¡Adiós, General!

Hace cuarenta años, el General Anastasio Somoza Debayle abandonó Nicaragua. Su partida supuso el fin de una nación, algo que debemos admitir sin importar nuestras inclinaciones. Aunque comparta lagos y volcanes con la nuestra, la Nicaragua de Anastasio, la de su hermano y su padre, es un país extranjero que apenas quienes lo vivieron pueden comprender, tratando de escarbar el cableado de su memoria.

Donde antes hubo fuego, hoy quedan cenizas. Alucinan quienes pretenden observar alguna mejoría más allá de las traídas por la técnica en la modernidad. Son avances que, con su ausencia, harían más obvia incluso la crisis existencial que sentimos como colectivo.

Nicaragua es un país peleado con su historia, ocurrida en la esfera de titanes que no acaba de comprender. El destino -o Dios- no nos confió una agencia propia en el teatro de las naciones. Nuestra independencia fue engaño, como nación no tenemos sentido fuera de un imperio y si no nos coloniza España nos va a colonizar alguien más; Estados Unidos, Rusia, China.

Fuera de esta realidad no hay razón que valga. Podemos fantasear con autonomías, con comunas esparciéndose en el territorio, sueños de igualdad, fraternidad, nada por lo que morir o matar, pero en sueños quedan. Nacionalistas como yo queremos construir una Nicaragua con centro propio, pero esto es más necesidad que eventualidad. Ni siquiera estoy seguro de que sea posible.

Los anarquistas dirán que todo el poder es malo, pero no pueden fingir que todo el poder es igual. Diferencias claras preciso entre la fuerza española, la usonana y sus alternativas.

La primera es una fuerza formal. Está claro quién manda -el rey-, a quién delega poder -sus emisarios-, de dónde sale su legitimidad -Dios y sus representantes (la Iglesia)- y cuáles son las consecuencias de la sedición. Podemos desacralizar este análisis tanto como queramos y decir que la legitimidad en verdad no sale de Dios sino de la costumbre, del orden establecido, y que es una extensión de la tradición, pero no podemos negar que es un sistema claramente superior dadas las características de los adversarios.

El mando estadounidense es un mando informal. Su mitología no le permite actuar como un imperio a la vista de todos. Debe ocultar sus acciones en una fachada democrática y, por tanto, soñolienta, falaz. En sí mismo no es un Estado coherente. Cambia de mando cada cuatro años, las decisiones se repelen, cosas no pasan como deberían; sobre todo, nadie es culpable de nada. Si me dicen «Estados Unidos puso a Somoza», tenés que aclararme qué parte de su estructura, cuál de sus centros de poder, bajo qué mecanismo y en qué administración. No podés decirme «lo manda el rey», por más que una visión anárquica de las cosas nos quiera decir que hay equivalencia.

El asunto es de armonía cultural igualmente. Nicaragua sin España no es nada. La idea de España fue el motor de Nicaragua. No tiene sentido hablar de Nicaragua sin su madre. Sin ella, nuestra identidad se siente vácua, una mitología liberal, algo que «se inventaron» los miembros de un partido político. Bien dirán, apelando a mi ateísmo, que en esencia toda identidad nace así, pero los siglos no pasan en vano. Lo sacro nace del misterio, de lo incuestionable; lo santo es necesario para unir. En la modernidad, sobra decir, no hay cabida para la santidad, por ella la norma es la desunión; ir siempre anti-nomos.

Nicaragua tuvo la suerte de verse afectada por la parte más útil del imperio americano: su poder crudo. El poder, en su forma fundamental, es violencia y la capacidad de violencia (el poder), al ser concentrada en un solo punto, es disminuida. Muchos centros de poder, al carecer de armonía, acaban enfrentándose, lo que lleva a una violencia generalizada; el caos.

El poder crudo de los Estados Unidos delegó la responsabilidad de organizar Nicaragua a alguien en especial, quien mejor supo aprovecharse de la situación, lo que es un talento, te guste o no. Anastasio Somoza García se hizo digno, tomó el poder e imprimió su autoridad de forma directa. Un orden específico derivó de ahí. No era un rey, sí. Era un dictador, animal distinto. El dictador sigue funcionando en un marco republicano. En algún momento, por definición, tiene que irse, a menos que su intención sea abolir la república. Ningún Somoza hizo esto.

