Las dos Nicaraguas extranjeras.

Habremos oído todos ya a estas alturas la concepción utópica de una «nueva Nicaragua», a menudo contrapuesta a la existencia consumista y banal de las élites bajas, así como de los dramas políticos de las élites altas, a veces cobijadas por un sólo término: la Nicaragua Premium. Es material y patente la existencia de una casta en Nicaragua que experimenta mayores niveles de vida que el resto. Se les encuentra usualmente alrededor de rubros cognitivos, como la abogacía o la administración, o detrás de apellidos tradicionalmente pesados, a veces apellidos en inglés. Y es que de ahí nace la forma de nuestras burguesías: de la implacable intromisión, tanto cultural como política, de los Estados Unidos.

Estando por fuera del asunto, puedo identificar esta dicotomía entre el sueño de la nueva Nicaragua–del que ya he escrito antes–y la realidad de clase de la Nicaragua Premium. Se trata de dos élites en conflicto. La primera es una élite ascendente que no se considera a sí misma una élite, mientras que la segunda conserva la estética y conductas de la vieja élite de los Estados Unidos, la estética y valores del Grand Old Party que el somocismo inadvertidamente trajo consigo en su proyecto de nacionalismo fallido. Todas esas familias pudientes tenían en un pedestal a los Estados Unidos por años de influencia cultural desenfrenada y esas ideas terminaron heredándose, pero el otro bando también posee un carácter profundamente gringo que se opone al de la primera élite no en principio, sino en alcance. ¿O acaso se piensan que el laicismo, la democracia, el feminismo y la transexualidad se inventaron en Masaya?

Los soñadores de la nueva Nicaragua, conglomerados en la Universidad Centroamericana, los medios de comunicación «independientes» y las organizaciones no gubernamentales, todos financiados por organismos extranjeros como el International Journalism Fund, Open Society Foundations, el Claus Prince Fund, el National Endowment for Democracy, entre otros, siguen de cerca los desarrollos sociales gestados en las universidades de los Estados Unidos y propagados por los medios de comunicación de los Estados Unidos. Siguen también las modas más superificiales que observan en Netflix, imitan los cantos de protesta del extranjero; incluso hablan en spanglish en su vida cotidiana.

Obviamente, los soñadores de la nueva Nicaragua tienen trasfondos de clase más variados. Después de todo su discurso apela a la periferia, a quienes existen por fuera del poder económico y político, pero hay que cuestionarnos cuán proletario es este movimiento. Yo en lo personal jamás escuché de un obrero que discuta sobre vasos térmicos en Twitter todo el día, ni de mujeres en las maquilas organizándose tras la consigna «Trans Rights». En realidad todo esto lo he escuchado de estudiantes universitarios, y no de cualquier universidad sino de la UCA, cuyos aranceles prohibitivamente elevados imposibilitan que una persona «no-premium» asista a sus cursos sin un esfuerzo hercúleo.

Pero es cierto que la UCA otorga becas, no lo niego. ¿De qué otro modo llegaría la ideología de la clase dominante a la clase dominada si no es a través de la educación? Agreguémosle a eso el prestigio de haber pasado por la universidad, algo que a menudo se convierte en el único mérito en la vida de alguien hoy día, y terminamos con una institución sacralizada, algo extremadamente útil cuando se está al servicio del capital.

Aún así, lo cierto es que con las becas no es suficiente. La UCA sigue siendo un negocio. Esto lo admiten hasta los estudiantes más enamorados con su agenda socioliberal. Y además, es claro que se trata de un negocio para la élite ascendente. Su enamoramiento con las ideas extranjeras los hace sólo la otra cara de la moneda de la Nicaragua Premium, que a mi parecer debe identificarse con el dólar, símbolo de nuestra expoliación a manos del anglosajón.

Toda la idea de una Nicaragua Premium contenida únicamente en la antigua clase media cautivada por la American way of life es una manera de ofuscar la realidad de una élite enamorada de los derechos humanos, el exceso de la vida liberada por el orgullo, falsas premisas de justicia social y que es financiada por la burocracia mundialista. Ninguna de las dos se identifica con lo que podría decirse la Nicaragua real, en este caso ya no definida de manera positiva, sino en contraposición. Nicaragua es lo que queda cuando estas dos facciones transforman, revolucionan, destruyen la sociedad. Queda un sujeto aculturado, cuya identidad existe sólo en los resquicios del viejo nacionalismo zelayista-somocista o en la promesa marxista-leninista que nunca se cumplió, colmado de vicios, sin propósito más que la supervivencia, sin comunidad, ni familia, ni religión-de religare, unir, unión–; queda un pueblo sumido en la oscuridad del mundo moderno que tantos luceros le aseguró. Avanza este nuevo nicaragüense desde Managua a cada rincón del territorio y los efectos se sienten. Ninguna cantidad de derechos podrá salvarlo del destino tras el horizonte de suceso neoliberal, ninguna libertad de comercio, ninguna promesa de crecimiento, porque es todo una gigantesca estafa para convertirlo en una masa amorfa de consumidores sin alma. Pero nadie escucha las alternativas; o se es filoburgués consciente, o se es filoburgués invasor. Nicaragua como tal no es opción en este debate de privilegiados.

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