Carta abierta a los enemigos de Nicaragua.

Ardieron el pañuelo invasor y los nombres de las víctimas al mismo tiempo y no por gusto: el fuego fue uno liberador, cargado de significado, evidentemente bello. Era un fuego de amor, porque guste o no era el triunfo simbólico de la Nicaragua que nos quieren quitar, de la gente que nos han quitado sin que la muerte les salvara, de todo lo que amamos en el intenso amor de la Patria.

No hay odio ahí. En ningún lado nuestro hay odio irracional, ni «fe ciega» (aunque tampoco habría problema con que la hubiera). Lo que hay es diligencia, hay estándares, hay respeto, hay reconocimiento de ciertas verdades. Hemos visto lo que quieren hacer con todo lo que amamos y no nos agrada. En verdad, a casi nadie le agrada, y no por ello son menos que ustedes. ¿Tan difícil de entender es eso?, ¿acaso no ven que son ustedes invasores, destructores, desorden que ha de reformarse para que no se pudra y tenga también que ir al fuego?

Váyanse de Nicaragua si tanto la odian, nadie los quiere y ustedes lo saben. No hacen ningún bien poniendo a la madre contra el padre y a la hija contra ambos, ni a vecino contra vecino a base de vicios y transgresiones sin sentido, unas que sólo una mente perversa idearía. No es bueno para nadie que sigan acá si tanto detestan nuestro modo de ver y hacer las cosas, si tanto se lamentan porque no somos Europa o los Estados Unidos, pero mientras logran irse, ¿por qué no se callan?, ¿tan difícil es dejar que estos «salvajes iletrados» sigan en su salvajismo?, ¿no tenemos derecho acaso a «ser nosotros mismos» como tanto ustedes reclaman? Siempre podrán huir a Estados Unidos, a la España prostituida, al resto de la vieja Europa y cualquier otro lugar que ande en busca de «espíritus liberados» como ustedes. Allá les esperan con brazos abiertos. Allá los quieren más y castigan a quienes quieren menos. Allá serán quienes siempre fueron: no nicaragüenses. Para nosotros no hay otra Nicaragua. Esta es la única que tenemos; ya de tantas revoluciones agoniza, pero es nuestra todavía en lo que le queda.

No se dejen engañar por las cosas superficiales que podrían dejar atrás. ¿Un familiar, un amigo, un amor, un lugar? Todo eso es insalvable mientras persista la nicaragüeidad. Ellos son la nicaragüeidad les guste o no, y si la odian a ella, los odian a ellos. O destruyen, o llevan consigo, o dejan ser al otro fin del lazo que romperán. Bien podrían aceptarlo, mejorarlo de un modo que le permita persistir, aprender de él, pero sabemos que eso no es lo que buscan. Su idea de amor, enfermiza como ninguna, requiere de destrucción, de aplanamiento de formas, de reestructuración invasiva. Su amor es el amor del que se jacta un abusador: «yo te voy a volver buena, Nicaragua. Más como las otras, menos como vos. Sos sucia, imperfecta, y sólo conmigo podés crecer, sólo conmigo vas a ser buena». Y aún así, nunca se cuestionan que, si su idea de «amor» conlleva tal nivel de transformación y destrucción, ¿no será que lo que aman está en otro lado?, ¿acaso existirá?

Yo y quienes me secunden sólo queremos que tengan un mínimo de respeto por sus hermanos, aunque los vean como la escoria más baja que hay. No son sus peones. No son sus pupilos. No son los conejillos de indias de sus experimentos de ingeniería social. No son individuos atómicos que deben ser protegidos de la sociedad que les dio vida y les enseñó a conocerse. Las mujeres que murieron en circunstancias tan tristes no merecen ser convertidas en arma de quienes en vida sólo les mostraron odio por la tierra y las gentes que les dieron su ser y significado respectivamente. Ellas no merecen convertirse en flechas que traspasen el pecho de su madre grande, menos todavía por el hecho de que ninguna lo ha podido escoger. Se han creído con el derecho de reclamar los muertos, tal como haría un necrófilo, para su proyecto de destrucción. Dudo que alguna de las víctimas quisiera vivir en su mundo. Y si lo hubiera querido, ya está en él. En la muerte no hay Estado, no hay patrón, partido o marido; no hay sociedad opresora, ni género, ni identidad por la cual ser discriminado, ni tampoco hay religión o rituales, tradiciones que te conectan con los hombres y mujeres que domaron al mundo para que pudiera uno vivir en él. La muerte es el mundo del hombre de progreso. Su aceleración acaba en el frío eterno, pero nosotros queremos regresar, rejuvenecer, mantener vivo el fuego de cara a la incertidumbre. ¿Y somos nosotros los malos?

Merecen todas las víctimas un luto respetuoso y no su manipulación. Mismo es el caso de quienes murieron por el sueño vacío de una Nicaragua que no es ella misma sino una copia de ideales trasnochados, ya hediondos, desfasados, que quizá ni en su época fueron tan brillantes como cuentan los viejos. No basta con aceptar lo que tenemos. Hay mucho que deconstruir, ciertamente, pero sólo porque hay mucho más que reconstruir con sus partes, más puentes que elevar, fortalezas; queda demasiado de Managua por limpiar, sólo por decir lo más básico, y ni siquiera me refiero a suciedad física. Esto, como mínimo, se los da el fuego que encendimos en reparación. Ojalá se encienda y arda sobre todo lo que es nuestro por herencia un incendio como nunca se vio, antes de que lo tomen nuestros enemigos, lacayos de los mercaderes que buscan desarticularnos. Nuestra conciencia está limpia. Sabemos de qué está hecho nuestro amor, nuestro asco, dónde están puestas nuestras lealtades: más allá de nosotros mismos.

No nos mueve la envidia ni sólo la nostalgia. Nos mueve el deseo de una Nicaragua mejor no sólo material, sino también espiritual, anímicamente, plena y propia, ordenada, piadosa. Nos mueve el recuerdo de la vieja Nicaragua sólo porque en ella está la semilla de una Nicaragua mayor, distinta en forma quizá, pero nunca en esencia; una Nicaragua que, en el teatro de las naciones, es actora y no parte del atrezo.

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