El trayecto de la miseria.

La miseria de Managua posee dimensiones tales que no es posible para una persona comprenderla en su totalidad sin un esfuerzo voluntario. Es ubicua, visible en todos lados desde el centro hasta la periferia, pero no se concentra de manera equitativa en tan enorme desastre urbano.

Tomar la ruta de transporte colectivo número 106 en la parada frente a la Universidad Centroamericana fue la introducción a la Managua que muchos ni notan. Ahí, juntas en una especie de mercadillo, quizá dos centenares de almas tratan de sobrevivir entre la basura, el bullicio de personas y vehículos, y los malos olores.

—¿Y adónde vamos a ir?—me dice Joana (su nombre es otro, para estar seguros), una vendedora de refrescos ante un bus «inter-mortal»—Aquí es donde viene la gente, aquí se juntan par’irse y compran, se aburren o les da hambre y nos compran. Así nos ganamos la vida honradamente.

«Y peor es andar robando» seguramente dirán todos en ese lugar. Pero aquí es apenas donde empieza el viaje. Aunque mucho hay que decir de los montículos de basura apiñándose en los montarascales a los costados y detrás de las bahías, ya metido en la 106 se disuelven en mi visión periférica y otras cosas aparecen para llamar mi atención.

El trayecto de la ruta es casi críptico para quien no conozca la ciudad. Es una intercalación de barrios que no estarían fuera de lugar en cualquier otro departamento, de zonas con edificios de oficinas, restaurantes, comercios en general. Entre todo eso quedan repartidas las paradas que parecen establos. Entra gente y sale otra, entran jóvenes con trajes escolares, señoras con bolsas de plástico, ancianos con un pie dentro de la tumba pero todavía capaces de aferrarse con fuerza a un tubo metálico.

El mercado oriental es imperdible. Nunca había estado ahí antes, pero conocía los signos. La ruta da vueltas extrañas atravesando esa aglomeración con gran habilidad. Pensar que la UCA, donde jóvenes de tez clara compran cafés azucarados en dólares, y este complejo de comercio primitivo, de fruterías, carretas, muebles; que ambos se cobijan bajo el mismo nombre—«Managua»—es sencillamente impresionante.

Más impresionante es cuán brusco es el fin de la capital. Tan sólo unos metros hacen falta para que hasta el clima cambie. De pronto ya no hay tantas casas ni tanta gente, sino el propio monte y hasta neblina había cubriendo la carretera, todo el cielo nublado.

Veo maquinaria moviéndose, casas veo, simples casas «solidarias» del gobierno, casas de colores chillones apagados por las nubes y después, nada de nuevo. No sube gente, sólo bajan en medio de lo que luce como la nada. En medio de la ruta puedo ver cómo acaba desolada y me permito pensar en que no tengo calor.

Ya no estoy en la UCA. Ni siquiera estoy en Managua. Veo a mi izquierda, a la ventana, y leo un letrero azul, elevado que sirve de arco y entrada, cuyas letras blancas rezan:

«BIENVENIDOS A CIUDAD BELÉN»

A la izquierda, en el letrero, está la bandera de un país extranjero; a la derecha, la marca de la Alcaldía de Managua.

Lodo, charcos pululan a ambos lados de la vía de entrada. Una caponera pasa al lado del bus, la conduce un belemita de tez oscura, ropas viejas. La 106 penetró en el pueblo compuesto de viviendas sociales, árboles y chabolas de zinc. Un hedor a aguas negras oprime el ambiente; hay charcos. Hasta entonces, la única imagen del poblado que tenía era trágica: el 2 de septiembre de 2022, dos niñas fueron asesinadas en este pueblo por Alfredo Lara Ortiz; su pareja, Álison Salgado Rugama; y su hermano adolescente, quien fue expuesto y procesado como adulto por las autoridades.

Según la Policía, las niñas fueron llevadas a la casa L-07, domicilio de Lara y sus cómplices. A una la asfixiaron, tenía siete años; la otra, de diez años, era su hermana y murió golpeada en la cabeza. Tenían tres meses de haber llegado a Managua junto a su familia, todos miskitos.

Los cuerpos fueron encontrados en un predio baldío envueltos en un colchón al día siguiente. Ahora la triada encara juicio y los cuerpos enterrados en Walakitang de Río Coco, Jinotega. Ahí los llevó el Ejército, pues el padre de las niñas era piloto.

«…y que los autores de este hecho bochornoso, terrible, confiesen su delito, su crimen y puedan presentarse ante la población y más al Ministerio Público que le corresponde sentenciar esta brutalidad, con todo el peso de la ley» sentenció la vocera del gobierno, Rosario Murillo. Al igual que muchos, eso fue lo último que supe.

Más allá del registro de esa ocurrencia, Ciudad Belén sólo existe cuando la Alcaldía de Managua expone el tamaño de su solidaridad. El bus hace su trayecto, dejando a unos últimos pasajeros antes de aventurarse en un largo camino de tierra, ya fuera del propio poblado, que culmina en unos portones enormes de acero, entonces abiertos y exponiendo el términus donde los cuerpos de muchas rutas ahí mismo mueren.

El conductor me avisa que hasta ahí llega el recorrido. Me bajo, cae brisa y hace un frío que pocas veces sentí igual. Un señor delgado, bastante mayor pero vivaz, ve al bus pasar y cierra los portones. Me sonríe y me saluda. Pregunta que qué hago aquí, que por qué no me bajé en el pueblo. Mi respuesta fue que:

—Vengo de Managua. Quería ver dónde terminaba la ruta.

