Más que nuestros apetitos.

Texto de J. D. Flynn, publicado en First Things el 18 de febrero del 2020.

El padre James Martin, de la Compañía de Jesús, afirma que sus ideas no son discordantes con la doctrina católica respecto a la sodomía. Martin ha elaborado su posición en un ensayo que explaya la enseñanza de la Iglesia sobre el tema. Me gustaría tomar de manera honesta al padre Martin. Si dice que no desea entrar en conflicto con la doctrina eclesial respecto a la sodomía, y a pesar de que haya cierta evidencia de que esto no es cierto, estoy dispuesto a creerle.

Pero hay una gran diferencia entre desafiar la doctrina católica y enseñarla a plenitud. Y la doctrina de la Iglesia se extiende más allá de las cuestiones sexuales. Si bien Martin puede no caer en error sobre ese tema en particular, su trabajo falla en su intento de expresar o, por lo menos, tomar en cuenta, la enseñanza católica en un asunto fundamental: qué significa ser una persona. La consecuencia de este fallo es la confusión.

Consideremos las recientes declaraciones de Martin, dirigidas a las autoridades universitarias durante una reunión de la Asociación de colegios y universidades católicas. Su discurso no insta a la sodomía, tampoco llama a un cambio doctrinal, pero sí presenta una visión de la persona humana en desacuerdo con la enseñanza católica, e insta a un conjunto de prácticas pastorales que conducirán a la angustia y la desilusión, no a la libertad de Jesucristo.

El padre Martin principia comparando a los estudiantes regufiados con los estudiantes que se identifican como «homosexuales». Así como hemos de tratar a los refugiados con compasión y sensibilidad dadas las experiencias desgarradoras en sus pasados, las instituciones católicas de enseñanza, según Martin, deberían tratar con respeto y cuidado pastoral a aquellos estigmatizados, adoloridos y rechazados debido a sus inclinaciones sodomitas. Esto aparenta ser verdad, algo a considerarse.

Ahí acaban las similitudes. Los estudiantes refugiados han dejado el cautiverio y llegado a un lugar de libertad, pero el padre Martin no llega a pedirnos que llevemos a la libertad a los estudiantes desviados. Al contrario, nos sugiere un plan que resulta en el cautiverio de la confusión sobre la verdadera identidad humana, sobre quiénes somos y para qué Dios nos creó.

Cada iniciativa que el padre Martin recomendó en su intervención—desde las «Lavender graduations» a las «espiritualidades, teologías, liturgias y espacios seguros que afirmen al LGBT»—está diseñada para afirmar la mentira de que nuestras inclinaciones u orientaciones sexuales son, en sí mismas, la base de nuestra identidad. El padre Martin parece estar argumentando que, en nombre de la compasión, la Iglesia debe instar a los jóvenes a verse a sí mismos como el mundo los ve, como la suma de sus deseos, en vez de como hijos de Dios, amados hijos e hijas del Padre.

La confusión contemporánea sobre la orientación sexual emerge de la combinación del apetito con la identidad. Somos más que la suma de nuestros apetitos, y nuestros apetitos, sin importar cuán fuerte los sentimos, cuánto nos han moldeado o cuánto hemos sufrido por ellos, no están organizados, ausente la gracia, para nuestro florecimiento. Tal confusión trasciende la mera sexualidad; es la causa del consumismo insaciable, de la adicción a la tecnología, incluso de nuestra disfuncional escena política

La Iglesia cree que el conocimiento de nuestra verdadera identidad como hijos de Dios puede liberarnos de la esclavitud a nuestros apetitos, de la confusión sobre quiénes somos y sobre qué nos traerá felicidad. Por esto la Iglesia afirma que los colegios y universidades católicas deben enseñar que los estudiantes somos hechos a imagen y semejanza de Dios, y que por la gracia de Dios podemos vivir en la libertad de su creación y prosperar en este vida y en la próxima. Este mensaje desafía a los determinismos psico-biológicos; desafía a las tendencias posmodernas de definir la realidad de acuerdo a la experiencia; desafía a la cultura tecnocrática que nos define por lo que hacemos.

En vez de enseñarle a los estudiantes que su identidad está en sus apetitos, y en vez de afirmar esta errónea visión de la persona humana a través de «espiritualidades LGBT», los colegios y universidades católicas deben reconfortar a sus estudiantes con la verdad de que estamos hechos para la libertad y que la Iglesia ofrece tanto la vía hacia esta como la gracia que nos la otorga.

Esto no significa que los colegios y universidades católicas han de ignorar los retos de cada estudiante desviado. Significa considerar sus traumas, pero también significa enseñarles la verdad que los lleva a la felicidad, proclamar la fuente de esta verdad y proponer medios significativos para vivirla. Significa ofrecer recursos como Courage, junto con confesores compasivos, consejeros competentes y testigos de hombres y mujeres que han encontrado la plenitud de la identidad humana en Jesucristo. Cada estudiante, sin importar contra qué lucha, necesita de estas cosas.

El padre Martin está en lo correcto cuando afirma que los estudiantes desviados han sufrido por su identificación. Están confundidos y se les ha rechazado. Constantemente les invaden sentimientos de soledad y aislamiento. Sin embargo, la respuesta no es afirmar las mentiras del mundo sobre quiénes son. En vez de eso, hemos de mostrarles cómo Dios el Padre los ve y cuánto los ama.

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