La mujer y la serpiente.

Texto de Russell Antonio Vargas para Albarda.

Según una vieja herejía, la mujer está encadenada a la serpiente desde siempre y van siempre juntas, a pesar de la enemistad decretada por Dios entre ellas. Según dicen el tenebroso reptil es sinónimo de sabiduría y verdad. Y hoy que las mujeres gozan de tanto progreso y están tan realizadas intelectualmente, sobre todo en los países avanzados, pareciera que se han fusionado completamente.

En Nicaragua también, sobre todo en Managua, entre las universitarias, y Chinandega no se queda atrás. Yo he conocido pocas mujeres enemistadas con la serpiente, una de ellas era mi tía Amparo de los Ángeles, que fue llamada así porque recién nacida casi la pica una cascabel que estaba enroscada en el mecate de su humilde hamaca, en el poblado de Rancherías, carretera Somotillo, pero el vecino del rancho contiguo la salvó, porque «el Señor pone ángeles en el camino para amparar a sus criaturas», como dice mi madre.

Pero ella quedó con secuelas mentales, que no sabíamos si atribuir al feroz sonido del cascabel, insoportable para sus orejitas, o al hecho de haber sido amamantada de inmediato por mi asustada abuela: las comadronas más antiguas lo desaconsejan, porque les puede provocar mala digestión a los niños.

Efectivamente, mi tía Amparo nunca pudo aprender a leer ni a escribir; ni montar en bicicleta ni bailar ni nadar; ni a jugar rayuela ni jack, el juego más popular de las niñas de esa época; solo jugaba con granos básicos. Dice mi madre que a los ocho años de edad vivió con dos maíces metidos en sus fosas nasales durante un mes, hasta que empezaron a germinar, y tuvo fiebre; entonces los hermanos mayores, que eran agricultores, intervinieron su naricita. Pero lo más llamativo es que el sonido de la víbora de su lactancia siempre la perseguía. Cierta vez, luego de pedir auxilio a grito partido por la presencia de una culebra en su cama, y al ser socorrida por los hermanos, al no encontrar al animal, estos la recriminaron por su falsa alarma, y ella pronunció una frase que puede ser el núcleo de su historia, textualmente les contestó:

—¡Era grande pero yo no la vi!

Dichosos son los que creen sin haber visto.

Esta escena iba a ser muy repetitiva a lo largo de su tormentosa niñez y pubertad. Era su Cruz.

Ya entrada en la mayoría de edad, y cuando ya pudo obtener algunos ingresos económicos por la venta de chicles, la Amparo demostró una extraña compulsión por comprar bolsones de cal, en el mercado de Chinandega, y bolsones de sal cuando pasaba el camión de la sal por Rancherías.

El teólogo medieval Juan Teuler nos cuenta la historia de un solitario que vivía en una cueva, a quien un visitante curioso pidió un objeto que había adentro. El solitario entró una y otra vez a la cueva pero se le olvidaba cuál era el objeto solicitado antes de poder cogerlo, por lo que pidió al curioso que entrara él mismo a buscarlo porque él no era capaz de grabarse por mucho tiempo en su mente la imagen de las cosas.

En el caso de mi tía Amparo era lo contrario, no poseía memoria fotográfica, pero, ignorante de las letras y de los números, toda su potencia neuronal estaba dirigida al desplazamiento y a la presciencia o prognosis de las cosas. Tenía el don de poder encontrar todo lo que se perdía o se desviaba, desde las más invisibles roscas de los aretes de las recién nacidas, hasta los más ridículos tornillos de los aparatos chinos, hace mucho tiempo tragados por el diablo, según la resignada visión de sus dueños. Podía hacer aparecer los más variados objetos, aunque se los hubieran robado, porque las cosas mal habidas solo dejan una momentánea e ilusoria satisfacción ¿Será porque regresan al sitio donde corresponden, por Justicia Divina? Este parecía ser su secreto.

Lo material se repone en esta tierra, lo esencial es que no te arrebaten la vida, ya sea un asaltante o un terremoto, porque la la vida solo se puede reponer en el más allá, en el cielo o el infierno.

Sería innecesario hacer un inventario de todas las cosas que encontró y a todas las personas que favoreció. Basta decir que abarcó todos los materiales, desde el oro, la plata, el cobre, hasta el plomo, y el mercurio, y las rocas, si una piedra era movida de su sitio, ella conocía su nuevo destino, usando simples deducciones.

Viviendo en una zona de tantos temblores, conocía con anticipación el futuro movimiento de las placas tectónicas, y de las nubes; cuando su rostro se marchitaba, y acumulaba muchas bolsas de sal, era señal de temblor; y cuando compraba un bolsón de cal, era señal de huracán en el cielo. Incapacitada para las profecías orales, esa era su involuntaria manera de profetizar.

En fin, era una practicante empírica de meteorología, sismología, escatología, y física cuántica, tan de moda hoy en día esta última disciplina. Física cuántica, naturalismo, pachamamismo, culto a la serpiente, los modernos se creen muy despiertos por fusionar estas viejas herejías, pero mi tía Amparo no seguía modas, más bien vivía en el Génesis.

Decía Bloy, el gran místico francés, que el tiempo es una ilusión y que seguimos clavados en el mismo hecho central todos los días, es decir, en la crucifixión de Cristo. Por eso el sufrimiento nunca se acaba y los que prometen acabar con la pobreza y el dolor son unos farsantes y demagógicos. Extrañamente, mi tía Amparo estaba clavada en el Génesis, en el perfecto orden de las cosas, en estado de inocencia y de pureza, antes de la caída; o antes de la pérdida, sin determinar el bien ni el mal, sin haber comido del fruto prohibido; por eso se comportaba como una primitiva, o como una niña; por eso siempre encontraba todas las cosas; por esa razón incluso el día en que se me murió, una noche de agosto de mi pubertad, y de esto si soy testigo, aunque yo andaba con mucho sueño:

—¡Allí estaba la Serpiente antigua, asomándose por la tapadera de su humilde ataúd, queriendo amalgamarse a ella!—

Dichosos son los que creen sin haber visto, porque estos encontrarán el reino de los cielos.

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