Centroísmo.

Texto de Adam Katz, publicado en GABlog el 13 de marzo del 2018.

El peligro de llamar “centroísmo” a la posición política propia consiste en que se le puede confundir con el “centrismo”, el cual, sin dudas, eventualmente será sinónimo de “estupidez”. Pero el centroísmo une a la ontología con la práctica de un modo que, si bien no es explícitamente absolutista, ciertamente afianza al absolutismo. El centroísmo implica siempre apoyar al centro o, más precisamente, donar tu resentimiento al centro. Y, ¿cómo sabemos dónde está el centro? Después de todo, este no siempre se anuncia de manera clara. Sabemos que siempre está, sí; cada que pensás o hablás, tanto a nivel micro como macro, en sus límites.

Si emitís una oración, estás dirigiendo la atención de alguien hacia algo diferente, quizás sólo ligeramente diferente, de lo que ellos ya notaban. El objeto de atención bien puede ser simplemente algo que la otra persona no conocía pero, de alguna manera, esta no estaba completamente preparada para ver como algo significativo. “Significativo” es idéntico a “central”. Estás redirigiendo, con tu emisión, la atención de la persona de un centro a otro. Nunca estamos ajenos a un centro, pero un centro puede ser marginal en relación a otro. El problema consiste en distinguir lo central de lo marginal. Sólo cuando lo que tomaste por centro entra en crisis es que su dependencia sobre otro centro resulta evidente.

Tomemos como ejemplo el caso de dos criminales con un dilema de prisioneros. Ambos están por ser capturados, cada uno podría encontrar una manera de abandonar al otro y hacer una súplica, o podrían probar suerte manteniéndose unidos en su intento de escape. Al hablar o pensar al respecto, ambos ponen a su “consorcio” en el centro. Podemos identificar en qué consiste este consorcio con mayor precisión: eventos específicos, los cuales incluyeron o implicaron ciertos compromisos (ciertos imperativos), los cuales, retroactivamente, son construidos como “lazos” que comparten. Lo que ha sostenido al centro hasta este punto es una noción de empresa rentable, pero puede que otras cosas también: amenazas compartidas, tribulaciones comunes que aumentaron la confianza que se tienen el uno al otro, etc. Ahora que este centro cae bajo presión, deberá trascender la forma que ha obtenido (al volverse enana la posibilidad de futuras empresas rentables) o colapsar. De colapsar, será reemplazado por otro centro sostenible (como el arrepentimiento por la actividad criminal) o se reducirá, de modo que cada uno de los sujetos acabará con un centro propio, más pequeño, compuesto de su propia avaricia.

Ser un centroísta consiste en buscar el centro más sostenible de la estructura y dar de tu parte para hacerlo más sostenible todavía. Para el criminal, esto podría ocurrir abandonando a su amigo conspirador y encontrando, en el proceso legal que ahora lo enmarca, signos de importancia a los que convertirse; o puede venir a través del consorcio, sacrificándose en nombre de la amistad que ahora significa más de lo que significó antes.

Incluso en el caso del sacrificio, asumiendo que ambos sobrevivan, el hecho de que un nuevo centro ha sido encontrado puede abrirles el camino a ambos para encontrar otros centros, centros más difíciles de ignorar como sólo relevantes para los menos suertudos, los cobardes o los inútiles. Tal vez ambos puedan apoyarse mutuamente en sus nuevos proyectos reformativos. Su resentimiento hacia la ley, o el orden, o la civilización, o la respetabilidad, o cualquier otra cosa del estilo, debe ser ahora donada al centro, de modo que sea capaz de ordenar tales proyectos reformativos.

Los aportes a la antropología generativa de corte más liberal se concentran en un elemento de la escena originaria mientras que los absolutistas tienden hacia otros. La cuestión es ver cuál es capaz de contener al otro. Recordemos los elementos de la escena originaria: un grupo de homínidos, más avanzados que otras especies en el sentido de ser entes miméticos, rodean a un objeto que ansían, con las ansias de cada uno inflando miméticamente las ansias del otro. El orden jerárquico animal, que otorgaría al alfa acceso a la caza de primeras, luego al el beta, y así sucesivamente, no puede contener este contagio mimético, de modo que un nuevo orden es necesario. Un miembro del grupo, puede que un alfa confrontando la repentina presión de la resistencia masiva sin precedentes, pero aún así “en la cima”, es decir, capaz de ser notorio para el resto del grupo, convierte su gesto, dirigido a la apropiación del objeto, en uno de aplazamiento; apunta al objeto de un modo que indica su falta de voluntad de luchar contra el resto por dicho objeto. Por algún proceso, cuyo desenvolvimiento podemos imaginar de varias maneras, el nuevo signo inventado es utilizado por los demás, revirtiendo el contagio mimético y haciendo que todos se alcen para apuntar hacia el objeto, designándolo como un centro.

