El comunismo y el Estado desarrollista.

Texto de Chris Bond, publicado en el segundo número de Firstness Journal, disponible a través de Imperium Press.

Un gran problema que tenemos cuando tratamos de entender el pensamiento político fuera de la tradición liberal anglo-americana es que todo ha sido sujeto a extremos niveles de distorsión. Obviamente, estos otros sistemas de pensamiento han sido abordados como enemigos por los proveedores del pensamiento liberal y, como resultado, la propaganda domina la interpretación. Para cualquier estudiante serio de teoría política, esto debe tenerse en mente y estos sistemas de pensamiento alternativos deben abordarse desde una perspectiva analítica, racional y prudente. En este sentido, deseo presentar el trabajo de Theda Skocpol como un medio para obtener una visión menos sesgada de las revoluciones y regímenes «marxistas» del siglo XX.

En su obra Los Estados y las revoluciones sociales, Skocpol provee un análisis de las tres mayores revoluciones del mundo moderno: la francesa, la rusa y la china. Skocpol aborda estos eventos desde un punto de vista marxista, pero lo que hace atractivo al análisis es el poco ortodoxo reconocimiento que da al Estado como entidad política, en vez de meramente económica. Este reconocimiento de los intereses políticos del Estado a menudo está ausente en el análisis del marxismo clásico. El Estado ya no es solamente la máquina de la opresión de clase, sino que posee un conjunto de imperativos guiados por el conflicto geopolítico. Esto fuerza a Skocpol a ir más allá de Marx, pues reducir cuestiones geopolíticas a la lucha de clases es una posición insostenible al confrontar la realidad histórica. Como resultado, su análisis de las experiencias china y rusa con el «comunismo» revela que sus respectivos regímenes estuvieron más orientados por los requerimientos estratégicos de la centralización del poder estatal que por la ideología.

Comencemos con los soviéticos. Una de las mejores maneras de reconsiderar sus acciones sería concentrarnos en la cuestión de la reforma agraria y, más específicamente, en la desastrosa colectivización que ocurrió en las décadas de 1920 y 1930. Las referencias a los kulaks y la kulakización son infames en el discurso crítico de la URSS, un proceso en el que el gobierno soviético específicamente enfrentó a una clase de granjeros, denominados кулак (kulak, puño), y los declaró enemigos de clase. Los kulaks fueron atacados, sus tierras fueron confiscadas y sufrieron de hambruna o deportación. El problema con esta narrativa es que es tan verdadera como completamente falsa. De su naturaleza engañosa puede culparse primero a los soviéticos propiamente y luego a los anticomunistas. Sí había una clase ‘kulak’ que fue perseguida, pero lo que ocultan tanto los pro-soviéticos como los anticomunistas occidentales es que los kulaks eran una minoría de los campesinos que eran granjeros y que tampoco fueron los únicos perseguidos de esa manera. De hecho, todo el campesinado fue víctima del terror. Así que, para entender cuán excepcionalmente engañosa es la narrativa de los kulaks, debemos regresar en el tiempo brevemente y revisar el desarrollo de la clase campesina antes de la revolución rusa.

Antes de haber campesinado, hubo servidumbre, una institución que maduró en la declaración Собо́рное уложе́ние (Sobórnoye ulozhéniye, «código del consejo») de 1649, promulgada por el zar Alexis. Este documento legal implementó controles estrictos al movimiento de esta clase de personas y ordenó la inscripción de la nobleza a los ejércitos del zar, lo que básicamente parece haber sido un acuerdo entre la nobleza y el zar. La servidumbre fue subsecuentemente abolida con la emancipación del zar Alejandro II en 1861 a raíz del desastre que fue la guerra de Crimea (1853-1856). Parece que el propósito de la emancipación fue la mejor integración de la clase campesina a los ejércitos masivos de la época. El punto clave a notar aquí es que la servidumbre se introdujo para inscribir a la nobleza al ejército y luego se derogó para inscribir al campesinado. Esto demuestra que la reforma agraria en Rusia está íntimamente ligada al ejército y a los requerimientos geopolíticos del gobierno. En consecuencia, podemos asumir que las reformas agrarias a seguir estarían sujetas a la misma dinámica, cosa que Skocpol argumenta ocurrió con los soviéticos y sus acciones.

