Carta abierta a los adversarios sinceros de Mons. Lefebvre.

Texto del padre Michel Boniface, publicado en el segundo número de la revista Antorcha de la Fe católica, del año 2018.

Querido amigo y hermano en Cristo, yo supongo que usted es de buena voluntad y piensa con su propia cabeza: tiene críticas y dudas. Usted escuchó a los adversarios, ahora escuche la defensa por amor a la verdad y la justicia.

Ser tradicionalista hoy es ser simplemente católico. Excluye por completo el hecho de ser «lefebvriano». Un católico es discípulo de Nuestro Señor Jesucristo y punto. Si alguien quiere ser discípulo de Wojtyła, de Ratzinger, de Bergoglio o de Lefebvre, que se lo arregle con San Pablo (1 Corintios, 1:12-13).

Es totalmente falso decir que los católicos fieles a la Tradición Católica son lefebvrianos y no están en comunión con Roma. Ser fiel a la Fe, moral, dogma, sacramentos, doctrina, misa de todos los Papas y Santos de dos mil años antes, es ser católico. Rechazar reformas de origen y sabor protestante que causan ruinas y apostasía es señal de reflexión y no de rebeldía, y mucho menos de una separación con la Iglesia. Más bien, los fabricantes de novedades peligrosas en la Iglesia son los que se separan de esta y causan su muerte en muchos lugares y almas. La historia de la Iglesia debería ser guía para los católicos que guardaron el sentido común.

La historia nos dice que en tiempos de crisis y de revoluciones ideológicas, son pocos los que resisten y son quienes están en el buen camino. En el siglo IV, San Atanasio era la oveja negra entre los dirigentes de la Iglesia cambiada y sofocada por los herejes arrianos que se hacían pasar por católicos. Ese santo arzobispo tenía poderosos enemigos entre los cardenales y obispos modernizados que se decían católicos y que, sin embargo, negaban la divinidad de Cristo o, a lo menos, no la afirmaban claramente.

Atanasio, el obispo tradicionalista, comunicaba la Fe que había recibido: Cristo es perfecto Dios y perfecto hombre. Los católicos que denunciaban la herejía habían sido rechazados de sus templos; celebraban misa en casas privadas; rechazaban las misas de los sacerdotes modernos que no tenían la Fe católica. San Atanasio, por haber rechazado las novedades heréticas, fue condenado por obispos y emperadores cinco veces, fue desterrado durante diecisiete años y finalmente, en el año 357, por cuestión de disciplina, fue supuestamente «excomulgado» por el Papa Liberio, quien estaba presionado por los modernistas de su tiempo [1].

Hoy, Atanasio es Santo, Padre y Doctor de la Iglesia católica. Y sus modernos adversarios que representaban a la Iglesia católica oficial, ¿qué son hoy? La Iglesia católica, liberada gracias a la resistencia de San Atanasio y de sus compañeros, los calificó de herejes, o instrumentos de herejía; anuló los concilios que celebraron y credos que promulgaron. Un día, la Iglesia católica hará un juicio contra el concilio pastoral Vaticano II y la jerarquía del postconcilio y de su administración. Dios tiene la última palabra.

De la misma manera, podemos afirmar que Mons. Lefebvre es el «San Atanasio del siglo XXI», defensor de la fe católica, apostólica y romana. Todos los reproches que le hicieron fueron por no obedecer a las reformas productoras de ruinas y apostasía actual en la Iglesia. La Fe está por encima de la disciplina. La disciplina está al servicio de la Fe. La Iglesia, en su Derecho canónico (no. 1752) nos dice que, en ella, «la ley suprema debe ser la salvación de las almas». Nadie ignora que desde los cambios introducidos en el último tercio del siglo XX, las almas por millones se han perdido y siguen perdiéndose. Todos los templos protestantes que vemos por doquier son un fruto amargo de los cambios en la Iglesia. Cambios cancerígenos que Mons. Lefebvre denunció desde el inicio. La única «culpa» de Mons. Lefebvre es haber detectado el peligro y haber propuesto el remedio. Y por esta razón, en lugar de ser recompensado, fue castigado y calumniado.

