Fervores religiosos.

He llamado varias veces al progresismo más generalmente y al feminismo en específico «religiones», esto con claras connotaciones despectivas. Si bien este giro retórico tiene valor de choque y para indignar puede ser útil, lo cierto es que no es para nada preciso. Para comenzar, mi reciente lectura de la obra de William T. Cavanaugh The Myth of Religious Violence me ha hecho ver que la palabra «religión» en realidad es vacía. Yo ya estaba familiarizado con la idea de que era una categoría defectuosa, pero no sabía hasta qué punto llegaba su falibilidad. Religión podemos considerar todo lo que une a la humanidad, esencialmente, pero casi nunca se extiende esta categoría hacia las ideologías seculares. La violencia que causan las ideologías modernas se excusa en la categoría misma. Señalar, entonces, a las distintas ramificaciones del modernismo como religiones, y no a la creación del concepto de religión en sí, tácitamente apoya la narrativa de que los cultos tradicionales son inherentemente malévolos. El feminismo podrá tener la praxis de un movimiento «religioso», pero esto es así porque dicha praxis es fundamental a cualquier organización política. Hoy que es ocho de marzo la naturaleza «religiosa» del feminismo, por ejemplo, es más que patente. Se conmemoran mártires de una lucha que traerá liberación de tormentos terrenales a las elegidas, quienes deben instruirse en cómo sus acciones, impuestas por un mundo hostil de fuerzas impuras, son dañinas para sí mismas y para su comunidad. Rituales hay muchos y variados: desde la protesta hasta el performance, el taller de deconstrucción, incluso el sexo lésbico y la intersección con ritos de tradiciones periféricas. Aparte de esto último (y es debatible dado al manoseo y fetichización de las culturas afro-indígenas) ninguna de sus formas tiene orígenes milenarios ni por cerca, por mucho que quieran aducir herencia a las brujas de Sálem o a las del África, sino que surge del patrocinio del capital internacional a su causa. Así como el cristianismo tuvo sus defensores poderosos incluso dentro de la sociedad romana, así el feminismo y el resto de modernismos son inextricables de la banca internacional, la industria de la «cooperación extranjera» y el complejo filantrópico euro-americano; si es culto, es culto imperial.

El punto de acuerdo fundamental entre los viejos cultos (religiones) y los nuevos cultos (ideologías) es que ambas fueron moldeadas por el Poder. Como el budismo, el cristianismo (católico, protestante y ortodoxo) o el islam, los desarrollos estructurales y los conflictos que surgieron entre Centro, Intermediario y Periferia moldearon la doctrina más que cualquier debate racional. Las narrativas de liberación de un poder mayor que en el mejor de los casos estaba en decadencia y en el peor, muerto, son herencia de la dinámica fundamental de Centro-Bajo contra Medio que plagan la historia de la humanidad, y es este conflicto el que dirige los desarrollos teóricos. La «religión» es mala para la sensibilidad moderna no por ser absolutista o por ser violenta, en realidad atributos muy presentes en las ideologías modernas, sino porque hoy ocupa una posición estructural desfavorable. La «religión» es el intermediario desleal del capitalismo internacional tanto como lo ha sido el marxismo: ambos han sido sanitizados en el occidente, ambos son demonizados cuando no se comportan lo suficientemente liberales y los países que deciden poner dichas doctrinas en sus centros son denunciados por la «comunidad internacional». Las diferencias entre doctrina y doctrina radican en las tradiciones en las que se gestaron, pero en el fondo cada una es el vehículo de un centro de poder hacia el Centro social, a su vez es también la razón de un centro de poder en muchos casos; es un circuito. Los centros, siendo diferentes, caracterizan diferentemente su camino, y su manera de ocupar el centro también varía en cuestiones puntuales, pero el deseo de ocupar el centro es inmutable y la mente humana sólo permite cierto nivel de innovación; nada nuevo bajo el sol hay ni tampoco, a un nivel fundamental, en la política.

Toda doctrina busca totalizarse, busca aplacar su disidencia, busca establecerse como único Poder porque sabe que si no lo hace acabará en la irrelevancia, pero al menos las doctrinas del viejo orden eran honestas al respecto. Hoy tenemos que lidiar con un Leviatán de proporciones internacionales que pretende no ser nada más que un facilitador de las demandas populares. Tenemos que lidiar con una universalización del sujeto liberal para justificar la expansión de un imperio informal, todo mientras se disfraza a sí mismo de poco más que una serie desconectada de actores periféricos cuyo único interés es la liberación. Que la forma «religiosa» aplique a las ideas de este imperio no es más que un testamento a cuán gregario es el hombre y sus consecuencias nos hablan de los peligros de creernos por encima de nuestra propia estulticia.

Este ocho de marzo sería un buen momento para reflexionar sobre la naturaleza de nuestras creencias, cuánto comparten en esencia y orígenes, cuánto difieren sanamente, pero todos sabemos que eso nunca va a pasar. Guste o no, nos encontramos en una fiesta religiosa de la modernidad, una que se celebra con fervor y a nombre de un imperio invisible. La nueva religión está llegando a Nicaragua años hace. La recibe triunfante una élite en ciernes a nombre de unas gentes que ni la quieren ni la entienden. Tal es la naturaleza del Poder en la modernidad, eso si lo permiten los intermediarios.

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