Uno de los mayores problemas que enfrentaron tanto los soviéticos como el zar antes que ellos fue que, como parte de las reformas que emanciparon a la servidumbre, la influencia política a nivel local pasó de la nobleza a centros políticos locales, las aldeas мир (mir). Estos centros comunales de organización tenían los títulos de las tierras cultivables del área sobre la que presidían y tenían derecho de asignar tierras a los miembros de la comunidad del mir según lo vieran conveniente. Este proceso no se realizó como una alienación de la tierra, sino que fue un sistema mediante el cual diferentes miembros recibían tierras según su necesidad y esta tierra era regularmente reasignada según esta necesidad. La posesión de tierras por un solo individuo, como era el caso de los kulaks, no era lo normal y esta forma de propiedad parece haberse originado con las reformas de Stolypin. Estas reformas fueron un intento de acabar con los mir, alentando la propiedad privada para incrementar la productividad del sector tanto como para afianzar el control político del gobierno central a luz de la revolución rusa de 1905.

Tras el colapso de los ejércitos de Rusia a raíz de la primera guerra mundial, los reclutas campesinos que conformaban estos ejércitos se dispersaron a las aldeas de las que provenían, sólo que ahora regresaban con rifles en mano. Fueron estos mir, ahora reforzados por hombres armados, los que conformaron la columna vertebral de la revolución rusa cuando se rebelaron masivamente, tal como habían hecho en 1905. Los campesinos se apropiaron de la tierra de los nobles que no había sido dispersada en el proceso de emancipación y también una buena parte de la tierra que recibieron los kulaks de las reformas de Stolypin. Toda esa tierra fue puesta bajo control colectivo. Esto desmuestra cuán engañosa es la narrativa de los kulaks porque convenientemente hace a un lado al segmento campesino de la población que componía a la vasta mayoría de esta clase. Estos campesinos eran altamente comunistas y conservadores; el capitalismo era un fenómeno novedoso que el zar trataba de imponerles y ellos lo rechazaron.

Cuando avanzamos hasta la consolidación del régimen soviético en los años veinte y treinta, la estructura de los mir estaba firmemente establecida. Los soviéticos, siendo un movimiento de base urbana, tenían poca o nula influencia en el campo, lo que creó problemas significativos. Los precios de los granos cayeron tanto que los mir se retiraron del sistema monetario, negándose a vender el grano al precio que se pedía en el momento. Esto puede verse cuando reconocemos que, según Skocpol, menos grano se vendió en la década de 1920 que antes de 1914 debido a esta retención de grano por parte de los mir, quienes a menudo se negaban a plantar la cosecha en primer lugar; los agricultores en entornos no capitalistas tienden a no cultivar a menos que sea necesario. Para un Estado en proceso de aventarse a la industrialización debido a su precaria situación geopolítica (rodeado por los poderíos industriales de Alemania y Japón) esto obviamente es un problema mayor. Dos respuestas generales a este problema fueron aparentemente considerados por los soviéticos. La primera opción fue intentar motivar la remonetización de estos campesinos produciendo mayores cantidades de bienes de consumo baratos. La segunda opción era simplemente enviar agentes del Estado y colectivizar a los campesinos desde organizaciones agrarias bajo supervisión estatal, que llegaron a conocerse como колхоз (koljós), y luego obligarlos a cultivar y vender las cosechas. Por varias razones, se escogió la segunda opción con pobres resultados, por decir poco.

