Necesitamos alegría.

Existe una diferencia grande entre la risa y la alegría. La primera es breve en comparación con la segunda, que representa un estado mental, una condición que permanece constante y nos causa especial placer, una especie de goce no-carnal.

Cuando digo que necesitamos alegría en nuestros movimientos, no me refiero a la burda ridiculización del enemigo. Hacer eso nos asegura un par de risas como mucho y la risa, después de todo, puede inducirse fácilmente tocando ciertas partes del cuerpo.

La risa es una reacción efímera, no es algo que alguien quisiera estar haciendo continuamente. Es un estado que se digiere mejor en bocados. De nada nos sirve eso. Hace falta algo más duradero y significativo. Después de todo somos el bando de Wagner, de Carlyle, de Dovstoievsky, Chesterton y Lewis. Caer continuamente en el humor como la mayor expresión memética de nuestro movimiento es hedonismo de ideas, una tremenda decepción para quienes hicieron gran arte antes de nosotros.

Esa esencia duradera que buscamos es el sentimiento de la alegría a través del significado, ese sosiego continuo que nos han hecho creer inalcanzable. Muchos factores existen a la hora de crear un verdadero estado alegre (la sangre, la tierra), pero me gustaría concentrarme en un aspecto que nuestros movimientos suelen dar por sentado: las artes.

Esto quizás se deba al enfoque tecno-comercialista de muchos, pero pocas personas fueron más capitalistas que, digamos, Ayn Rand, e incluso ella veía la gran importancia de la expresión artística. Creer en el capitalismo no es excusa para despreciar al artista, al pintor, al músico.

Reconquistar las disciplinas artísticas es tarea pendiente para la nueva generación de creadores fuera de la influencia del progresismo. Adorar cenizas no bastará, es necesario un estudio de todas las corrientes, siempre mostrando reverencia a las viejas formas.

Mérito hay en las artes nuevas y, si no lo hay, habremos de seguir los pasos de los que encendieron el fuego -las cenizas que hoy muchos adoran- y tendremos que dotarlas de mérito. ¿Qué podemos contar usando las nuevas expresiones nacidas de la rotura con la tradición?, ¿fundaremos nuevas tradiciones?, ¿cómo implantaremos en los nuevos estilos mensajes que consideremos importantes?, ¿cuántos nuevos géneros y corrientes artísticas esperan a ser descubiertas por nuestras manos?

La innovación artística no tiene por qué ser monopolio de la izquierda radical y con esto no me refiero a que debamos escribir como maniáticos sin ningún tipo de cuidado a lo que es la técnica, como gran parte del establecimiento artístico hace hoy día (en el blog Parallax Optics hay buenos artículos –en inglés- que hablan del fenómeno técnica-contra-innovación), sino más bien aplicar la vieja técnica a la nueva estética, creando en el proceso una nueva estética que honre la memoria de la vieja, ya agonizada.

Esta es, quizás, la esencia del meta-modernismo o una suerte de post-modernismo reaccionario: si ya los reyes están muertos y de sus tiempos sólo quedan bellos textos, cuadros, esculturas, composiciones y construcciones, ¿por qué no levantar nuevas estructuras, físicas o etéreas, para que nuestros nietos tengan más beldades cerca que los conecten con la belleza lejana?, ¿o es que vamos a ser recordados sólo por la rana verde que se burla de una bruja y por incesantemente publicar memes de banderas en Twitter y 4Chan mientras la progresía se masturba en las instituciones antaño prestigiosas y llama a las eyaculaciones en la alfombra ARTE?, ¿o seremos vistos como los que se quedaron contemplando cenizas hasta que entraron por sus narices y ahogaron su creatividad, aquellos inspirados por el fuego, pero incapaces de volver a encenderlo, soñando con llamas en el frío de la noche de los tiempos?

Esto es otro llamado de atención: nuestro movimiento necesita nuevo fuego, inspirado en los incendios forestales de nuestros predecesores, que contengan el mismo combustible –¡sino uno más inflamable!- e ilumine tanto o más. El viejo arte puede decirnos mucho sobre nuestra realidad, pero nadie mejor que nosotros mismos para describirla, satirizarla, criticarla con más esfuerzo que el utilizado por nuestros contrincantes para despotricar contra un orden que ya no existe.

La utilidad del arte para llevar nuestros mensajes ha sido subestimada en gran medida por nuestros ideólogos y es por eso que debo prestar de la izquierda esta cita de Orwell:

Todo arte es propaganda, sin embargo, no toda propaganda es arte.

