¡Colonizá tu librero!

Texto a nombre de Imperium Press, publicado en Zeroth Position el 24 de agosto del 2020.

La descolonización es como tu fondo de pantalla. Se ha convertido en una parte tan importante del trasfondo de nuestras vidas que lo notamos tanto como un pez nota el agua: estamos nadando en un océano de descolonización. Y al igual que el maremoto que es, la descolonización no sólo llegó hasta tu puerta, sino que amenaza con llevarse tu librero (y a vos) con ella. Los poderes fácticos apuntan directamente a ambos, así que será mejor que lo colonicés vos mismo mientras podás.

Las élites liberales no son estúpidas. Tendemos a subestimar a nuestro enemigo, pero no están al mando sólo porque sí. Si no quieren que leás libros viejos—y no quieren—, entonces es porque tienen una buena razón. Frank Zappa, un amigo poco convencional para la derecha política, fue un conservador durante toda su vida. No debemos envidiarle eso; todos podemos admirar a un hombre que hace su carrera sumergiéndose en la cultura hippie. En una de sus entrevistas, Zappa se puso su sombrero de profeta y predijo el fin de los tiempos. Habló de la «muerte por nostalgia», un punto en el cual la brecha entre «el evento» y la «nostalgia por el evento» se achicará tanto hasta que será tan pequeña que el hombre de a pie no podrá dar otro paso sin sentirse nostálgico por el paso anterior, alcanzando así una suerte de entropía máxima en la cual todos los estados posibles son agotados; todo se detiene.

Podemos cambiar un poco el apocalipsis de Zappa. Pensá en un punto en el cual la brecha entre «el evento» y la «memoria del evento» se achica hasta que ya es imposible recordar lo que pasó segundos antes. Así, el horizonte histórico del hombre de a pie se minimiza; esta es la mente del liberal ideológico. Llamémosle «muerte por amnesia», en honor a Zappa. El liberalismo puede caracterizarse de muchas formas, pero uno no se equivocaría al describirlo como amnesia elevada a ideología. El liberalismo no quiere que recordés el pasado porque un horizonte temporal lo suficientemente amplio le deja impotente. Los liberales no quieren que leás libros viejos porque todo lo que creen, y cada argumento que hacen, ha sido refutado de manera más o menos definitiva hace trescientos cuarenta años por un hombre que dominaba seis lenguas (dos de las cuales ya estaban muertas), vio más del mundo que ellos, leyó mucho más que ellos, y probablemente sostuvo un rango mucho más alto del que ellos podrían alcanzar incluso si hubieran estado vivos durante esos trescientos cuarenta años. La única repuesta ante tal apaleada es decir «pues, ah, ¡vamos a hacerlo de todos modos!», y luego decapitar al aristócrata. Este es el trato que uno puede observar tanto en las calles como en los institutos de «alta enseñanza» hoy en día.

Así que sale mejor colonizar uno mismo el librero mientras es posible. Esto no es retórico; los días del salvaje oeste digital se están acabando. Su punto máximo de libertad estuvo, probablemente, alrededor del 2013. Recursos disponibles el año pasado desaparecen rápidamente. Nosotros en Imperium Press lo estamos viendo de primera mano, pues hemos visto cómo parte del material citado en nuestro libro Némesis (reseña de Zeroth Position acá) ha desaparecido desde su publicación en septiembre del 2019 (luego hablaremos más sobre el libro). Por fortuna, los lectores curiosos lograron acceder a tiempo. Aunque estamos cubriéndoles la espalda. Hemos dejado algo de lado, ya saben, eso de publicar libros, y nos hemos concentrado en archivar libros dignos de leer para que aún sean accesibles en la web (algunos han desaparecido desde que empezamos el proyecto). No pensaste que esto iba a ser un ejercicio académico, ¿verdad? Como complemento de este proyecto de archivo, hemos seleccionado algunos textos clave que pueden servir de viaje inaugural para colonizar tu libero.

¡Comencemos!

Sir Robert Filmer: Patriarcha, o el Poder natural de los reyes, 1860 (póstumo).