Lo que debería interesarnos en este punto no es solamente que los soviéticos consideraron alentar a los campesinos a vender sus granos con incentivos al consumidor, sino también que los objetivos de esta colectivización dirigida por el Estado fue la totalidad de la clase campesina, no solamente los kulaks. Es cierto que los soviéticos hicieron mucho ruido considerando a los kulaks como enemigos de clase, pero en verdad también estaban yendo contra campesinos que actuaban de manera comunal. Esto a pesar de la obvia verdad de que este es el método de organización de la producción que se supone debe alcanzar el comunismo, algo que uno deduce de leer la literatura comunista. Las acciones de los soviéticos eran de muchas formas difíciles de reconciliar con la ideología comunista y por esto era tan crucial para ellos señalar y resaltar a los kulaks. La afirmación de que estaban atacando a enemigos de clase sirvió para disfrazar lo que en realidad estaba ocurriendo. Tal parece que esto llevó a que el término kulak se expandiera para incluir a cualquier campesino que se opusiera a la colectivización estatal, lo que implicaría que los campesinos de los mir ya colectivizados fueron denominados «kulaks». El Estado soviético actuó como un Estado y forzó la integración de los campesinos en el Estado, pero lo hizo tras la fachada de la ideología comunista.

Esta tendencia a la falsedad de los Estados «comunistas» post-revolucionarios es también evidente en el desarrollo y éxito del Partido Comunista Chino (PCCh). Mientras que el consenso es que China ha roto con su pasado comunista y ha sacado a su población de la pobreza adoptando el capitalismo, esto no es particularmente instructivo, sobre todo porque no existen definiciones claras de capitalismo y comunismo. Incluso pareciera que el desarrollo chino es mejor comprendido sin hacer referencia a estas categorías ideológicas en absoluto. Este desarrollo puede entenderse mejor en referencia al interés estratégico del Estado en la centralización del poder y su específico contexto geopolítico generado por circunstancias fuera de su control.

A diferencia de los soviéticos, el PCCh no era un movimiento de base urbana, sino de base campesina. Claro que no surgió del campesinado, sino que lo captó luego de un viaje bastante tortuoso. Para ver cómo esto ocurrió, podemos otra vez revisar brevemente la historia que llevó a las reformas agrarias. Con la llegada de los poderes occidentales a las costas de China, el país fue asaltado por su incapacidad de enfrentarse a las capacidades tecnológicas y organizacionales de estos poderes. El Estado chino estaba centralizado, pero de ningún modo tan centralizado como los poderes occidentales.

Había muchas y amplias barreras al poder del emperador y los intentos de reforma del Estado chino se encontraron con múltiples problemas, culminando con disturbios en respuesta a los intentos de estandarizar el sistema de ferrocarriles a escala nacional. Tal parece que las élites locales que habían invertido en las vías férreas de sus regiones específicas temían perder su inversión y lograron acabar con la dinastía imperial de China como resultado. Los centros de gobierno locales que habían desarrollado previamente sus propios aparatos de seguridad para lidiar con las rebeliones se convirtieron en la base de los caudillos que se alzaron. Así la unidad nacional se convirtió en el objetivo de muchas élites y de ahí surgen tanto el PCCh como el Kuomintang. Ambos partidos fueron movimientos revolucionarios opuestos al orden político existente y ambos buscaban la unificación nacional. Ambos también fueron financiados y asesorados por los soviéticos y aparentemente había una superposición significativa en su membresía.

La alianza inicial entre el PCCh y el Kuomintang cesó ante el éxito relativo de Chiang Kai-shek en imponer orden luego de su expedición norteña contra los caudillos en la cual ordenó una purga de los elementos más izquierdistas dentro de su propio partido y del PCCh. Esta purga empujó a los remanentes del PCCh hacia el campo donde, obviamente, no había proletariado industrial. Esto llevó a una serie de cambios doctrinales conforme el PCCh se vio forzado a encontrar apoyo entre los campesinos. Bloqueados y asediados por los caudillos, el Kuomintang y también por los japoneses luego de su invasión, la única fuente de recursos real del PCCh era el campesinado y esto generó la necesidad de desarrollar apoyo cercano y directo con las aldeas, de modo que pudiera extraerse soldadesca y suministros de los campesinos. La combinación resultó ser explosiva y las reformas agrarias promulgadas por el PCCh derivan de esta dependencia. Por su servicio militar, a los campesinos se les prometió tierra y esto, según Skocpol, servía a tres fines. Primero, recompensaba y fortalecía a la élite villana establecida por el PCCh. Segundo, removía el poder y la influencia de la alta burguesía que podría suponer una amenaza si apoyaba al Kuomintang. Y tercero, suministraba al PCCh con una vasta fuente de reclutas de infantería.

