¿Escucha Amaya el eco de las provincias?

Suenan en los días
ominosos, crueles,
moribundas las miras
obstruyendo el paso a
zagalas en venturas de valor.
Así fundan su derrumbamiento.

Vivir en la periferia del imperio usonano, y hacerlo de la manera tan poco clara y poco honesta en la que hoy lo hacemos, es una tortura en todos los sentidos y más para aquellos de nosotros preocupados por la autenticidad de las formas, por la conservación de lo propio.

Para los materialistas es igual, o al menos similar, porque también sufrimos materialmente incrustados en esa maraña de intereses perniciosos que es la banca internacional y los tratados de cooperación que disfrazan un colonialismo informal y degenerador. En ese aspecto también simpatizo con la izquierda disidente, porque los americanos son crueles. Nunca nos dejan construir, nunca nos dejan independizarnos realmente o preguntarnos si independencia es lo que quisimos en primer lugar. No nos dejan ser nosotros mismos, pues, y constantemente nos exigen cambiar nuestras conductas ‘retrógradas’, reemplazarlas por sus preciados derechos humanos y actitudes ‘civilizadas’.

No sé yo si Amaya Coppens, una de las principales -sin ánimo de sonar ofensivo- celebridades políticas que nos entregó la crisis, vea así las cosas, pero su trasfondo de mujer moderna y educada puede que le haya dado cierta idea de cómo va el asunto. No dudo de que sea una mujer inteligente. Mucho más que yo lo es, sin dudas, pero no me calza que no haya hecho su tarea, la necesaria para, por lo menos, darse cuenta de que la soberanía de Nicaragua –algo que debería importarnos quizá más que el estatus de su ‘democracia’– es una cosa frágil y que además, si existe del todo, lo hace de manera imperfecta a través del gobierno al que ella se opone, el que la tuvo presa.

También parece que Amaya olvidó las desgarradoras historias de abuso y opresión que ocurrieron y ocurren en los Estados Unidos. Hablemos de la segregación, de la esclavitud, de las leyes anti-aborto, pero también de los supuestos actuales del racismo sistémico, de la brutalidad policíaca, la brecha salarial, la supremacía blanca dizque auspiciada por la administración Trump, las múltiples guerras exportadoras de democracia a través del globo y otro largo etcétera de pecados que Estados Unidos cometió contra los derechos humanos (cuyos mismos intelectuales formularon). Estas fechorías son uno de los temas preferidos para los compañeros de Amaya, particularmente cuando pueden achacárselas a lo que ellos denominan ‘derecha’.

Que Amaya no vea las implicaciones de aceptar ese premio a la mujer valiente del año o lo que sea, es muy cuestionable y más todavía desde las posturas incrustadas en su discurso jacobino de liberación y derechos. Que haya ido a recibirlo orgullosa con su pañuelito de la resistance es nefasto porque ese acto no es uno de lealtad a Nicaragua y a su pueblo, por el cual supuestamente dio su libertad en su momento. Es en verdad un gesto de sumisión a una empresa imperial informal y deshonesta surgida de la academia estadounidense, al servicio del Poder, para el sometimiento del mundo entero al modo de pensamiento anglosajón, a esas nociones incoherentes de derechos fundamentales que minan la poca soberanía intelectual y física conservada por las naciones periféricas desde el final de la Segunda guerra.

Es también un gesto de protesta, pero no en contra de los Estados Unidos propiamente. Amaya, lo sepa o no, está siendo partícipe de un conflicto ajeno a la realidad nicaragüense. Su pañuelo no protesta contra las percibidas atrocidades que el imperio usonano ha cometido en contra de la mujer, más bien es una pseudo-protesta (porque protestar habría sido negarse al premio) llena de pasivo-agresividad en contra de la administración Trump, misma que representa, de manera limitada, a los intereses de los centros de poder usonanos opuestos al poder del partido demócrata en aras de centralizarse. Amaya, a su modo, está siendo más yanqui que los yanquis mismos y quien quiera pretender que el gobierno no tiene un punto cuando habla de intromisión extranjera es iluso. Esta realidad, por ser verdadera, es la mejor propaganda que tiene el sandinismo y estos actos sólo le ayudan a legitimarse.