Todo hombre que reflexiona un poco debe saber que la preocupante decadencia moral actual es una consecuencia de los cambios en la doctrina y culto católico desde el Concilio Vaticano II (1962-65).

El Papa Pablo VI, el 7 de diciembre de 1968, reconoció la crisis de fe generada por los cambios:

La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición.

El 29 de junio de 1972, agregó:

Por alguna rendija se ha introducido el humo de Satanás en el templo de Dios. [2]

Mons. Lefebvre luchó contra la infiltración del humo de Satanás, que es la herejía modernista y liberal dentro de la Iglesia. ¿Para qué sirve un obispo si no denuncia el error y preserva al pueblo de la corrupción de la Fe y de las costumbres? Todos deberíamos saber que para la Iglesia católica, los obispos, sucesores de los apóstoles, son las columnas que sostienen la Fe, la moral y el culto. Son los protectores natos del pueblo católico; son los centinelas que, viendo venir la espada sobre el país, tocan la trompeta y advierten al pueblo; serían inicuos si no lo hicieran y la sangre de las ovejas caería sobre ellos (Ezequiel, 33:3-5). ¿Por qué hacer reproches a Mons. Lefebvre de haber luchado para evitar esta «dictadura del relativismo», es decir, la pérdida de la verdad católica que el Papa Benedicto XVI lamentó tantas veces? Un obispo realmente católico debe, sin ningún temor, enfrentar al lobo infernal y a sus armas más poderosas: el error, el engaño, la mentira, el pecado y sus instrumentos.

Esto es lo que hizo Mons. Lefebvre durante toda esta crisis lamentable, provocada por la nueva teología cancerígena, legalizada en el Concilio, el cual fue manipulado por teólogos modernistas como Karl Rahner e Yves Congar, responsables de la situación actual de la Iglesia.

Desde 1974, Mons. Lefebvre había denunciado, en su famosa Declaración, las novedades que destruyen a la Iglesia:

Esta reforma, por haber surgido del liberalismo y del modernismo [ya condenados por los Papas anteriores], está enteramente envenenada. Sale de la herejía y acaba en la herejía. [3]

Lo que Mons. Lefebvre denunció en 1974, el Papa Juan Pablo II lo reconoció el 7 de febrero de 1981:

Es necesario admitir con realismo y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos, e incluso desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propagado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones; se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en relativismo intelectual y moral, y por esto, en el permisivismo [es decir, la inmoralidad], los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva. [4]

Una reforma que debilita, conturba, que causa ruina espiritual y moral de las almas, no puede venir de la Iglesia católica sino de sus ministros que imponen por abuso de poder sus ideas personales o las de su partido como doctrina católica. Eso hicieron los arrianos en el siglo IV. Esto es lo que Mons. Lefebvre y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X denunciaron, adhiriéndose a la sana doctrina de la tradición católica, hoy despilfarrada por los modernistas y liberales que son los responsables del caos actual y del triunfo de la herejía protestante en las naciones católicas.

Ahora, si por Roma se entiende la Roma que se define como «conciliar», es decir, neo-modernista, liberal, mezcladora de la Fe católica con las ideologías protestantes y masónicas, entonces se puede decir que los católicos tradicionalistas no están de acuerdo con tal Roma, pues es recién nacida y contradice a la Roma eterna. Pero si por Roma se entiende el corazón de la catolicidad, la sede del sucesor de San Pedro, no habrá ningún problema para nosotros; somos católicos y romanos al cien por ciento.

Hay quizás algunos problemas para los que tachan a los católicos tradicionalistas de lefebvrianos. No ven que la doctrina enseñada por Mons. Lefebvre es simplemente la doctrina enseñada por todos los Papas, los santos y los doctores de la Iglesia durante dos mil años. Fue San Pablo quien dijo:

Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio contrario al que os hemos anunciado, sea anatema. Como hemos dicho antes, también repito ahora: Si alguno os anuncia un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema. Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Gálatas, 1:8-10

La resistencia encabezada por Mons. Lefebvre contra las reformas destructoras se trata de un problema de fe y no de sensibilidad litúrgica ni mucho menos de una rebeldía contra la autoridad papal como tal.