Ahora bien, cuando hablamos de un centro, inevitablemente pensamos en un círculo, y un círculo es definido por la equidistancia que cada uno de sus puntos posee entre sí con relación al centro. Es muy probable que el evento originario haya sido recordado y conmemorado de este modo en rituales subsiguientes, luego capturado en mitos pues, de esta forma, puede ser recordado y conmemorado manteniendo el poder completo del evento en sí mismo: dirige la atención a su terminación mientras suprime el desorden inevitable del asunto. Pero, de hecho, es muy poco probable que todos los miembros del grupo hubiesen estado equidistantes del centro en el momento del cese. Algunos estarían muy cerca, dado que el signo probablemente fue emitido primero por co-contendientes, los cuales luego habrían de cooperar para restringir al resto, pero que al final habrían sido modelos para estos. Debemos pensar en esto en términos de puntos distribuidos de manera desigual alrededor del centro, tal vez de una forma más ovalada u obloide, con un arreglo de simetrías más complejo. Los aportes liberales a la antropología generativa trabajan con el modelo circular. Por tanto, pueden enfatizar la equidistancia del centro sobre el centro mismo; de manera implícita, al menos, la equidistancia, es decir, la “igualdad” de todos los miembros, es lo que produce al centro y es esta igualdad la que, por tanto, debe ser preservada sobre todas las cosas. Las lecturas absolutistas, o el centroísmo, ven a la defensa del centro, llevada a cabo por aquellos que mejor perciben las amenazas a este, como principales, dado que la defensa es aquello que mantiene cohesiva las posiciones dispuestas alrededor del centro

“Actuá de modo que no haya utilidad en un centro”, declaraba Gertrude Stein en Tender Buttons. Para un centroísta puede que no haya cosa más perversa que este imperativo pero, ¿qué mejor manera hay de encontrar un centro si no es pretendiendo que no hay un uso en este? Tal “acto” puede efectuarse de manera genuina, en cuyo caso sus tendencias destructivas pueden ocurrir de manera controlada, lo que lo hace un descubrimiento en proceso. Si en verdad hay un centro, hemos de tener fe en que todos los intentos de subvertirlo, evadirlo, negarlo o ignorarlo sólo lo harán más patente. Actuar de modo que no haya uso en un centro significaría multiplicar las acciones imaginables, tratándolas a todas como igualmente posibles, poniendo de lado todos los marcos imaginables de acción que siempre ordenaron las acciones posibles en términos de preferencia moral y probabilidad. Esto no es para todo el mundo; sólamente es para aquellos que consultan al centro, dígase, quienes siguen la fuente de la crisis hasta su cubil. Es la práctica de una disciplina, un modo de entrenar la atención. La dirección incluso más radical a la que Stein llevó esto fue al aplicarlo en una oración, tratando a cada palabra en esta como igualmente importante; la oración bien pudo ser “sobre” la conjunción “y” tanto como lo es sobre el sustantivo.

Puede sonar extraño, pero en realidad sólo es una manera más consistente de sostener variables constantes o actuar de acuerdo a la locución latina “caeteris paribus”. El resultado (quizá no para Stein—aunque uno nunca está completamente seguro sobre ella, dadas sus opiniones políticas derechistas, filo-fascistas—, pero sí para el centroísta) es el re-ensamblaje de los elementos de cualquier evento, expresión o discurso en una jerarquía de centros, similar a la estructura que las limaduras de hierro forman alrededor de un imán. Ahí hablamos de algo ya pero, antes que nada, hemos de definir exactamente qué es ese “algo”. Asegurémonos de que hablamos de la misma cosa, más o menos. Es bueno ser capaz de llegar a esa cosa desde varios ángulos, acercarnos y alejarnos cuando convenga, rastrear el progreso de nuestra atención compartida. Lo que sea que es eso de lo que hablamos, es un algo que nos dio pausa; no nos hemos apropiado totalmente de él, se resiste a nuestros intentos de poseerlo o descartarlo. Es, de ese modo, un centro. Como centro también es un ejemplo de centralidad en sí mismo, y nosotros lo incrustamos en un nuevo centro al dirigir nuestra atención hacia eso. Incluso si estamos chismeando sobre el matrimonio de algún amigo, algo sobre el matrimonio, o relaciones entre hombres y mujeres, o nuestro amigo, o modos de hablar sobre todas esas cosas, o alguna en particular, hemos de estar dirigiendo nuestra atención hacia eso. Nuestra discusión acabará encontrando el camino hacia ese otro centro, o degenerará en un asesinato de carácter contra nuestro amigo (lo “consumiríamos”, podría decirse), o simplemente perderemos el interés.