Filmer es un buen lugar para empezar porque (a) era brillante y (b) tiene un lugar muy importante en el desarrollo del liberalismo. La mayoría conoce a Filmer gracias a que fue el objetivo de los criticismos de Locke en sus dos tratados del gobierno civil. La mayoría tiende a pensar que Filmer fue derrotado por Locke. Esto es así dado que la mayoría ha sido colonizada por el liberalismo, lo que no es muy distinto a ser colonizado por el Cordyceps. Así que nos toca colonizar la terra nullius de la mente liberal; puede que podamos civilizar a los salvajes que la habitan, o al menos regalarles un par de cobijas para el invierno. Pero primero tenemos que poner a Filmer en su contexto.

El relato (liberal) estándar es que todo era «derecho divino de los reyes» esto y «zapatilla de seda en el cuello» lo otro desde tiempos inmemoriales, hasta que el valiente renegado de Locke se paró contra la historia y gritó «¡Alto!» con tanta fuerza que todos (o al menos toda la gente importante) simplemente no pudieron volver a creer que los reyes debían reinar, luego decidieron organizarse espontáneamente en sociedades con base en los derechos humanos, consenso de los gobernados y Estado de derecho. Pero, por supuesto, la realidad es un poco distinta. El derecho divino de los reyes nunca fue el principio estándar sobre el cual yacía la autoridad monárquica; era algo novedoso para el tiempo de Filmer. ¿Te parece sorprendente? Qué bueno que decidiste colonizar tu librero.

En tiempos antiguos, Dios, el rey y el país estaban unificados. La soberanía, pues, era clara e indivisible. El rey era, necesariamente, sumo sacerdote; no existía división entre el mandato sagrado y el mandato secular, ni tampoco concepto de «derecho divino», tanto como no lo hay de «agua húmeda». La monarquía era una oficina sacerdotal de la que nadie cuestionaba su favor divino. La llegada del cristianismo supuso las primeras instancias de conflicto entre lo sagrado y lo secular, como la contraposición de la Ciudad de Dios con la Ciudad del hombre, formulada por San Agustín. El medievo temprano, desde el papado bizantino, pasando por el periodo franco y hasta el siglo XI, es la historia del conflicto entre las autoridades sagradas y las seculares por sobreponerse una a la otra.

En cada fase de este conflicto de poderes, el derecho divino (careciendo conspicuamente de genitivo) era invocado, fuese por un emperador o papa, para justificar su mando por sobre el otro. El conflicto alcanzó el punto de inflexión con la excomunión del Sacro emperador romano por el papa Gregorio VII, librándose este de cualquier autoridad que no fuese la del mismísimo Dios. Para no ser superados, los apologistas seculares señalaron la distinción de San Agustín para justificar sus intentos una suerte de división de labores entre el papado y el gobernante terrenal, dando base a sus intenciones de reformar los «estándares caducos» de la Iglesia. Este conflicto persistió, culminando en la Reforma protestante, tutelada por Federico III, elector de Sajonia, entre otras autoridades seculares. En respuesta a este golpe contra el papado, surge un hito: el auge de las teorías de gobernanza consensual.

Hemos de notar que las teorías consensuales siguen siendo teorías de derecho divino, sólo que no se trata del derecho divino de los reyes, sino de el pueblo. Los mayores defensores de estas teorías de gobernanza fueron Francisco Suárez y el Cardenal Roberto Belarmino, y es aquí cuando Filmer aparece, respondiendo a estos proto-liberales. Habiendo descrito el trasfondo lo suficiente, es momento de soltar el remate: la soberanía popular es una idiotez, si es que es coherente para empezar; el Estado de derecho, o «imperio de la ley», es incluso peor.