Si los adversarios de Mons. Lefebvre, arzobispo benemérito de la Iglesia católica, hablan, escriben o predican sin haber leído ni un libro suyo o las encíclicas papales de Pío VII, Pío VIII, Gregorio XVI, beato Pío IX, San Pío X, Pío XI y Pío XII, entonces podemos sugerirles hacer un examen de consciencia, informarse antes de hablar; si siguen actuando de esa manera, serían semejantes al pueblo de Jerusalén que, confiado en la palabra de los sumos sacerdotes envidiosos, gritó: ¡crucifícalo, crucifícalo!

Quienes nos acusan de ser rebeldes al Papa podrían ser ignorantes de buena fe que repiten lo que han escuchado o leído, o bien son gente de mala fe que miente para dividir a los católicos, alejarlos de la Fe tradicional, es decir, la Fe católica íntegra, la que construyó la fuerza y la gloria del catolicismo. Cuando en todas las parroquias se celebraba la misa tradicional en latín, se tenía catecismo tradicional y los sacramentos tradicionales, los católicos, quienes constituían el noventa y cinco por ciento de la población, ni por mucho dinero cambiaban de religión.

Pero desde los cambios ruinosos que con abuso de poder fueron impuestos por un puñado de modernistas a los católicos, sacerdotes y seglares, nuestra Iglesia está perdiendo miles de fieles en el mundo cada día; la juventud, sumida en la ignorancia religiosa, busca un sentido a su vida en el esoterismo, es decir, en el satanismo, y la inmoralidad se hace omnipresente; las sectas aumentaron en los países católicos en un cien por ciento.

Hoy las sectas en varias naciones hispanoamericanas forman casi la mitad del pueblo. Eso facilita la entrada y la consolidación del islam en el continente americano. En los años setenta, en toda Hispanoamérica, los protestantes apenas llegaban a un cinco por ciento.

Sobre esto, nosotros afirmamos que la dolorosa crisis actual en lo religioso y en lo social es una consecuencia lógica de los cambios revolucionarios hechos en la Iglesia en nombre de la Iglesia y en contra de la fe de la Iglesia. San Pío X advierte:

Donde quiera que la inteligencia está bloqueada por las densas tinieblas de la ignorancia, es imposible encontrar ni recta voluntad, ni buenas costumbres. [5]

Cambiar todas las costumbres católicas, modificar profundamente la formación de los sacerdotes, cambiar radicalmente el catecismo, introducir una nueva misa que alejó de un sesenta a un noventa por ciento de los católicos del templo, menospreciar lo que hizo la Iglesia durante muchos siglos, son graves imprudencias, faltas de justicia, abusos de poder inaceptables, pues causan la ruina de la Iglesia, de las familias y, sobre todo, ocasionan la perdición de las almas.

Se juzga a un árbol por los frutos que produce. Los frutos amargos actuales no vienen de Dios, y punto. San Ignacio de Loyola escribe en sus ejercicios espirituales (no. 333):

[L]o que debilita, inquieta, conturba […] es señal clara de que procede del mal espíritu.

Mons. Lefebvre tuvo el valor de resistir a ese abuso de poder en el gobierno de la Iglesia. Gobierno que fue dirigido por un partido condenado durante ciento cincuenta años por los Papas. ¿Acaso lo que dijeron los Papas de antes no vale nada ya? Lean las encíclicas de los Papas anteriores al Concilio si van a juzgar a Mons. Lefebvre, quien conocía el magisterio de la Iglesia de memoria.