Anastasio I quiso, en algún momento, abandonar los preceptos liberales. Lo apoyaron una serie de intelectuales vanguardistas, inspirados en los Estados totalitarios de Europa, pero uno en particular, Pablo Antonio Cuadra, creo que tuvo la mejor idea de entre el montón. PAC menciona al «monarca en germen». No elaboró, pero yo sí lo voy a hacer.

El monarca en germen es la idea de que el dictador tiene que vivir más allá de su período actual, tiene que diluir lentamente a la república extendiendo los intereses de su familia y de la comunidad extendida. Puede que al inicio los vicios republicanos estén presentes: la informalidad, el teatro democrático, la soberanía derivada de «el pueblo», pero con los siglos el concepto de noblesse oblige se impondrá. El rey querrá lo mejor para el país porque el país será su propiedad, pero la justificación para su mando será una elevada. El poder se formalizará; será estable, visible, integral, sagrado inclusive.

El monarca en germen es un intento de recrear lo que fue la monarquía española como centro significador de Nicaragua pero desde Nicaragua. Una suerte de mito criollo propio, la nicaragüeidad encarnada. Este proceso no pudo ver final, sin embargo. La derrota de Alemania y sus aliados en la segunda guerra fue tomado por el resto del mundo como una refutación de todo sistema iliberal. Anastasio I abandonó a los vanguardistas. Como escuché decir a mi profesora de literatura: «quitó el retrato de Mussolini y colgó el de Roosevelt«.

Por supuesto que seguía siendo un poder relativamente formalizado. Más formal que el actual, por lo menos. Claro que había orden, pero faltaba coherencia, lo que hizo al sistema entero inestable. El monarca en germen, de ser viable, debe hacerse inmediato. El ingenio conservador de PAC fue lo suficientemente sobrio como para desconfiar de los cambios bruscos, pero no tomó en cuenta la escena entera.

El problema no quedó ahí solamente. Los herederos, quienes aún tenían relativa capacidad de formalización, se negaron a actuar en pos de esta. Al final, fueron criados en los Estados Unidos más que en Nicaragua. Hablaban y pensaban como liberales. Sus gobiernos fueron caracterizados por un exceso de libertades y por una falta de iniciativa de parte del Estado para aplacar la subversión. La narrativa oficial es la de una Nicaragua sometida por un Leviatán mounstroso, un gran hermano que todo lo ve, un infierno en la tierra. La realidad es distinta; debe ser distinta. Son los gobiernos débiles los que perecen.

Muchas veces a mí y a otros nos acusan de negar los crímenes del somocismo. Quitando que esta crítica suele venir de apologistas del sandinismo, una ideología cuyos crímenes ni siquiera hace falta mencionar, considero que en muchos casos puede ser válida. Al final, ninguna persona con poder tiene las manos limpias, pero volviendo a la idea de que el poder casi nunca se destruye, de que siempre va a gobernar alguien, es necesidad establecer un juicio utilitario y mi primera cuestión es, ¿los muertos de los Somoza quién los cuenta y cómo?, ¿la misma gente que asegura y murieron 30 000 inocentes en la Argentina de los milicos?, ¿los mismos que nos hacen llegar cuentos cada vez más alocados de un genocidio del cual está prohibido hacer preguntas?, ¿son acaso los perpetradores confesos de masacres más allá de la imaginación y sus apologistas en la prensa liberal?, ¿valió la pena haber arruinado las vidas de millones de personas por un par de malhechores que utilizan a la gente como escudo humano y como armas de manipulación mediática?

Parafraseando a Moldbug: ¿Cómo sabemos si un hombre muerto es confiable? De estar vivo, podríamos hablar con él. Podríamos ver si le tiemblan las manos al hablar, algo así. Estando muertos, sólo tenemos sus libros y sus huesos. Lo obvio, claro, sería ver si sus predicciones son veraces. De serlo, él tendría que saber algo. Puede que sea coincidencia y para asegurarnos de que no lo sea, podemos leer a los perdedores, aquellos cuyas acciones no cambian nada. El hombre que predice que su casa se va a quemar antes de que se queme demuestra ser una fuente confiable.

No todo muerto era guerrillero, pero la vasta mayoría murió por acción guerrillera. Por muy injusto que te parezca un orden, por mucho que lo detestés, no tenés ningún derecho a actuar en su contra más allá de lo que este te permita, a menos que estés muy seguro de lo que hacés y te importen poco tus compatriotas.

