La marcha sobre Roma.

Transcripción de una transmisión radial locutada por Pablo Antonio Cuadra desde Managua, durante el XVI aniversario de la marcha sobre Roma, el 28 de octubre de 1938, publicada más tarde por la revista «Lectura» de México.

En la gran división del mundo, en esa gran división de Barbarie contra Civilización, nosotros estamos con la Civilización. Pero no estamos con ella en actitud liberal y platónica. Sino que estamos con la Civilización contra la Barbarie. En actitud combativa. En actitud «fascista».

No somos fascistas italianos, no podemos serlo, porque somos nicaragüenses, o mexicanos, o argentinos… porque somos, en suma, americanos. Pero queremos revestir nuestras nacionalidades con todo lo eternamente invencible que, por universal, tiene la doctrina y la acción fascista.

Creemos —y profesamos con todo entusiasmo esta fe— que ninguna nacionalidad moderna puede salvarse, frente al Comunismo internacionalista, si no nutre su espíritu con la leche de la Loba Romana. Hoy día, para ser nacionalistas hay que ser de alguna manera fascistas. Serlo en la manera que ese mismo nacionalismo lo permita.

En otras palabras: si existe una fuente de energía —la eterna fuente de energía romana— para salvar las nacionalidades civilizadas de todo peligro desintegrador y bárbaro, nosotros, los hispanos, debemos conectar nuestro espíritu con esa fuente, para recibir de ella toda aquella energía que es capaz de recibir nuestra naturaleza americana.

Allí somos fascistas: en todo aquello que el fascismo nos ayuda para ser integralmente y eternamente nicaragüenses, integralmente y eternamente mexicanos, integralmente y eternamente argentinos…

Porque nosotros tenemos una tradición. Una gloriosa y grandiosa tradición hispana y conquistadora, que, con sólo resucitarla y darle el empuje de la modernidad, se convierte en un fascismo tan nuestro, tan profundamente nuestro, como lo fue aquella heroica época, también fascista, de nuestra antigüedad hispana imperial.

No necesitamos del Fascismo más que su decisión inquebrantable, su absoluta voluntad de potencia, para rasgar los mitos liberales, democráticos, socialistas, y penetrar en nuestro suelo y en nuestra historia —en aquella historia y en aquel suelo que son nuestros, absolutamente nuestros—, para encontrar allí las raíces vitales y vivificadoras del árbol nacional, hasta hoy oprimido y confundido por la maleza salvaje de la antihistoria y de la antipatria.

El ánimo, la voluntad, la decisión de encontrar nuestro destino, es lo que debemos revestir con la potencia romana del fascismo. Porque, ya una vez encontrada en nuestra tradición la espiritualidad hispana en que fuimos formados, no necesitamos de Roma, porque entonces Roma estará palpitando de heroicidad en el filo de las viejas espadas conquistadoras de nuestros antepasados, resucitados en la sangre juvenil de la nueva hispanidad.

Somos fascistas para ir al encuentro de nuestro porvenir. Somos fascistas para luchar por nuestras nacionalidades amenazadas por los imperialismos marxistas y capitalistas. Fascistas para luchar por nuestras nacionalidades en el ideal supremo de glorificarlas y engrandecerlas y cristianizarlas. Fascistas en nuestra voluntad de organizar nuestras desorganizadas tierras en su Verdad y en su Tradición, usando hasta la violencia contra aquellos que opongan su estupidez incomprensiva al avance de nuestro resurgimiento. Fascistas en nuestra irrevocable decisión de alzar de nuevo sobre la hermandad el ayuntamiento de veinte pueblos, el poderío Imperial de la Hispanidad, pues necesitamos del Imperio para defendernos del imperialismo. Necesitamos del fascismo para defendernos, inclusive, de otros fascismos.

Pero no somos fascistas en esa organización. El Fascio organizó a Italia según las necesidades itálicas. Nuestras doctrinas pretenden la organización de América según las necesidades y según la naturaleza de cada una de sus naciones soberanas.

Pero digamos en verdad que, si la organización que necesitan las naciones de América es distinta, en parte, a la italiana, sin embargo, en su espíritu, en su alma, son hermanas. ¡Por América y por Italia circula la misma sangre cultural grecorromana y católica!

Por eso España hoy camina hacia su gloria por los caminos heroicos del fascismo. Por eso América también caminará por ellos. Es la «marcha sobre Roma» de toda la Latinidad.

Toda vez que la Civilización occidental ha querido salvarse, ha marchado hacia Roma. En este siglo XX, cuando Asia quiso abatir nuevamente la cultura cristiana del mundo civilizado —blandiendo la hoz moscovita, como otro día enarboló la media luna musulmana—, fue el Fascismo el que inició la peregrinación de los espíritus a Roma. A la Italia siguió la Hispania. A la Hispania seguirá la América. Todos iremos, irremisiblemente, si queremos salvarnos, en marcha forzada, hacia Roma.

A la Roma cristianizadora y civilizadora. Vaticana y Cesárea. Católica y Fascista. ¡A la Roma del renacer de la Latinidad!

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