En otra palabras, ese pañuelo es un símbolo de lealtad a los Estados Unidos demócratas. No es un símbolo de oposición al proyecto usonano en general, sino a la parte vieja, la parte menos liberal, la que ya no está al día. Por tanto, no es consecuente con los supuestos gritos de libertad y autonomía echados al aire por Amaya y sus colegas durante la crisis. Estados Unidos es la fuerza primaria que atenta contra la existencia misma de la nación nicaragüense, de los múltiples órdenes posibles que dentro de esta puedan existir, y que Amaya sea laureada por esta entidad sólo confirma lo que el sandinismo ha estado diciendo de ella y de los suyos: su levantamiento es una rabieta de poder instigada por intereses extranjeros.

¿Es esta la oposición que queremos, la que necesitamos, o la que nos impuso algún comité de multimillonarios subersivos, apodados filántropos, al mando de la maquinaria del imperio informal usonano? Esta pregunta debemos hacernos cada que nos pidan salir a marchar o nos quieran instruir en alguna nueva medida de «resistencia».

Trotaron vez alguna, huyendo,
extensos en enfado;
nunca sucumbieron, sin embargo.
Ígneo impulso no bastó para
aplacar ese brío juvenil.

Ahora, no puedo hacerme el loco con las líneas que escribí arriba sobre el gobierno. Estoy seguro de que más de alguno va a venir a ignorar las otras cien entradas que hablan todas las pestes imaginables del sandinismo y me va a acusar de sapo.

Es curioso, sí, que dentro de esta oposición a los Estados Unidos también existe una oposición al sandinismo. Después de todo, el sandinismo fue, si bien de origen marxista-leninista, un arma estadounidense para subvertir al gobierno del somocismo tardío. Además de esto, los vestigios marxistas del sandinismo se fueron diluyendo conforme este entró al nuevo siglo y lo que ahora queda es una suerte de liberalismo adulterado el cual, hasta no hace mucho, estaba muy acomodado a los designios estadounidenses expresados a través de la banca internacional.

El anti-imperialismo sandinista es una farsa por donde se le vea. ¿Qué clase de gobierno anti-imperialista sostiene relaciones con el imperio que, según sus propias declaraciones, lo intenta derrocar?, ¿qué clase de anti-imperialismo admite la influencia constante de las escuelas de pensamiento extranjeras en sus instituciones de enseñanza superior y, por consiguiente, en toda la sociedad que tutela?, ¿qué clase de gobierno anti-yanqui es tan complaciente con las corporaciones yanquis como el gobierno sandinista de Ortega y su mujer?, ¿qué clase de anti-imperialista es capaz de ver el estado actual del mundo y no cerrarle la puerta de su país a esa tragicomedia geopolítica?

Toda apelación al nacionalismo que haga el Frente es hipócrita pues, si bien podrán decirse amantes de Nicaragua, lo único que les importa de esta es su capacidad para atraer turistas blancos y corporaciones que evitan la creación de nuestras propias industrias. Pasa lo mismo con sus políticas de protección a la familia, pues coexisten con un sistema económico atomizante, consumista y con influencias culturales degeneradas en todas partes. O con su supuesto cristianismo, ausente del Estado en cualquier modo relevante.

Claramente vivir en la periferia del imperio usonano no es algo que guste a cualquiera con aprecio por lo suyo y por los suyos. Por desgracia, es un estado muy cómodo para varias personas en las élites informales cuya única aspiración en toda esta maraña de intereses vacíos es servir de intermediarios entre Washington y las gentes de Nicaragua. No quiero pensar que Amaya está conscientemente participando en este proceso subversivo, y menos que lo hace por ciego interés. Confío en su honestidad al respecto, mas le llamo a reflexionar pues, lo sepa o no, lo cierto es que su lucha nos acaba dejando bajo ocupación enemiga, soltando nada más un grito, un último grito de nicaragüeidad que se unirá, en el abismo de la historia, al eco de las provincias en este imperio de locos.

Rondas y rondas y caen
azaradas las cabezas en
zozobra; la de Amaya,
ósea, y el resto proclamando:
¡No pasarán!

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