La violencia no distingue género.

Texto de Vicente Castellón para Albarda.

Las mujeres que adhieren al ideario feminista suelen afirmar que, cuando alguien expone el hecho de que la violencia, con sus muchas formas, no distingue géneros, es con una intención machista y misógina, siempre buscando minimizar o hasta invisibilizar lo que las mujeres padecen. No pueden estar más alejadas de la verdad. La violencia es inherente al ser humano en dependencia de las variables que la provoquen. Esto no la justifica en sí, sólo nos plantea su naturaleza: la violencia puede producirse desde el hombre hacia la mujer y viceversa, también se puede dar entre iguales.

Es una falacia, y un insulto, querer darle más relevancia a estudios sesgados que no toman en cuenta a la otra parte de la población, que claramente están destinados a crear una alarma ficticia en el mundo, diciendo que sólo se mata a las mujeres y que ello constituye un crimen en razón del género. Se dejan a un lado las variables circunstanciales, de región, escolaridad, culturales, psicológicas y las que puedan evidenciar que la violencia es un factor de riesgo tanto para mujeres como para hombres. Su respuesta es una reducción absurda.

Las políticas y leyes no están resolviendo el problema y este, lejos de ser resuelto, se agrava cuando tratan de legislar únicamente en favor de un género. Es un problema de forma, pero sobre todo de fondo. Negar que el hombre también sufre la violencia es la mayor de las falacias y las estadísticas lo confirman. Existe una decidida intención de generar disputa entre los sexos mediante leyes y demás artefactos culturales que dibujan al hombre (del masculino) como el agresor innato de la mujer, donde la única variable que genera la violencia es la condición del género masculino hacia el femenino. Esto, sin embargo, no se trata de una competencia de a quién matan más, como lo desdibujan algunas mujeres (feministas y no feministas). El tema debe ser puesto sobre la mesa con objetividad, sin sesgos y sin intenciones políticas mezquinas. Hemos de recordar que a los políticos les encanta inventar nuevos términos e ideas con las cuales cobrar billetitos por encender una artificial guerra de los sexos. Nos dividen en lugar de unirnos dentro de una misma entidad hacia un fin común y benéfico, capaz de superar a ambas partes.

Las ONG que se dicen protectoras de la mujer y los desposeídos son nidos de zurdos en su vasta mayoría. Los agentes más prolíficos se sientan en sus escritorios a “salvar el mundo” con cafecitos de Starbucks. Desde sus laptops Apple redactan informes de género, peleando contra el capitalismo desde la comodidad del mismo y denunciando al imperialismo mientras toda su agenda fluye directamente de Harvard y Yale.

La agenda del feminismo consiste, entonces, en dibujar a la mujer como la víctima desprotegida (producto ideológico) de la sociedad, a quien debemos salvar. Esta salvación viene en forma de un movimiento leviatánico, con distintas versiones. Así, por ejemplo, tenés un feminismo para la mujer negra, para la mujer trans, para la mujer indígena, etc., uniéndoles siempre la agenda de victimización constante y el afán subversivo, así como los cables a fundaciones filantrópicas billonarias, provenientes de las economías capitalistas del norte.

Su constante fragmentación, llamada ‘diversificación’ dentro de la interseccionalidad, sólo provoca más conflicto del que ya existe. Las distintas entidades colectivas que genera pueden usarse para subvertir acordemente a la institución intermedia de turno. Estas «colectivas» son lideradas por hembras alfa, mujeres revestidas de actitudes exageradamente masculinoides, esas que lanzan a las turbas moradas contra los «onvres». Es clara, entonces, la existencia de una jerarquía, a pesar de las constantes alusiones a la «horizontalidad» del movimiento, y todo ese dinero y organización, traducidos luego en visibilidad, provienen de algún lado. Es curioso que nadie se lo esté preguntando.

Las feministas han creado una obra demencial para la historia. Paradójicamente, siguen dibujando a la mujer del modo más machista, como el sexo débil, como las damiselas de cristal que sólo pueden ser protegidas por el mismo “macho opresor” que denuncian, encarnado en la figura del Estado moderno, ese que múltiples veces han tildado de violador, represor de «la cuerpa», mientras le piden a gritos su protección de la realidad y su garantía de libertad sin restricciones. La lógica perdió su puesto en una «lucha» que exterminó a una cantidad innumerable de víctimas sin oportunidad de defenderse porque, sí, el aborto que promueven con placer también es violencia contra la mujer. Pero esa violencia la pintan como derecho, no como lo que es.

La tarea de la familia fracasó hace mucho. Hoy hay padres de papel. Educar en valores y principios está old fashion, es retrógrada; afirman que los niños no deben recibir la educación como una imposición, deben aprender solos, elegir a qué edad irán a la escuela o si no lo quieren hacer. «Que decidan en base a sus gustos naturales». No están muy lejos de dar de comer a los niños el lodo con el que juegan. Así mismo, si se deja a un niño o niña desarrollar sus instintos naturales, ¿no desembocaría la sociedad, a la larga, en una vorágine de violencia? Hoy estamos ahí. Culpo al desentendimiento de la familia, de padres de cartón que funcionan como proveedores de materia, mas no como educadores activos.

Creo que aún no es tarde. Todos estamos a tiempo de corregir y enmendar. Unos desde la educación, otros desde la fe, otros basados en la razón y la lógica. Si lo que se enseña es la irresponsabilidad, tendremos la sociedad que merecemos y no la que necesitamos. La solución está a la mano, ahí en frente de vos. Si tomas la mano del que está más cerca tuyo para construir en lugar de destruir, entonces las cosas, quizás, puedan repararse más rápido. Es lo que nos debemos a nosotros mismos.

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