Así que, en cada caso, uno acaba desviando su atención hacia el centro alrededor del cual el centro que ahora considerás orbita, o “desmembrás” al centro, es decir, lo descartás. Desmembrar y descartar pueden ser procesos de importancia histórica trascendental, como el liberalismo ha demostrado. Ahora, por supuesto, hemos arado un campo fértil para una nueva clase de argumentos molestos y sin punto real: ¿cómo podemos diferenciar entre preservación y descarte?; y, ciertamente, estas cosas no son obvias, pero un buen signo de preservación en contraste con otros de descarte es cuando uno puede (o al menos está dispuesto a) demostrar que aquellos que uno acusa de descartar están, en verdad, involucrados con un centro que, por cualquier razón (mientras más pueda uno clarificar posibles razones, mejor), han fallado en incrustar adentro de otro centro. Hay limitaciones de centralización incluso en los descartes más violentos. Liberales e izquierdistas tienen sus propias historias originarias: un brabucón en la escuela, un jefe nefasto e injusto, las anécdotas de los abusos de la vida rural contadas por la abuela, un sentido visceral de compasión por un desamparado o incluso la frustración sentida por algún familiar obtuso. Habrá siempre una respuesta centroísta/absolutista para cada una de esas historias originarias mientras que el liberal o izquierdista, el distractor y desmembrador por excelencia, nunca podrá concentrarse los suficiente en la necesidad de preservar el centro.

Esta distinción, de hecho, nos provee de un modo de relacionarnos con el liberal a como haga falta, a la vez que fortalece nuestros propios espacios disciplinarios centroístas: ¿qué centro defendés y cuál es el centro de ese centro? Estarán con uno al inicio, “¡yo defiendo la dignidad básica de cada persona, yo defiendo a los derechos humanos!”, o incluso “¡yo defiendo a la constitución”. Y luego, ¿qué? Si discutimos sobre qué constituye a la dignidad humana o a los derechos humanos, ¿qué guía a nuestros argumentos?, ¿qué hace a una manera de ver a la dignidad y a los derechos humanos de manera más plausible, sostenible o legítima que cualquier otra? Rápidamente acabarán cediendo e implícitamente concederán su simple condición de desmembradores: “¡defiendo a la dignidad humana contra…!”, mas todo término que concierna a los bienes humanos de cualquier tipo asume como referencia a un centro disciplinario y a un centro soberano: esta es la clase de pensamiento en el cual converge esta cuestión o categoría, y aquí es donde estoy actuando dentro de esta clase de pensamiento; aquí es donde se imaginan a esta clase de soberano capaz de garantizar estos “derechos” y proteger esta “dignidad” y donde se imaginan al tipo de orden que hace posible a este soberano imaginable. El liberal habrá cedido para este punto, pues son estas mismas preguntas las que está determinado a descartar. Terminará formulando alguna queja que no sería oída siquiera si esta línea de cuestionamiento continuara. ¿Y por qué habría de oírse esa queja, por quién, dentro de cuáles términos referenciales? Bueno, son esa clase de preguntas las que silencian a la queja misma.

El centro último es el evento originario. Esta es, obviamente, una afirmación ambicioso al punto de la indignación, pero el único centro que todos los centroístas—lo que es decir, todos los absolutistas, todos los reaccionarios y todos aquellos que buscan deshacer de forma total el (des)orden liberal—pueden reconocer es el centro sagrado generado durante la escena originaria hipotetizada por Eric Gans. No hay en ella nada que pueda ofender al cristiano, al judío, al musulmán, al budista, al confucionista o al adherente de cualquier otra forma de alta cultura o fe trascendental. Más aún, cada una de estas creencias de compromisos intelectuales se fortalecería al pensarse ellas mismas como formas particulares en las cuales el evento originario ha sido revelado y recuperado. Aceptar este origen común no eliminaría los desacuerdos, pero los aseguraría alrededor de un centro como un esfuerzo compartido de descubrir más sobre los imperativos de este mismo centro y cómo incrustarlos en nuestras vidas. El mero hecho del lenguaje humano prueba la hipótesis de Gans, a menos que alguien logre formular una mejor (¡y suerte con ello!). Podemos hablar entre nosotros mismos porque compartimos un centro. Nuestro discurso, por tanto, siempre estará dirigido en ver al centro, oírlo, protegerlo, aprender de él. Que todo tu discurso sea del centro y de su origen, así dispersarás toda distracción y sobrevivirás a las embestidas de tus enemigos, las cuales te serán bendiciones.

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