Una guerrilla vuelve a todos sospechosos, una guerrilla utiliza a la gente común como escudo. Una guerrilla hace sentir al poder inseguro, volátil; una guerrilla tiene invariablemente patronos, los cuales también poseen intereses que podemos juzgar. Más que defender los intereses de «el pueblo», la guerrilla lo utiliza para sus fines: sustituir al orden establecido, con el cual comparte imperativos, pero no necesariamente cualidades. Si va a haber un cambio, debe ser uno quirúrgico, que involucre la menor cantidad de gente muerta. Los golpes militares, las reacciones y los reinicios, pueden llegar a ser benéficos a largo plazo; siempre implican la posesión del poder de antemano. Las revoluciones siempre serán malas, porque son procesos desorganizados de toma del poder, donde la manipulación, el engaño y la informalidad se regodea ante la masa.

Estando la revolución fuera de las posibilidades, el activismo igualmente debe ser rechazado. No es más que un baile de la victoria para quienes ya tienen poder. El activismo sin poder asegurado es suprimido, no importa cuán «democrático» sea tu sistema. Lo que recomiendan autores que yo admiro puede no parecer distinto a la apatía. El pasivismo -no pacifismo- comparte muchas características con lo que acá llamamos «valeverguismo», pero son actitudes opuestas.

El pasivismo predica que trabajés primero en tu vida antes de querer cambiar el sistema; hacete digno, escribió Moldbug. Conlleva aceptar que no se tiene poder y que el poder no es merecido simplemente por creerse apto. Requiere de estudio, de entender cómo el poder funciona y cuáles son sus imperativos. Implica capacidad de trabajar con humanos, muchos de los cuales podrán parecerte seres horribles, para alinear sus intereses con el de la nación en colectivo.

Esto también significa que debemos aprender a vivir con Ortega, no porque sea bueno sino porque (a) él ganó y (b) no hay mecanismo por el cual podamos sacarlo del poder que a la vez nos asegure un gobernante competente. Si acaso pudimos organizar una subversión generalizada de su estructura estatal antes de salir a marchar. Quizá nos hubiésemos ahorrado un par de muertos. Si «primero Ortega y después lo que sea», vamos a tener lo que sea y lo que sea es peor.

A pesar de todo, yo admiro a los Somoza, quizá más por lo que pudieron ser que por lo que fueron, pero lo que fueron era fuerte; una nobleza, nuestro intento de tener una nobleza, imperfecta pero nuestra sobre todo, con una voluntad de poder, con suficiente peso como para ser centro y no margen.

El retorno a España del que hablé en otros lugares es tan fantástico como un regreso del somocismo, un somocismo mejor, pero el somocismo fue una realidad, décadas de realidad y de auge; décadas tristes para algunos, décadas pródigas para toda Nicaragua.

Aquella Nicaragua murió hoy, hace cuarenta años. Su cadáver, aunque visible en ciertas partes del territorio, no lo reconoce nadie, ni quienes lo conocieron con sangre en las venas. A quienes dieron sus vidas para defender esa nación de la subversión externa y del terrorismo, voluntaria o colateralmente, un agradecimiento y una disculpa que, creo, merecen. No de mí, pero sí de muchos hoy callando.

Nicaragua es un país peleado con su pasado. Se le enseñó a odiar todo lo que venga de atrás, a seguir explorando un lo nuevo inestable. En vez de construir, nos empeñamos en constantemente botar y volver a poner; no nos gusta que nada esté en orden y por eso requerimos de fuerza, aunque a veces no haga falta, aunque parezca inmoral. Fabián Medina habló de nosotros como «una sociedad que se cree menor de edad». Yo creo que no es sólo una creencia.

Occidente no se construyó sobre la modernidad, fue esta la que nació como cáncer en su seno. Nicaragua, en la periferia de Occidente, le rechazó y abrazó al cáncer antes siquiera de saberse a sí misma nación. No es la única.

El futuro es tan país extranjero como el pasado, quizá más. Los enemigos del somocismo han probado ser todo lo que se dijo de ellos al doble y más incluso. Cualquier futuro fundado en ellos significa muerte y nada salvable, pero alguien tiene que va a gobernar Nicaragua. Si no es Ortega va a ser la Dora, o la Suyén, o los Rothschild; es lo mismo.

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