El velorio de la democracia.

Aunque lo nieguen, aunque se resistan, aunque echen la culpa al otro, los políticos tradicionales no pueden ocultar que su dios ha muerto. Lo despedazó Daniel Ortega y lo exhibió con la bandera rojinegra, pero no por eso deja de ser cadáver.

Hablo de la democracia, la Pachamama europea, iluminista, que nos impuso una élite criolla fragmentada, el sustituto de la Trinidad para los ateos.

Nadie ha querido entender, ni los más virtuosos caudillos, que en esta nación no manda nunca el pueblo.

Siempre que el pueblo habló y dijo: «queremos un caudillo, queremos otro caudillo y pronto, queremos un monarca, al imperio renacido», los burgueses, los comerciantes, los extranjeros, le negaron al pueblo su deseo.

«Ustedes necesitan votar como las naciones civilizadas» dijo el anglosajón. «Ustedes necesitan votar como los inversores en mi empresa» dijo el burgués. «Ustedes deben votar y dar voto a la hez de su sociedad» dijeron ambos, «para así liberarse y que hable el pueblo».

Pero el pueblo quería a un caudillo, imploraba por su llegada, por su amor y por su furia por igual. El caudillo llegó, se enfrentó de un modo u otro a esta bestia extranjera, tantas cosas devoró la bestia, pero en medio de su gesta heroica, se vistió con su piel, pensando que así sería más fácil gobernar, pensando que así sería más amigable al mundo de las bestias, pensando que en los libros de historia figuraría como un grande.

Grave error cometió el caudillo. Las bestias, después de todo, entre ellas se reconocen. Vieron fácilmente que el caudillo hacía bien, que el caudillo elevaba a su nación, que la separaba de su inmundicia; decidieron atacarlo.

Entonces el caudillo había vivido ya demasiado en la mentira y se la creía. La creían sus hijos y sus allegados cuando decía «yo hablo por el pueblo» y no «yo mando al pueblo». El bien que hacían lo entorpecía esta ilusión, evitaba a futuro el resurgimiento.

La bestia democracia vino en color sangre, tratando de domarla una nueva serie de caudillos, no efectivos, más ebrios todavía con sus propias mentiras, incapaces de ver más allá de los mitos de su ideología o sus vicios.

De esto pensaron los demócratas, que la dictadura había fallado, que tal era el fin de la historia, que ahora Nicaragua se uniría al «primer mundo», mas toda dictadura se dijo democrática, toda dictadura pensó que oía al pueblo cuando oía sólo el susurro en inglés de un demonio.

La democracia trajo muerte del cielo para resolver su propia crisis y obligó a los remedos de caudillo a negociar. Pusieron a traidores y ladrones revueltos con miembros de la vieja élite al mando de una república de mentiras que no aguantó el embate del hombre fuerte menos fuerte del país.

Él mismo trató de hacerse caudillo pero lo dominó su mujer. Crearon un Estado torpe, sucio, que apelaba a la bajeza y la villanía. Se acostaron con todo extranjero que vieron empuñar un fajo de dólares y más tarde se preguntaron: «¿de dónde salió esta infección?».

Dijeron, como siempre, «hablamos por el pueblo» y se preguntaron por qué los odiaban. Entonces escucharon que los extranjeros dijeron «hablamos por el pueblo» y los comerciantes dijeron «hablamos por el pueblo». Ambos contestaron en su nombre: «quiere que te vayás».

Pero el pueblo aún grita por un caudillo. He ahí el velorio que se niegan a reconocer existe. No es que haya muerto ese demonio en la consciencia popular; ya quisiéramos. Es que queda patente cuán débil, cuán inútil, cuánto vicio produjo este modelo que nos han querido imponer.

Caudillo tras caudillo ha tratado de domar este país, de ordenarlo y hacerlo fuerte, pero también han querido que «el pueblo» elija, que el pueblo hable, que el pueblo decida. No se dieron cuenta que el pueblo siempre los quiso a ellos, que el pueblo siempre habló a través de ellos, que el pueblo se decidió por ellos, que jamás necesitaron que el pueblo hiciera todo eso, además, porque alrededor de su autoridad se construía todo lo demás, se derivaban los deseos.

Nicaragua siempre quiso un caudillo, un dictador, porque Nicaragua fue forjada entre monarquías y cacicazgos, en ambientes de exaltación religiosa que impregnaban cada rincón de la vida. Nada de eso se ha ido, pero han querido engañarnos, hacernos pensar que somos lo que no podemos ser y cada vez que se desploman sus experimentos, se voltean y dicen que fue nuestra culpa.

Y no, hermano nicaragüense, no es culpa tuya no querer meterte en política; no es culpa tuya estar cansado. Es normal y sano añorar al somocismo, maravillarse con sus obras.

No es culpa tuya resentirte con el estado de las cosas, ni quién esté hoy en el poder, porque jamás quisiste decidirlo, más bien te manipularon para pensar que sí, para creer que con un papel en una urna, que con un librito, ibas a domar a un ejército.

No es culpa tuya buscar lo familiar, no es culpa tuya buscar al caudillo, al monarca. No es más que la voz de tus ancestros, viva en los remanentes materiales y etéreos de la vieja Nicaragua, expresando esos principios que hicieron a tu Patria cuando estuvo cobijada por el más grande imperio en la Tierra.

Es con el monarca y el caudillo que nació tu identidad, después de todo. El monarca y el caudillo moldearon por tres siglos tu lengua, tu sensibilidad religiosa, la forma entera de tu comunidad.

Dos siglos de invasión no han podido acabar con ese acervo, porque El caudillo es silencioso / (dibujo su rostro silencioso) / El caudillo es poderoso / (dibujo su mano fuerte) / El caudillo es el jefe de los hombres armados / (dibujo las calaveras de los hombres muertos).

El caudillo, clave a la hispanidad y a la nicaragüeidad, es la voz del centro social y lo esperamos para dibujar en toda la nación sus exigencias.

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