar los pensamientos rezagados o los últimos momentos que la débil sangre le permitió oxigenar en su maltratado cerebro, antes, cuando aquella masa inerte, pudenda, tenía vida. El doctor, consternado por el silencio, interrumpió el momento de tajo.

–¿Qué más querés? Ya te regodeaste al ver que está muerto, ya humillaste a su familia, ¿qué más hijueputa querés?, ¿revivirlo y matarlo de nuevo?

–No, sólo quiero imaginar cómo su cuerpo debería de estar flotando en el limbo. Mucho pidió y poco dio, prometió milagros, casi me deja morir en la más pútrida miseria de Acahualinca. Ahora mirame, gerente del banco más poderoso de Nicaragua y con millonadas en mi cuenta, y todo por mi esfuerzo, esfuerzo que alguna vez deposité en esa mierda. Irónica que es la vida.

Se detuvo un segundo. Volteó hacia Miguel.

–Antes de irme, porque no quiero embarrarme con la pestilencia de este albañal, voy a dejar esto–depositó un papel arrugado que sacó de su billetera en el pecho del muerto–. Decile a los enfermeros, que cuando lo lleven al botaperro o donde sea, que no olviden el papel, lo anduve cargando por mucho tiempo.

Miguel Santiago Cañez no se molestó en espiar el papel. Consideraba que los asuntos agrios del alma ajena fácilmente contaminaban a la propia. Rezó un padre nuestro y llamó a los enfermeros para desalojar la sala. El doctor sabía perfectamente el porqué de las reacciones y de los sentimientos. No necesitaba vacilar ni mediar.

Al salir de la sala, yendo camino al carro, lanzó carcajadas y un sin número de comentarios cáusticos a la familia, con el tono más soberbio que el alma le permitió. Sentía que el peso de años y años de dolores y amarguras por fin despejaban el espacio que ilícitamente expropiaron su cuerpo y consciencia. Luego optó por marcharse a la oficina, tomando un atajo por la explanada de Tiscapa para llegar a salir por la Roosevelt de nuevo y terminar el contrato, enviarlo por correo a Caracas y luego ir con su novia a cenar al restaurante más fino que los billetes de mil podían pagar. Olvidó por el resto del día la interrupción de su rutina para terminar de enterrarla con ayuda de los placeres de la carne y el dinero.

Aquel diáfano recuerdo que sólo él, en un impacto de segundos, recordó y volvió a vivir, destruyó su apaciguada caminata noctámbula, asolando el placer que su vicio le proveía antes de dormir o tomarse el té de las nueve.

Luego de la trémula parada, continuó su camino hacia su casa, meditando después de muchos años sobre si su actuar tan soberbio y desmedido era realmente justificable, y más para alguien que, a pesar del mal cometido, lo hizo transformase en quién era, retribuyendo proporcionalmente un mal en bien.

Eran cuestiones que la sugestión del pasado no permitía checar, sino sólo aprender. Las promesas, las cartas, las acciones, los regalos de aquella relación, en su momento rociada de idílicas mieles, se marchitaron junto al eros que, después de ese día, también río en su atribulado acto de dramaturgia.

En el velorio aquel.

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