El orgullo ante la catolicidad.

Nuestro Señor Jesucristo fue lo suficientemente claro en los pasajes de entrar por la puerta angosta (San Mateo 7:13-14) y en el que señala que no sólo los que le digan «¡Señor!» se salvarán (San Mateo 7:21-23); para indicarnos que profesar vano «Amor» no es el camino correcto para ser contado entre los suyos. Todo aquel que es reo de la carne y sus pecados por mucho que exija ser respetado y querido no se librará de la condenación, ya nos lo dice San Pablo (1 Cor. 6:9-10); por mucho que el mundo los acoja eso no los salva del Infierno eterno. Esta verdad aplica para todo cristiano en general sean cual fueren sus gustos e inclinaciones carnales.

A veces, estos señores que celebran ese vano «#pride» consideran que los católicos nos regodeamos en dejarle claras estas cosas. La directriz Divina no sólo es para con ellos, deben saber, sino para todos, pero se remarca más en quienes propician el escándalo porque estamos hablando ya de pecado público (San Mateo 18:6). Usando sus términos seculares (por decirlo de alguna manera) para que comprendan mejor: tanto para el homosexual como para el heterosexual es grave caer en fornicación, sodomía y adulterio, más aún si quienes realicen estas abominaciones además de practicarlas de forma privada la escalan a lo público incitando a cometerlas a otros incluidos los inocentes expuestos (niños, por ejemplo). Por tanto, ambas partes faltan por igual y de forma sensible contra la Doctrina Católica, misma que viene de Cristo y sus apóstoles. Recalcar en la ignominia en que se recae al celebrar un acto en donde se engrandece pública y profanamente la sodomía y demás prácticas contra naturales no es un acto de odio, es simplemente un llamado constante a la corrección fraterna. No se puede tocar a Dios con las manos sucias.

Si bien, muchas de las personas que manifiestan este «orgullo» se dicen en sí católicas, sepan de forma clara que al querer que la Iglesia les vea forzosamente con gratos ojos un acto profano de tales magnitudes no es la Iglesia o sus ministros los que están yendo en su contra, sino que ustedes mismos faltan al mandato que es la postura inflexible de la Doctrina referente a este tema y otros igualmente sensibles. Son ustedes en sí quienes atentan contra la Iglesia y no al revés. Ya lo deja claro el Catecismo de la Iglesia en sus numerales del 2357 al 2359, sobre todo este último en donde dicta: «Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la ,ibertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana». La abstención y castidad siempre serán los correctos senderos a seguir para no pecar.

La Iglesia no cambiará posturas referente a esto puesto que la Doctrina no es ni maleable ni modificable, por mucho que quieran escudarse en malas conductas de clérigos que bendicen a parejas del mismo sexo, sepan bien que Dios no bendecirá lo que es ignominioso, puesto que no puede contradecirse, de lo contrario no sería Dios (Gen 1:27). Se ha remarcado tanto en esta cuestión que parece hasta necedad tener que remembrarla, pero si así es la banal insistencia de quienes quieren modificar a sus antojos la doctrina, tendré que insistir en esto las veces que sean necesarias, porque muchas de estas personas escudándose en el desconocimiento o en una lánguida interpretación del Evangelio y la Doctrina Católica viven una vida poco cristiana y caen por tales motivos en sacrílegas comuniones convirtiéndose en reos del Cuerpo de Cristo.

El Amor no son carnales sentimientos, el Amor es un compromiso, una virtud teologal por excelencia. Nuestro Salvador se entregó por Amor, yendo en contra del mundo y sus placeres, nuestros padres en la fe fueron perseguidos y hasta martirizados por profesar el amor trascendental, Amor de los amores, hacia Jesucristo y su Iglesia. Es ese el amor que vale y ennoblece al hombre; el amor que engendra más amor, no caduco, no banal, no carnal. Sino el amor que nos lleva a Cristo. Por eso, no crean que por decir «Love is love» se salvarán. Dura será la condena.

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