El rico y Rigo, o «Los dos abismos».

Texto de Russell Antonio Vargas para Albarda.

Había un rico que amasó su fortuna injustamente, y vestía de purpura, rosado y verde olivo, y había un pobre que sufrió toda clase de limitaciones en vida. Resulta que murió el pobre y fue llevado a la presencia de Dios, y murió el rico y fue trasladado al infierno. Y éste alzó los ojos y vio a lo lejos cómo el pobre gozaba de la visión beatifica, y pidió un poco de compasión y un trato más celestial para sí mismo, pero Abraham le dijo: «Imposible, ya gozaste tus bienes en la tierra, ni que hoy cambies tu mentalidad puedes cruzar hasta aquí. Hay un abismo infranqueable que nos separa».

Parecido al abismo que separa a los ricos y a los pobres en la tierra.

Y se acordó el rico de su vida terrenal. Se acordó de su entrañable infancia en los campos de la hacienda de su padre, en la que nunca faltaba la carne y el vino, y de los excesos de su juventud, llena de mujeres, libros, vicios y modas extranjeras; se acordó de su rebeldía de espíritu, que lo hizo ascender a las altas esferas de la política, llegando alcanzar la conquista del Estado. Y rogó a Abraham que enviara algún emisario a la tierra, con el fin de testificar, ya que tenía muchos hijos y no quería que ellos también terminaran en el infierno. Pero, para no cansar, Abraham le contestó lo mismo que le contestó al rico de Lázaro en la Biblia.

Y es que hay un desconcertante misticismo trascendente, no apto para todos, que sostiene que la palabra de Dios escrita en la Biblia es viviente. Es decir, que siempre se está representando en la tierra, sólo cambiando los protagonistas, pero el drama es siempre el mismo. De esta manera, lo mismo que les sucedió a los israelitas antaño, les sucede hogaño a todos los pueblos de la tierra y esto será así mientras exista humanidad. Por lo tanto, no es ilícito que parábolas del Verbo encarnado de Dios que descendió hace dos mil años a la Tierra alcancen a ser representadas por infinidad de hombres, mientras exista el hombre, antes de que venga el superhombre avizorado por Nietzsche, que también suplicaba compasión al Patriarca.

En cambio, Rigo, el pobre, era ahora consolado en el mismo seno del Patriarca con toda clase de sufragios, pero había sufrido mucho en la tierra, más por haber nacido en el mero centro de América, entre los trópicos, donde los rayos del sol caen verticalmente en verano, pero no fue en la Centroamérica incruenta e idílica de los reyes católicos, sino desgraciadamente después de la ruina que significó la independencia del Imperio Español de esos pequeños países hermanos. Había nacido en tiempo de revoluciones, entre la revolución liberal y la revolución socialista. Su fe de bautismo figuraba el año 1928, y fue su cuna Somotillo, el lugar mas infernal de Nicaragua, en el que las piedras incandescentes y el polvazal desolador parecen una prefiguración del infierno. Sin embargo, es un oasis comparado con las calderas de fuego atómico en la que dejamos al rico.

Tenía Don Rigo cincuenta años cuando el último Somoza huyó de Nicaragua. Mientras era consolado en las alturas celestiales, él también recordó su infancia llena de vicisitudes. Había empezado a trabajar desde los cinco años en el campo, allí raras veces se comía carne, pero cuando llegó el primer Somoza al poder, la cosa empezó a mejorar. Rigo no aprendió a leer ni escribir, era uno de esos prototipos que firman con una raya horizontal sus documentos; su raya estaba ligeramente inclinada hacia arriba. Esta carencia no le impidió crecer hasta el metro noventa, era un varejón. Y recordó su juventud ¿Fue juventud la suya?

Durante la bonanza del algodón se había trasladado más al interior, a cierta comarca de Chinandega, donde se casó con una doncella que le dio ocho hijos; no tenía vicios, criaba con rigor y amor a su prole, era católico; había sobrevivido a la tuberculosis, la malaria, el colera, el dengue y a un machetazo en la nuca, había visto los abismos de frente; por lo tanto, se negó a ser alfabetizado durante la gran campaña nacional de alfabetización, uno de los grandes logros de la revolución socialista, donde se perdieron tantas virginidades e inocencias y que mereció un premio de la Unesco.

Para Rigo nada útil podrían enseñarle unos jovencitos. Cuando éstos llegaron a su casa, les dio un sermón para que no anduvieran en malos pasos. Permitió únicamente que educaran a sus hijos y a su mujer. Además de ese espíritu retrógrado que le negaba las bondades de la democratización de las letras, el pobre también miraba con recelo la industrialización, sin conocer a fondo los pormenores de la revolución industrial, ni de la revolución que estaba viviendo. Era un contra revolucionario y un oscurantista.

«Hay un abismo infranqueable que nos separa», estas palabras lapidarias resonaban en el alma del rico. El alma del condenado nunca puede recibir perdón, porque en la eternidad no existe la ONU ni el ACNUDH, sólo la mirada implacable del Juez y el remordimiento eterno, cuando de vez en cuando vislumbran a lo lejos las bondades del Cielo.

El mismo abismo que separa a los ricos y a los pobres. Y si Rigo hizo un mérito para ganarse el cielo con más desahogo, fue porque nunca le tuvo a miedo a la muerte, ni durante el tiempo fervoroso de la revolución, cuando los revolucionarios socialistas iban de comarca en comarca haciendo mítines, de cara al pueblo, para estar en contacto cercano con la gente.

Cuando llegaron a su pueblo cerca de la Villa 15 de Julio, Don Rigo tuvo el coraje de enfrentarse verbalmente al nuevo presidente de Nicaragua, que, retóricamente, sabiendo que no obtendría respuesta positiva, preguntó si había algún somocista en la comarca, y el prematuro anciano asintió con la mano sin temer las consecuencias, a pesar de estar rodeado por fanáticos.

—Yo soy somocista—dijo.

El nuevo presidente lo invitó a subir a la tarima y Rigo subió con sus guaraches de hule, y su ropa hedionda a veneno. Mientras atravesaba ese semi-abismo que separa a los de abajo y a los de arriba, iba meditando las palabras que iba a soltar en la tarima. Después de un breve saludo, y un apretón formal de manos, el pobre tomó la palabra explicando sus razones. Le dijo al rico en su cara que los dos eran somocistas, pero que no había nadie más somocista que el presidente, ya que se había aprovechado del sistema derrocado para aprender a leer y escribir, a matar y robar. Y en cambio él no era más que un viejo iletrado que nunca había obtenido de Somoza más que un trabajo duro con el que llevó el sustento e hizo hogar para sus ocho hijos, de los que ninguno salió desviado. Y agregó estas palabras paradójicas y desarticulas:

—…y ayudé yo más a la revolución porque de mí nadie murió de ustedes.

El presidente quedó cabezón y sus anteojos se empañaron por el tufo que irradiaba aquel varón, a sudor y gramoxone. «Tenés que cambiar esa mentalidad, viejo». Eso fue lo único que le dijo. La casa del pobre amaneció pintada al día siguiente con las palabras: «rata somocista». Ni qué decir de las bajezas que sufrieron sus hijos, la quema de su parcela, y la ruina de la familia. Pero eso no importa cuando te has ganado el cielo.

Don Rigoberto murió en 1986 de un derrame cerebral.

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