—Ah, ve—se ríe—. Andás bien largo. ¿No podías verlo en tu celular? Si ahí sale todo, me dicen los chavalos pues.

—No, no. Es que quería venir en persona. Es para un trabajo.

—¿Qué trabajo?, ¿quién te paga por venirte hasta aquí?

—No, no me pagan. Es un trabajo de la universidad.

—No parecés universitario, chavalo—me observa detenidamente con un ojo—. Parecés un vago más bien con esas pintas.

—Es que soy de la UCA.

Nos reímos juntos. Le pregunto si no puedo entrevistarlo brevemente. Desconfía, quiere saber si voy a sacarlo en algún lado. Le aseguro que, como mucho, lo iban a leer unas cinco personas. Accede con la condición de que le ponga otro nombre. Yo prosigo:

—¿Usted cómo se llama?

—Procopio—me dice.

—¿Es usted de aquí?

—No, yo vine aquí después de lo que pasó en el 18 de mayo.

—¿Qué pasó ahí?

—¿Qué no te diste cuenta vos, chavalo?

En efecto, no me había dado cuenta.

El 16 de octubre de 2014 murieron nueve personas en el barrio 18 de mayo de Managua, colindante con los barrios René Polanco, Pablo Úbeda y la Colonia Centroamérica. Un fuerte aguacero propició el derrumbe de un muro perimetral tras el cual habían construido sus casas varias familias. Quedaron varios sepultados, los rescatistas pudieron sacar con vida a siete personas.

—Nosotros nos habíamos quejado de que el muro era un problema, de que filtraba agua, pero nadie nos hizo caso hasta que ya hubo muertos—lamenta—. Después desmantelaron las casas que estaban por el cauce y nos llevaron a un albergue.

Ciudad Belén nació, en parte, para acomodar a los damnificados del desastre. En el primer semestre de 2015 fueron repartidas las casas y trasladadas las familias gradualmente. Fondos taiwaneses, treinta millones de dólares, permitieron a la Alcaldía de Managua levantar la urbanización en el kilómetro 14 de carretera a Sábana Grande, en tierras de una finca que la Asociación Nueva Nicaragua consideraba suyas.

La Policía Nacional expulsó con violencia a cuatrocientos miembros de esa asociación el 7 de mayo de 2015 mientras alegaban que la tierra les pertenecía por derecho desde hacía nueve años, cuando el entonces presidente Enrique Bolaños aprobó la asignación de la propiedad a través del Instituto de Vivienda Urbana y Rural.

Tampoco eso trascendió para Ciudad Belén. La vida continuó entre las aguas negras y la neblina de ciertos días. Don Procopio admite que al principio se sintió frustrado, cuando lo trajeron en vehículos militares a una zona perdida, pero ahora se siente más tranquilo, si acaso más aburrido.

—Así son las cosas, chavalo—expresa, dándome una palmada en la espalda—. Dios no quiera que te pase a vos.

Me sonríe y camina en dirección a los portones. Los abre otra vez, sale la ruta 106 en otro cuerpo.

—¡Ya te toca!—me grita mientras avanza el vehículo.

Subo las escaleras y saludo al conductor, «buenos días» susurro, aunque el sol no se ve. «Buenos días» murmulla, aunque por su cara parece que no son tan buenos. Tomo asiento, me apoyo en la ventana y veo en la distancia formas difusas de naturaleza. Luego veo al pueblo, sus charcos y casas o bien uniformes, o bien apenas viviendas, todas ellas miserables.

Me toca vivir en reversa el trayecto, toca hacerlo sin despedirse de Ciudad Belén. Belemitas se suben al camión, otros parecen aparecer desde la neblina en medio de la carretera.

La maquinaria sigue a un lado del camino, como abandonada. Las casas solidarias siguen el diseño que la dirigencia estipuló. El mercado oriental está tan concurrido que retrasa todo el viaje, un viaje que se siente más largo y tedioso. Por unos segundos caigo dormido, despierto en pocos instantes y duermo otra vez. Van y vienen de mi asiento pasajeros que me miran extraño al volver a despertar.

Cuando veo el popurrí de estilos habitacionales, sé que falta poco, pero espero y espero y no acaba nunca el trayecto. Mi alterada percepción teme por nunca llegar a la parada de la UCA; mi razón contradice, ¡eso no tiene sentido! Un frenazo me despierta y quedo despierto mirando a un ejército dentro de la 106; la misma diversidad, sino es que mayor, que experimenté cuando iba perdido voluntariamente.

Cada vez me son más familiares los trayectos, cada vez más hondo el calor. Cuando me fijo en la ventana, afuera está la rotonda de Metrocentro, aunque no puedo ver el mall. Me tranquilizo, lucho para ponerme de pie entre tanta gente. Empujo hasta acercarme a las puertas y ahí descubro cuán lejos en verdad está la rotonda de la propia encrucijada universitaria. Pasa la UNI, la estatua de Bolívar a lo lejos, pasa la esquina dilapidada y la presencia policial.

Pausa total: ya estás en Managua, tu Managua.

Salgo huyendo del bus, desesperado por el calor y el miedo a volver a dar aquella vuelta, si bien me hace mucha falta el frío de Belén. De inmediato cruzo al otro lado mientras el bus sigue ahí, mientras está despejada. Subo las escaleras, muestro mi identificación. Camino a la izquierda, pasando la fachada de aquel edificio que da la cara al mismo mercadillo improvisado ahora a mis espaldas, y me interno en el bosque. Al fondo está la pasarela, a la izquierda una subida, y al fondo a la derecha el Expresso Americano, donde venden el café más caro de la UCA desde que cerró la Casa del Café.

Todo está limpio y huele bien.

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