El Estado de derecho es un concepto muy mal entendido, llegando a considerarse como sinónimo de «ley y orden», en vez de, en palabras de Thomas Paine, la idea de que «la ley sea el rey» en vez de lo opuesto. Paine querría que la ley fuese suprema y soberana, ya sea esta ley común, constitucional, o cualquier otra, insubordinada a los hombres, e insubordinable; todos nos habríamos de regir por ella. Damos esto tan por sentado que es parte del fondo de pantalla al que aludimos al principio. Y aún así, vista detenidamente, esta noblísima idea se derrumba. Flimer destroza la noción del imperio de la ley señalando que:

No es la ley la que es ‘ministra de Dios’, o la que ‘lleva la espada’, sino el gobernante o magistrado. Así, pues, aquellos que afirman que las leyes gobiernan a los reinos pueden también afirmar que la regla del carpintero es la que construye la casa y no el carpintero, pues la ley no es más que una regla o instrumento del gobernante.

Filmer, Robert (1680). Patriarcha, or the Natural Power of Kings.
Cambridge University Press. Ch. 3, §3, p.39.

Este es el muy esgrimido argumento, tan familiar para los conservadores, de que las armas no matan personas, sino otras personas, pero aplicado a la noción de soberanía. La ley no puede ser soberana porque un soberano es un agente y un agente debe poseer voluntad. Los hombres son gobernados por hombres, no por un papel. A lo sumo, el trozo de papel puede servir al hombre como herramienta, pero no puede gobernar por sí mismo más de lo que el martillo de Filmer puede hundirse en el cráneo de alguien por sí solo.

Por si esto no fuera suficiente, Filmer también nos recuerda que las leyes originalmente no estaban escritas, lo que es una forma muy extraña de limitar a un rey. ¿Cómo puede el poder supremo del país estar limitado por algo sin existencia formal? No fue hasta la época de los legisladores—Dracón y Solón para los griegos; los decemviri para los romanos—que estos pueblos tenían algo similar a un trozo de papel capaz de «gobernar». Para aterricar el punto del «soberano como agente», Filmer nos recuerda que estas leyes ni siquiera podrían ser formalizadas sin otorgar al legislador el tipo de poder absoluto que el «Estado de derecho» supuestamente busca limitar. La noción de soberanía como maiestas de Bodino influyó mucho en Filmer; esta señala que el soberano no puede atarse a sí mismo más de lo que una mano puede tomarse a sí misma; la misma idea ni siquiera tiene sentido. Parece que la ley nunca tuvo la intención de obligar al gobernante, porque no puede. Más bien, estaba destinada a unir a la gente. Los reyes están por encima de las leyes; la única ley a la que están sujetos, según Filmer, es la que él llama la “ley natural del padre”, lo que nos lleva a su tesis principal: la soberanía popular no tiene sentido.

Al igual que con el Estado de derecho, la soberanía popular es una parte tan importante del escenario moderno que casi nunca se justifica, como si tal cosa fuera evidente por sí misma. Pero para crédito de Belarmino y de Suárez, ellos al menos ofrecieron argumentos a su favor. Por desgracia, su razonamiento es tan intrincado y tortuoso como cabría esperarse; Filmer, quien los cita extensamente, les da una audiencia justa. Luego, simplemente señala la dependencia natural que tienen los hijos a sus padres, y resalta que esta dependencia es exactamente la misma presente en la relación entre el soberano y el súbdito. Como a sus oponentes les preocupa defender la monarquía electiva, no la democracia, Filmer señala que no hay un precedente bíblico para la monarquía electiva, ni un precedente filosófico, ni un precedente histórico; ninguno en absoluto. En realidad, no hay ningún caso histórico o bíblico que se pueda hacer, por lo que debe argumentarse a través de la razón. ¿Cómo funcionaría siquiera la monarquía electiva?

Dado que la soberanía popular gira en torno al derecho natural del pueblo a la autodeterminación, primero debemos preguntarnos, ¿cuál pueblo? ¿Se trata de toda la humanidad? Suárez admite que esto es francamente imposible, o, tal vez al principio este fue el caso, no está seguro. Pero tal vez podamos poner entre paréntesis este problema histórico y simplemente preguntarnos cómo la asamblea de «el pueblo» debe tomar una decisión. ¿Requeriría una mayoría simple o una supermayoría?, ¿podrían hacerlo delegados o representantes, o acaso la mayoría de ellos, o una supermayoría?, etc. La ley de la naturaleza guarda un silencio preocupante sobre si es cincuenta o cincuenta más uno, o algún otro número. Podemos estar de acuerdo con Suárez en que seguramente no podemos esperar que todos los miembros de la comunidad estén presentes en las asambleas populares, pero si incluso falta un hombre, debemos admitir que su aprobación tácita es legítima, y si la aprobación tácita es legítima, un usurpador es legítimo en la medida en que la gente no se atreva a disentir.