Y me temo que gran parte de la propaganda anti-izquierdista no es arte, pero bien podría serlo. Nuestra posición como nueva contra-cultura nos da ciertas ventajas; aunque el mundo no se conquiste en base a ensayos, buenas pinturas, composiciones magistrales, libros bien  escritos o películas que toquen el corazón, parte del esfuerzo consiste en eso, o lo facilitan.

Estos días existe una nueva generación de artistas que, aunque no se llamen reaccionarios, tienen en su carácter impulsos reaccionarios: disciplina, mejoramiento personal a través del estudio de las viejas formas, reverencia al pasado, atención a la técnica y la tradición. También una buena cantidad de críticos que ponen en evidencia la falta de estos impulsos en las manos que configuran las obras modernas. Aunque los podés contar con los dedos de la mano, es una buena señal que estén apareciendo y una verdadera fortuna que hablen español.

Aquí en Nicaragua conozco pocos afines a nuestra causa que tengan una entrega fuerte a las artes. La mayoría de la influencia artística la ejerce el complejo Belli-Ramírez-Cardenal; todo lo que les rodea está bien, todo lo que esté fuera es visto con desdén. Parece que, ahora, ser artista en Nicaragua es sinónimo de ser sandinista o progresista, lo que ha tenido un efecto decadente en la calidad de nuestras artes, principalmente nuestra literatura.

Ya pasó el tiempo de Pablo Antonio Cuadra (de quien tomamos inspiración para el nombre de este blog, por cierto), José Coronel Urtecho y los demás vanguardistas que apoyaron a los Camisas azules. Es momento de que nosotros, jóvenes con inclinaciones artísticas, inyectemos nueva sangre al cuerpo de nuestra cultura. No es tarea fácil si queremos superar a lo establecido, a la ortodoxia progresista, pero imposible no será.

Así como necesitamos hombres en las calles, también hacen falta hombres en las imprentas, en los periódicos, en el cine, en las galerías. Hará falta infiltrarse y ser excelencia, de modo que, al saberse el color del artista, no pueda ser echado por el valor que aporta a la cultura o porque muchos de sus hermanos, igualmente infiltrados, lo acuerparán al soltarle epítetos de machista, racista o lo-que-seaísta.

Todos los que en la derecha –o, por lo menos, todos aquellos que no están totalmente tragados por la ortodoxia universalista- tengamos inclinaciones artísticas deberíamos aspirar a crear arte que sea capaz de inspirar una reacción hipotética en nuestros nietos. Que nos vean y digan «hay que regresar a esto» pero que, como nosotros, sepan que es imposible y avancen, no ciegamente, sino teniéndonos en mente y corazón. En mente y corazón, como nosotros debemos tener a los que vinieron antes y nos trajeron aquí.

El arte es capaz de proporcionarnos alegría y alegres podremos defender lo que consideramos justo, dándole fuerza a nuestra cultura, una fuerza que la carcasa vacía y deforme llamada por algunos “arte” no puede dar. No sólo basta con lo bueno y lo verdadero, también es necesario lo bello; la belleza que nos dará alegría.

Belleza como la de Darío, que decía en su Salutación del optimista:

…abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres,
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe…

O la de Coronel Urtecho en sus gracias al Señor:

(…)

Creo que la belleza tan sencilla
que se revela en esta maravilla
es reflejo no más de tu hermosura.

Qué importa pues que esta belleza muera
si he de ver la hermosura duradera
que en tu infinito corazón madura.

O del propio Pablo Antonio en la ya mencionada Albarda:

(…)

Yo
Doña Albarda
Vaca en mi soledad y piel
-con mis fervientes ubres excluidas de la sed
con el candor de mis pupilas hundidas bajo los ríos
con mi antigua maternidad creciendo bajo los árboles.

Yo
con mi linaje
con mi bandera de muertos
repitiendo el deseo de horizonte
caminando
eternamente sonando el tambor de mi piel
como la luna.
Caminando sobre la llanura estúpida y fangosa
caminando
sobre la abierta senda pisoteada
caminando
bajo la lluvia torrendal y lacrimosa
caminando
bajo la garúa susurrante
caminando
bajo el sol insolente y fogonero
caminando
entre la música metal de los lecheros
caminando
tras de la tarde herida bajo el ala
caminando
tras de la noche
caminando
tras de la muerte,
de nuevo caminando…

Debemos seguir caminando hacia la alegría.

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