Cucarachas.

La ley de agentes extranjeros ha sido la mayor sorpresa del sandinismo, principalmente porque es un movimiento acertado en una administración caracterizada por sus constantes fallos y fracasos. Aunque no se trata tanto de un mérito suyo sino de una necesidad política propiciada por las circunstancias. Habiendo establecido que el cambio social en Nicaragua proviene de organizaciones financiadas por los Estados Unidos y Europa, y viendo que sus acciones amenazan la permanencia del gobierno (a través de un intento de «colour revolution»), lo más obvio es acabar con estas organizaciones. Como el Estado de Nicaragua sigue queriendo pretender que es una república mandada por un Estado derecho, esto no lo pueden hacer eficientemente, es decir, por la fuerza, sino que tienen que idear métodos femeninos de tratar con la injerencia extranjera.

Los resultados han sido maravillosos con todo y que se trata de una acción pasivo-agresiva. Ya antros como la Fundación de los Chamorro cerraron sus puertas, así como múltiples organizaciones feministas y generalmente progresistas que han querido afectar la legislación del país mientras pretenden ser una simple parte de la «sociedad civil»; o sea, que han querido incidir sin responsabilidad. Estas organizaciones han sido una espina en el costado de la nación desde que el telón de acero sandinista, con sus propias iniciativas subversivas, cayó estrepitosamente sobre el país. Es una lástima que hayamos tenido que pasar por tanto para finalmente verlas sin la máscara, como los vectores de un imperialismo informal, degenerador, un imperialismo de mercaderes amorales en busca de desarticularnos moral, cultural y hasta espiritualmente, para así adueñarse de nosotros, de todo lo nuestro, de todo lo que compartimos.

Sólo alguien ciego a la realidad de Nicaragua podría oponerse a esta ley, una que prueba los principios y trasciende las líneas partidarias. Nicaragua, constante víctima de la depredación internacional, ha fallado en la construcción de un Estado fuerte que sepa contrarrestar el poder suave de sus enemigos, incluso cuando pudo resistir sus embestidas directas durante el somocismo y luego durante la revolución. Ha fallado incluso en reconocer quiénes son sus enemigos, algunos disfrazados operando dentro del país como «filantropías».

Se ha entregado Nicaragua a los engaños de las potencias extranjeras, en las promesas vacías del progreso eterno, de la integración económica mundial, del multiculturalismo y de la justicia social liberal. En reconocer esto como una relación dañina para Nicaragua con el mundo exterior, y en ver a esta ley con ojos positivos a la vez que se reconoce su falta de contundencia, se resalta la división real entre soberanistas (sea por conveniencia o por principio) y entreguistas, o cucarachas, como me gusta llamarles por la manera en la que han huido ahora que les dieron donde más les duele: su dinero.

Las reacciones han sido hilarantes. La lluvia de condenas y comunicados usual del pelotón de acrónimos no se hizo esperar. Cristiana Chamorro, creadora de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, resquicio de la puñalada en la espalda que Estados Unidos asestó a Anastasio II, afirma que someterse a la ley sería renunciar a su ciudadanía nicaragüense. Le diría que esto es lo más honesto que puede hacer. Al haberse puesto al servicio de los ideales invasivos de los «derechos humanos», que necesariamente implican el desmantelamiento, no sólo del gobierno actual, sino también de las instituciones sociales nicaragüenses, se erige a sí misma como una empleada de la singularidad neoliberal, o ‘mundialista’, a la cual tanto socialistas con principios como reaccionarios nos oponemos. Lo mismo aplica para las demás organizaciones. Si su idea de progreso implica la destrucción y no el mejoramiento de todo lo nicaragüense, entonces equivale a una declaración de guerra, a una traición equivalente a la que llevó a la caída del somocismo y nos condenó a más de cuatro décadas de ocupación enemiga.

Yo no soy sandinista, pero voy a celebrar cualquier medida que implique aplastar a las cucarachas serviles que se hacen pasar como actores de buena fe, venga de donde venga. El sandinismo es culpable también de vender la soberanía de la nación, hoy y en 1979, pero si siguen por este camino de sabotear a quienes avanzan una peor versión de cambio social destructivo en Nicaragua, o mejor aún, si les golpean directamente con toda la fuerza del Estado, entonces mi imagen suya será más positiva. No se restaurará nada, pero al menos se detendrá la degeneración y quizá dará espacio para que surja una nueva fuerza que integre los aspectos más nacionalistas y anti-burgueses del sandinismo, con los más caudillistas y conservadores del somocismo, incluso si sutilmente. Tal vez este sea el camino hacia una genuina tercera posición para Nicaragua.

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