Todo católico que conozca algo de su fe sabe que en Dios no hay contradicción y, por lo mismo, en el magisterio de su Iglesia tampoco ha de haberlo. Mons. Lefebvre cita y analiza una parte importante de las encíclicas de los Papas en sus obras Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgarlos: comentarios a las actas del magisterio y Le destronaron: del liberalismo a la apostasía. La tragedia posconciliar. [6-7]

Ahora, con respecto al Papa, la posición de Mons. Lefebvre y de su Fraternidad Sacerdotal fue siempre muy clara: el Papa es el Papa; siempre se reza en la misa por el Papa y por el obispo de cada diócesis. Sin embargo, hemos de rechazar las novedades cancerígenas. ¿Por qué? Porque una reforma que debilita, conturba, que causa ruina espiritual y moral en las almas, no puede venir de la Iglesia católica sino de los ministros que abusan de sus facultades y están al servicio de pasiones personales o de partidos ajenos a la Iglesia. Tal fue el caso de los arrianos en el s. IV. La objeción automática sería apelar a la infalibilidad papal. El Papa no puede equivocarse dado que es asistido por el Espíritu santo. Y sí, es verdad, el Papa es infalible, pero no en todo y no siempre. El Papa Benedicto XVI, el 25 de julio del 2005, dijo:

El Papa no es un oráculo; como sabemos, sólo es infalible en situaciones rarísimas.

Lo es cuando declara un dogma de fe o de moral católica, o cuando transmite fielmente la fe que todos los demás Papas han transmitido. Si cambia todo en la Iglesia y sus reformas causan ruinas dondequiera, entonces, por un puro servilismo, seguir como ciegos la revolución en la Iglesia sería tremenda falta de prudencia y no virtud merecedora de alabanzas.

La prueba: San Atanasio, San Hilario de Poitiers, San Eusebio de Vercelli, todos ellos resistieron, denunciaron totalmente los abusos en la Iglesia de su tiempo y hoy son santos canonizados y alabados.

Mons. Lefebvre rechaza la mala formación que están dando en filosofía, teología y moral a los futuros sacerdotes en los seminarios. Rechaza a los autores sospechosos y condenados por el Papa Pío XII, como Yves Congar, Karl Rahner y toda la nueva teología que no es católica. ¿Quién puede hacerle un reproche en ese asunto capital para la Iglesia? Como sea el seminarista, así será el sacerdote.

Mons. Lefebvre pide que los seminaristas sean formados en la doctrina y disciplina católica auténtica para que sean buenos sacerdotes. En su Fraternidad así los forman. ¿Dónde está el problema? Mons. Lefebvre, como sucesor de los apóstoles, pide que los seminaristas y sacerdotes sean hombres de Dios, siempre y dondequiera, y no solamente en el templo durante la misa; quiere que los sacerdotes y seminaristas porten su sotana, siempre y dondequiera, para protegerlos del mundo y para dar testimonio de ser los ministros de Cristo. ¿Merece eso tantas críticas y calumnias?, ¿acaso el canon 284 del Derecho canónico no manda a los clérigos a «[vestir] traje clerical digno»?, ¿por qué los obispos dejan que la ley de la Iglesia sea violada cada día?

Mons. Lefebvre quiere, como sucesor de los apóstoles, que los niños católicos reciban un catecismo donde estén explicadas todas las verdades de fe y de moral católica; quiere que nuestros hijos conozcan los mandamientos de Dios y de la Iglesia y conozcan lo que es bueno y lo que es malo, que conozcan también el sentido y eficacia de los sacramentos y de la oración, los cuales transmiten la gracia y salvación de Cristo. ¿Acaso no es esto el deber de todo obispo?, ¿acaso no dispuso Cristo enseñar a los bautizados a conservar todo cuanto Él nos dijo (Mateo, 28:20)? Si hoy la mayoría de los jóvenes bautizados son indiferentes en materia religiosa, lo debemos al catecismo incompleto, superficial y no católico que se enseña en las parroquias y escuelas desde los cambios modernistas.

