Estoy en Indochina.

Texto de Russell Antonio Vargas para Albarda.

“El producto mejor terminado del capitalismo es el pobre de derecha” dice un conocido meme que circula de arriba abajo en las fosas sociales y yo, que no soy precisamente un tecnócrata neoliberal, no voy a refutar eso. Pero, ¿y qué pensar del pobre que defiende o delira con las ideas izquierdosas en un país devastado por la izquierda, sea cultural o económica? Me puse a pensar en esto después de repasar un libro de propaganda sobre el Che Guevara, con las que lavaban el cerebro a la juventud en las universidades públicas, en el que algunos ancianos cubanos de la Sierra Maestra, sumidos en la miseria cincuenta años después, recordaban o les hacían recordar con alegría las andanzas del guerrillero antes de su martirio en Bolivia. Me pareció, en ese entonces, y me lo sigue pareciendo, un caso sumamente triste.

Repasando este libro infame, recordé el caso de dos muchachos que conocí en Chinandega, que podrían ser el producto mejor terminado de la izquierda en su faceta tanto cultural como económica, alienando almas hasta la locura y expoliando los cuerpos con miserables salarios.

Quién iba pensar, al ver aquellos dos loquitos izquierdistas, que a los años andarían encapuchados. Uno de ellos ya estaba identificado con la miseria mucho antes del primer día de entrar al servicio, donde propagaría su rebeldía. El odio, la angustia y el ansia de cambio se habían incrementado en él desde su ingreso. Odiaba el área a la que había sido asignado, se angustiaba al contemplar la aridez natural de la zona. Después de poco tiempo tratando de adaptarse, se dio cuenta de que tenia diferencias con la mayoría de sus compañeros, los cuales eran adeptos al sistema.

—Dicen que el sistema se cayó—dijo alguien con cierta preocupación—, estamos jodidos.

Pero otro que lo acompañaba, con mucha tranquilidad, lo apaciguó:

—Así dicen siempre, la gente es hablantina, no les creás.

El primero respiró tranquilo al escuchar esa muestra de optimismo.

—¿’tas listo para…?—preguntó, ya con una risita en su rostro.

—¡Lo nuevo reemplaza a lo viejo! Sí, ¡jodido, por eso estamos aquí!—contestó el optimista.

—¿Trajiste el papel?

—Si, allí lo paso por debajo.

—Dale viaje.

Su diálogo fue escuchado desde un rincón por uno de de estos chinandeganos, llamémosle desde ahora “el Soldado de la Revolución”, porque así se hacía llamar (quien iba a pensar que a los años andaría encapuchado) y se puso nervioso; recordó la teoría de la negación de la negación—lo viejo niega lo nuevo—con cuyo estudio había quemado algunas neuronas durante su juventud, en aquellos libros de la editorial progreso de Moscú que aún circulaban por las universidades públicas. Entonces se sumió en sus pensamientos diciendo:

—¿Qué saben ellos de las leyes de la dialéctica? Absolutamente nada, son unos pobres esclavos del sistema, al igual que yo, pero yo quiero hacerlo explotar, yo tengo conciencia: el Soldado Universal es el único además de mí que tiene conciencia de las cosas; él si conoce las leyes de la naturaleza, es culto y es revolucionario como yo. Pero el Soldado Universal ha desaparecido últimamente, es como si se lo hubiera tragado la tierra, no he tenido informes de él últimamente. ¿Habrá caído en combate?

Cogió su lápiz, y anotó las siguientes oraciones: “Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario. Soldado Universal ¿dónde estás? Atte. Soldado de la Revolución”.

Quién pensaría que a los años andarían encapuchados los dos. Eran las nueve y treinta y cinco de la mañana, día sábado. Faltaba poco para el conteo rutinario que se solía hacer después de salir a la pequeña junta o reunión superficial de todas las mañanas, y para que sonara la alarma escandalosa que lo hacía desear que el jefe fuera un pedazo de masa para desvanecerlo, o un blanco fácil; en toda esa zona, todas las ordenes venían de allí, toda la propaganda estúpida, toda la rutina de ejercicios innecesaria, todo el orden y toda la autoridad; aunque en el fondo no era más que una pieza de ese engranaje transnacional, de esa ingeniería inhumana, elementos que en la mente alienada del Soldado de la Revolución adquirían una terminología aún más descarnada:

—Si él se muriera yo podría asumir la dirección de este ejército, yo estoy capacitado para dar órdenes, vengo de la masa, pero puedo dirigir a la masa, tengo facultades. Yo he leído muchos libros, conmigo las cosas serian más justas, yo tengo conciencia… El Soldado Universal es el único además de mí que tiene conciencia de las cosas, quizá por eso ha desaparecido. Ha desaparecido como los desaparecidos. ¿Quién grita dictadura del pueblo al accionar su arma como lo hago yo?

Mientras pensaba de esta manera, un repiqueteo hiriente, una ráfaga cercana, lo regresó a la realidad: sintió un mal olor muy profundo, parecido al olor de la muerte de una cría de ratón. Buscó la pistola, que se le había caído, y se irguió. Sonó la alarma escandalosa, salió a la luz. Se incorporó a sus compañeros para el conteo.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés; están completos, regresen a sus puestos y no se preocupen, muchachos. El sistema no se ha caído—dijo una voz sin mucha autoridad.

—Allí andaban diciendo que el sistema se había caído—objetaron con debilidad, algunas voces.

—¿Quien andaba diciendo eso?—dijo la voz sin mucha autoridad.

—Las malas lenguas—respondieron al unísono los operarios.