Como señala Skocpol, este suministro de reclutas para el ejército guerrillero del PCCh condicionó el acercamiento del PCCh a la clase campesina. A diferencia de la clase campesina en el contexto soviético, aquí los campesinos probarían ser un aliado vital del Estado comunista. No había deseo alguno de imponer la productividad en este sector para tratar de llevar a la industrialización. Las industrias de China estaban localizadas en centros urbanos que estaban controlados por los japoneses, los caudillos y el Kuomintang. No fue sino hasta el final de la guerra civil que el PCCh fue capaz de controlar a la China urbana. El PCCh también estaba posicionado de tal modo que era incapaz de promulgar un servicio militar obligatorio de los campesinos, por lo que dependía de proporcionar grandes incentivos reformando los derechos de propiedad de la tierra a favor de los intereses de los campesinos, así como se valía de la persuasión ideológica.

Todo esto fue posible gracias al diverso y a menudo montañoso terreno de China que hizo posible la guerilla de infantería. Esto le permitió al PCCh operar en regiones difíciles de alcanzar para los aviones y las divisiones mecanizadas. Este hecho resultó influyente incluso en el periodo de post-guerra pues quedaba poco ímpetu para dirigir la industrialización a un ritmo excesivo; el imperativo geopolítico no era tan demandante como lo fue en Rusia en el periodo de entreguerras. Invadir una China capaz de sostener ejércitos incansables, incluso si sólo podían equiparlos con armamento liviano, sería un esfuerzo desagradable para cualquier poder. Ni los soviéticos ni los Estados Unidos podían hacerlo, como quedaría demostrado en la guerra de Corea en los años cincuenta, en la que los chinos fueron capaces de mantener una campaña ofensiva bastante exitosa con infantería ligera y poca asistencia aérea.

Esta situación era muy diferente a la que enfrentaron los soviéticos, que no tenían ninguna conexión real con el campesinado y con urgencia necesitaban industrializar Rusia en un corto periodo. Rusia, y sobre todo la sección europea, a diferencia de China, es bastante plana geográficamente. Consiste de una estepa interminable, ideal para el despliegue de unidades mecanizadas. Además, Rusia es enorme y su defensa requiere de desplegar fuerzas a frentes potenciales extremadamente distantes entre sí, lo que demanda una extensa red de ferrocarriles, como fue demostrado en los despliegues de la Segunda Guerra Mundial. Rusia también necesitaba fuerzas navales para defender sus múltiples puntos de invasión posibles que requieren de muchas flotas que no pueden conectarse con facilidad. Sin industrialización, los soviéticos hubieran estado en una peor situación en 1939, pues no había manera de que operasen en base a un ejército guerrillero de campesinos. Esto explica la urgencia de sus acciones y sus intentos descuidados de hacer reformas veloces en contra del sector agrícola que, en efecto, señala Skocpol, se había convertido en una amenaza para el Estado. Los chinos no tenían tal urgencia y, en realidad, los campesinos eran la base de su poder, de modo que sus acciones con respecto a la reforma agraria no llevaron a una catástrofe comparable a las hambrunas que desafortunadamente desencadenaron los soviéticos. Hay que reconocer que, aún así, hubo resultados negativos para secciones de la población como resultado de estas reformas agrarias en China, pero en términos relativos, las reformas del PCCh fueron exitosas.

Obviamente, si la ideología fuese la principal fuerza motriz tanto del PCCh como de los soviéticos, podríamos observar acciones similares, sino idénticas, de los Estados comunistas de ambos Estados en conformidad con sus credos ideológicos. En su lugar, vemos acciones relativamente pragmáticas efectuadas por actores estatales que tenían contextos estratégicos distintos. Los soviéticos llegaron al poder con la ayuda de los obreros industriales de Petrogrado y acabaron señoreando sobre un sector agrícola reticente e improductivo. El PCCh llegó al poder en los hombros de campesinos luego de que se les cortara el acceso a cualquier base industrial. Sus relaciones subsecuentes con el sector agrícola de sus relativos órdenes fueron, obviamente, muy distintas. Hay mucho que podemos aprender de las experiencias de los comunistas del siglo XX si nos negamos a verlas a través de la perspectiva ideológicamente liberal nutrida de la propaganda diseñada para desacreditar a los Estados comunistas.