Mons. Lefebvre rechaza la nueva misa no por la supresión del latín, sino por cuestión de fe. La nueva misa es una mezcla de la misa católica con elementos protestantes y teología modernista. Respecto a esto, los cardenales Ottaviani y Bacci, en 1969, escribieron al Papa Pablo VI:

La nueva misa se aleja de una manera impresionante en el conjunto como en el detalle de la teología católica de la misa, definida en el concilio de Trento. [8]

¿Qué mejoría trajo el cambio de la misa?, ¿por qué hemos visto una decadencia tan monstruosa?, ¿por qué entre un sesenta y noventa y cinco por ciento de los católicos ya no van a misa, según sus propios países? Pero sí van a consultas con brujos y otros negociantes de superstición, también llenan los templos protestantes.

Que digan que Mons. Lefebvre no acepta dejar de lado la herencia de todos los santos y Papas para adoptar unas «reformas» de estilo protestante, tal es la verdad. Que digan que Mons. Lefebvre cree y comunica todo lo que es católico, apostólico y romano a lo largo de dos mil años, tal es la verdad.

Que digan que Mons. Lefebvre lamenta la ignorancia religiosa de los católicos mal formados con los nuevos catecismos y nueva misa, y abandonados a la merced de las sectas protestantes que engañan por miles a los católicos fieles, tal es la verdad.

Que digan que Mons. Lefebvre quiere ver a todos los sacerdotes bien formados en las obras de Santo Tomás de Aquino y de los santos, y no envenenados con los escritos de los autores modernistas que debilitan y ponen en duda la fe católica, tal es la verdad. Que digan que Mons. Lefebvre es concorde a las declaraciones de todos los Papas que enseñan extra ecclesiam nulla salus, y que el ingenuo ecumenismo es suicida para los católicos, favoreciendo a las sectas y conduciendo al relativismo, tal es la verdad.

Que digan, finalmente, que Mons. Lefebvre continúa la tradición católica, es decir, contínua la transmisión íntegra de la fe y de la moral que hizo gloriosa a la civilización católica y felices a las familias unidas y cristianamente educadas, tal es la verdad.

Pero decir que Mons. Lefebvre se separa de la Iglesia y del Papa es no saber de lo que se habla, o bien es una opinión de gente perversa y mentirosa que deliberadamente engaña. No se separa de la Iglesia quien cree, profesa, propaga, defiende y comunica lo que la Iglesia siempre ha creído, enseñado, propagado y defendido. Cada vez se ve más y más que Mons. Lefebvre fue un heroico y santo obispo que tuvo el valor de cumplir con su deber como católico.


Referencias.

  1. Denzinger, E. (1963) El magisterio de la Iglesia. Manual de los símbolos y declaraciones de la Iglesia en materia de fe y costumbre. Barcelona, España: Editorial Herder. No. 138
  2. Amerio, R. (1994) Iota unum. Estudio sobre las transformaciones de la Iglesia católica en el siglo XX. Salamanca, España: Criterio-Libros. p. 19
  3. Gambra, J. M. (2001) Mons. Lefebvre, vida y doctrina de un obispo católico. Buenos Aires, Argentina: Ed. del Grial. p. 192.
  4. Wojtyła, K. J. (1979) Insegnamenti di Giovanni Paolo II. Librería ed. vaticana, tomo IV, 1, 1981. p. 235.
  5. Sarto, G. M. (1905) Acerbo nimis. Clerus. Litterae Encyclicae: Pius PP X. Recuperado de: http://www.clerus.org/clerus/dati/2004-06/24-15/mpacern.html
  6. Lefebvre, M. (2004) Soy yo, el acusado, quien tendría que juzgarlos: comentarios a las actas del magisterio. Madrid, España: Voz en el desierto.
  7. Lefebvre, M. (1987) Le destronaron: del liberalismo a la apostasía. La tragedia posconciliar. Madrid, España: Voz en el desierto.
  8. Ottaviani, A. & Bacci, A. (1969) Breve examen del Novus ordo missae. Recuperado de: https://sanguisetaqua.files.wordpress.com/2016/06/card-ottaviani-y-card-bacci-breve-examen-crc3adtico-del-novus-ordo-missae.pdf

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