—-No anden creyendo cosas. Otra cosa que se me olvidaba decirles, ya no anden rayando los baños, por favor. Yo sé que no son todos, pero hay algunos en esta línea que rayan los baños. Cuando descubramos a esas personas, vamos a darles de baja por orden del jefe. Él es el que manda aquí y no le gustan esas cosas. Aquí no es prisión, es un centro de trabajo, muchachos. Ah, y otra cosa, desde mañana es prohibido sacar las pistolas y todas las herramientas de la línea. Cuando vayan al baño o al comedor, tienen que dejarlas aquí—sentenció la supervisora atropelladamente.

Moisés, el auto-nombrado Soldado de la Revolución, escuchaba a la supervisora con ira. Trabajaba en esa zona franca desde hacía cinco meses y su labor consistía en manejar una pistola remachadora de casquillos durante ocho horas. Todas las mañanas, a la hora del almuerzo—a las nueve de la mañana—iba al servicio—“Obligatorio lavarse las manos después de salir”—y daba rienda suelta a su necesidad de expresión, escribiendo frases irreverentes y obscenas. Una vez escribió: “para cagar se necesita poner el culo en dirección al sol para que la mierda salga alegre”. De esta manera fue cultivando una amistad con alguien que le respondió: “Brother, tienes razón, pero esa mierda es imposible. Hasta la victoria siempre”. Entonces Moisés le dio pautas para una nueva respuesta: “loco, que viva la Revolución… Atte. Soldado de la Revolución”. Y el otro no pudo ser más vehemente de lo que fue: “Muerte a los dueños de esta fabrica. Atte. Soldado Universal”. Y así sucesivamente las láminas de los servicios higiénicos fueron adquiriendo las tonalidades verde oliva de estos dos loquitos.

Nunca en esa manufacturera hubo tanta poesía como la que hubo durante el ciclo en que les correspondió trabajar. Ya habían entrado en conversación sobre la revolución rusa, sobre las guerras mundiales; sobre la revolución bolivariana, en cuyo líder se había inspirado Moisés para adquirir su pseudónimo; sobre cuál era la estrategia a seguir, para no caer en combate. Hasta tuvieron tiempo para conversar sobre arte, literatura, música y cine; se sospecha que del séptimo arte había adquirido el Soldado Universal su pseudónimo. Ya habían ganado enemigos, ya habían sufrido sabotajes, durante algún tiempo un infiltrado firmó manifiestos haciéndose pasar por el Soldado de la Revolución; también apareció un tal Soldado Desconocido que les declaró la guerra, pero que de la noche a la mañana desapareció como si una bala lo hubiera herido y, por supuesto, las autoridades de la zona franca luchaban de todas las maneras para extirpar la hormona que motivaba a estos dos locos a rayar las paredes.

Incluso, ya se habían aburrido de su vandalismo, hasta una mañana en la que el sistema se había caído presuntamente. Cuando no hay sistema en ese tipo de industrias, francamente no hay pago para los empleados; hasta esa mañana en la que el Soldado Universal encontró la frase revolucionaria y el mensaje del Soldado de la Revolución preguntándole por su paradero. Por lo que él se apresuró a escribir: “Estoy en Indochina. Atte. Soldado Universal”.

Este eunuco había escuchado más de cincuenta mil veces la canción El derecho de vivir en paz de Víctor Jara y tenía podrida la mente por tanta propaganda izquierdista a la que había sido sometido y de esta manera confundía un baño de zona franca del nuevo milenio con un mítico campo de guerra de los años setenta.

Hasta allí llegaría la correspondencia secreta de estos dos locos que no se conocían en persona. Quién iba pensar que a los años se iban a conocer encapuchadamente. En medio de toda la masa obrera allí activa, era difícil para ambos saber quien podría ser cada uno de ellos. A Moisés lo despidieron del trabajo al día siguiente por insubordinación a la supervisora y Exael, el Soldado Universal, nunca más obtendría réplica. Él también sería despedido al poco tiempo por mal comportamiento.

Hasta aquí, esto sería totalmente anecdótico y carente de gracia y de vibratibilidad espacio-temporal. Lo sustancioso es lo que sigue.

No es que se volvieran guerrilleros terroristas como el che Guevara, pero años después, en vísperas de diciembre, teníamos a Moisés con capucha, de manera que sólo sobresalían sus ojos. Cerca de él, ridiculizado por su lentitud con la bandeja, azuzado por el supervisor, otro brother igualmente iba encapuchado. Vestían tapa bocas y gorros, de modo que sus respiraciones, greñas y sus gérmenes no contaminaran a los camarones. ¿Le transmitirían el ansia de libertad o los ecos del che a los crustáceos?

Moisés y Exael fueron a parar, después de dos años en el desempleo, mordidos por la necesidad, a otra zona franca, una procesadora de camarones.

—Entonces, brother, ¿te gusta este trabajo?—preguntó Moisés en un respiro al nuevo operario de la línea de producción.

—Si es muy divertido es como estar en el polo norte—contestó Exael sobresaltado.

—¿Y adónde trabajabas antes?—dijo Moisés después de otro respiro.

—En Arnecom. Contestó Exael tímidamente.

—Yo también trabajaba allí—afirmó Moisés, quince minutos después, en otro respiro.

Las vueltas que da la vida. Los dos revolucionarios de pacotilla, frente a frente por primera vez, encapuchados como en sus fantasías guerrilleras, pero hablando de temas banales o reales. El producto mejor terminado de la izquierda es el pobre que sueña con la fase superior del socialismo en un país que ya fue devastado por el liberalismo y por ese mismo anhelo.

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