Debemos preguntarnos cómo los comunistas tuvieron éxito no sólo en conseguir el poder, sino también en el desarrollo de Estados funcionales y transformadores. Una de las razones es que los comunistas tenían un enfoque bastante claro de la naturaleza del Estado y su papel debido a la teoría marxista del Estado como emergente del conflicto de clases. Es decir, la creencia de que el conflicto de clases ocasionó el desarrollo del Estado, siendo la herramienta de la clase dominante para suprimir a las otras clases. Los leninistas buscaban conquistar este Estado, invertir sus mecanismos opresores en contra de la clase dominante (los capitalistas) y entonces trabajar hacia el desmantelamiento del Estado una vez fuese abolida la clase. Independientemente de la veracidad de esta interpretación, los comunistas tenían una ventaja como resultado de este enfoque en conquistar el Estado aprovechando los antagonismos de clase.

Otro aspecto del éxito de los comunistas fue que buscaban crear bases de poder alternativas que les permitieran operar sin las restricciones impuestas a los actores del poder por estructuras ya existentes. Los bolcheviques operaron a través de su partido y los sóviets, el PCCh operó a través de su partido y la estructura de gobernanza que desarrollaron en las aldeas. Como resultado, sus acciones fueron mucho más disciplinadas y enfocadas. También podemos utilizar este análisis para elevar algunas críticas serias al liberalismo y a las afirmaciones de los liberales de que su sistema ofrece mejores soluciones que las políticas comunistas señalando la naturaleza desarrollista de los Estados comunistas. Es bien sabido que la teoría de la revolución proletaria de Marx falló drásticamente en los países en los que él asumía que ocurriría y en realidad tuvo lugar en países más atrasados. Vale la pena detenernos y reflexionar sobre esto dado el análisis de Skocpol.

¿Exactamente qué posee el comunismo y el pensamiento marxista-leninista específicamente que les hizo tan aptos como base ideológica de Estados en desarrollo en contraposición al liberalismo promovido por Estados ya industrializados? Tanto en Rusia como en China, los liberales fueron prominentes en la etapa inicial de la revolución pero rápida e irrevocablemente se les hizo a un lado. Tal parece que se debió a que sus políticas eran ineficaces, cuando no eran básicamente desvaríos, y esto es curioso considerando que, en la práctica, estaban tratando de imitar a los poderes occidentales exitosos. No hubo Estados exitosos que se desarrollasen utilizando los preceptos del liberalismo y esto es algo que predijo Fredrich List mucho antes de que los soviéticos y el PCCh lo vindicaran. Fue List quien declaró célebremente que:

Toda nación que por medio de deberes protectores y restricciones a la navegación ha elevado su poder de manufactura y su navegación a tal grado de desarrollo que ninguna otra nación puede sostener una competencia libre con ella, no puede hacer nada más sabio que echar estas escaleras de su grandeza, predicar a otras naciones los beneficios del libre comercio y declarar con tono penitente que hasta ahora ha errado por los caminos del error, y que ahora, por primera vez, logró descubrir la verdad.

Es esta prédica la que erróneamente creían los liberales que dirigieron las revoluciones de las que se les depuso subsecuentemente y es esta prédica la que forma la base del anticomunismo liberal que es capaz de creer muy sinceramente que Rusia y China se hubieran podido industrializar si hubieran permitido que el ‘libre mercado’ siguiera su curso. Con el estudio detallado del desarrollo de la práctica comunista en la obra de Skocpol, queda bastante claro que confiar en las interpretaciones liberales del desarrollo económico sería caer en un grave error que sólo beneficia a los proveedores del liberalismo y a las instituciones que lo defienden.

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