Estatolatría.

No hay nacionalismo sin nación, y no hay nación sin Patria.

¿Qué es la Patria? La Patria es la gente que da significado a la tierra que habita; es su pasado, su saber presente y la consciencia de un futuro compartido.

No hay Patria sin gente, pero no basta sólo con que haya gente. La gente no es más que el cuerpo del Estado. El Estado es la manifestación del Poder. El Poder es Dios en la tierra (Hegel, Gentile; Romanos 13), o bien es la expresión física del centro de atención primario de una sociedad.

El centro define todo lo que hay en los márgenes, por acción o inacción. Entonces el centro crea a la Patria, y así sabemos que el Estado crea a la Patria, al patriotismo, a la nación (especialmente cierto en la historia) y sobre todo al nacionalismo.

Sería reduccionista ver al Estado moderno, opuesto a la Patria, y entonces deducir que el Estado y la Patria son cosas diferentes. Demuestra eso ceguera histórica. Lo que hay es un nuevo Estado en combate con los remanentes desempoderados de un viejo Estado, pero no un producto ajeno al Estado, al Poder, en contra de este.

(Si acaso, el hecho de que sea el Poder quien deshace a la Patria, y no una fuerza periférica, es más prueba de su origen.)

La solución al desempoderamiento no es la anarquía (que es una imposibilidad), sino la construcción de poderes paralelos, y luego la captura (o secesión total) del centro.

(El libertarismo ‘de derecha’ es la anarquización de los discursos creados por el viejo poder. Es una incoherencia de muchas formas funcional al Poder actual.)

Se construye Poder construyendo comunidad, de modo que el individualismo es siempre y en todo lugar una manera de destruir centros de poder, y como toda acción proviene de un centro, no puede calificársele como más que un arma, un puñal conceptual.

El opuesto al individualismo no es el populismo, que comparte con este la idea de entidades anteriores a la sociedad, sino la estatolatría. Al identificar al Estado como la expresión del centro de una sociedad, uno debe rendirle culto a la idea del Estado como se le rinde a la Patria y a los ancestros; puede que no se le tenga que imponer una forma precisa a este Estado para que no sea contraproducente, pero la creencia de que siempre debe existir una poderosa estructura sobre la cual subsistan distintos modelos de gobierno a través de la historia, o distintas personalidades gobernantes, es el corazón de la estatolatría.

La estatolatría es formalista. No hay Estado en un reino feudal porque no hay unión de autoridad: se conoce a cada feudo por el nombre de quien lo maneja, cada feudo siendo un Estado prototípico en sí. Hoy día sigue habiendo feudos, pero no se les llama feudos ni por el nombre de sus señores. Los cobija el manto mítico de la democracia, banderas de Estados-nación impotentes, y un supuesto “sector privado” que, aunque tiene incidencia en cada aspecto de la vida pública, no es responsable de nada más que de su propio interés. De igual forma, existen Estados sin cara que pretenden ser gobernados por fórmulas y mitos, tal cual se gobernaban las tribus más anárquicas, más primitivas, según Graeber y de Jouvenel. La característica fundamental de la civilización es la imposición de la jerarquía, su encarnamiento; más allá de la escala de los espíritus de la naturaleza, cada eslabón se vuelve humano, y el eslabón más alto, el centro de atención primario, Dios en la tierra, o el portavoz de Dios en la tierra, ha de ser un hombre. Así se esclarece la realidad perpetua de la autoridad y la realidad bella del Estado.

Los defensores del gobierno incoherente de las fórmulas y los espíritus de los ateos arguyen que el humano es un ser imperfecto que debe alejarse del gobierno implicando, sin saberlo, que, por esto mismo, el humano debe alejarse de todo a riesgo de estropearlo; pero como sin humanos no se logra nada, y como siempre habrá humanos en sociedades humanas, la imperfección del gobernante es inevitable tanto como es exacerbada en el “gobierno de las instituciones” o en el “imperio de la ley”. ¿Que qué pasa si el rey es malo?, ¿han visto a los últimos presidentes? Ni hablar de la asamblea.

Así pues el Estado debe estar encarnado en una persona, debe ser total, lo que es decir que debe abarcar todo su espacio vital, aunque no necesariamente estar siempre en todas partes, y debe ser venerado en principio, aunque no siempre, ni tampoco en todas sus formas.

En el Estado deberíamos encontrar todos lugar, directa o indirectamente, porque no es otra cosa sino un reflejo de la sociedad que nos antecede y los nervios del centro que nos da nuestra identidad y nuestro significado.

Ante todo, en el Estado deberíamos estar todos los comunes, porque el Estado es el otro. La fe en otros mundos más allá del nuestro puede ser sobrecogedora, y sea cierta o no es capaz de generar mucha nobleza, o al menos más que su incredulidad, como habremos aprendido de los últimos tiempos. Mientras, nos debemos a nuestros hermanos y a la comunidad que nos dio a nuestros hermanos. Esto no da licencia a comportamientos desordenados. Después de todo, más que islas somos parte de un mar, cada pequeño movimiento nuestro afecta las corrientes del otro, pero el animal que es el hombre empieza a domarse cuando ya no se piensa organismo él mismo, sino órgano del ser superior que es su comunidad, y el Estado es la comunidad mayor, la comunidad más fuerte.

Se consuma la grandeza del hombre en el Estado.

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