Hasta ahora, la soberanía popular no terminar de calzar; parece que no podemos articular cómo deberían hacerse las cosas sin caer en lo absurdo, pero al menos podemos articular cómo se han hecho las cosas en el pasado. Tomemos el ejemplo más contundente de república: Roma, y veamos si podemos levantar una estructura a su alrededor. Resulta que los días felices de Roma como república duraron como máximo cuatrocientos ochenta y dos años. Esto nos suena impresionante hoy en día, pero es bastante corto para los estándares históricos. Para ponerlo en perspectiva, toda la República romana duró la mitad de tiempo que el Imperio bizantino, menos de la mitad que la Monarquía Asiria, y casi exactamente tanto como el Nuevo reino de Egipto por sí solo. E incluso concediendo a Roma sus casi cinco siglos, esos años apenas estuvieron llenos de estabilidad y gobierno democrático. Primero tenemos a los cónsules, luego a los tribunos y cónsules, luego a los decemviri, luego a los tribunos y cónsules nuevamente, ocasionalmente hubo dictadores, tribunos militares, etc., y de este número, solo los caballeros y la primera clase comprendían la mitad de las unidades de votación, lo que a menudo hacía innecesario al resto del voto. Además, sólo la propia Roma tenía «democracia»; sus vasallos y provincias eran excluidos de las asambleas populares y se les negaba la libre determinación. Imperfecta como fue, al menos era poderosa, ¿no? Recordemos que Roma ni siquiera ganó su imperio bajo la democracia; esto tendría que esperar al Principado, que era simplemente monarquía con otro nombre. ¿Y el mayor respaldo romano a la monarquía? Que en su momento de mayor peligro, Roma erigió un dictador. Este es un buen punto para detenernos. El caso histórico, racional y bíblico de la democracia y el Estado de derecho se ha derrumbado de manera efectiva. Realmente no queda nada que criticar.

El consenso entre la mayoría de observadores actuales es que cualquier discurso político muy anterior al siglo XIX, y especialmente del período premoderno, es más o menos una pérdida de tiempo para cualquiera, exceptuando a especialistas que disfrutan de discusiones bizantinas sobre trivialidades históricas. Por supuesto, Filmer pasa bastante tiempo en Patriarcha discutiendo temas como la sucesión real de Adán, pero ofrece una gran cantidad de argumentación racional e histórica que con demasiada frecuencia pasa desapercibida a favor de la narrativa estándar, aquella que pinta a Locke como un actor racional argumentando contra un literalista bíblico limitado a la exégesis de las escrituras. Así que deberíamos tomarnos con un grano de sal la entrada de Wikipedia sobre Filmer que lo caracteriza de esta manera.

Sería negligente dejar a Filmer sin mencionar su disputa contra la Iglesia católica como la principal organización arguyendo en contra del derecho divino de los reyes y a favor de las teorías consensuales de gobernanza. Esto nos lleva a la dinámica jouveneliana, en la cual un centro (los reyes) y los intermediarios (la Iglesia) están enfrascados en un constante conflicto peleado utilizando a la periferia («el pueblo») como herramienta, y nos esclarece también una afirmación de Filmer por lo demás extraña:

Los escritores de los últimos días han confiado demasiado en los sutiles eruditos quienes, al tratar de derribar al rey y elevar al papa en su lugar, pensaron que elevar al pueblo por sobre el rey haría más sencillo para el papa tomar el lugar de la realeza.

Ibid. Ch. 1, §1, p.5.

También pone en duda el paradigma simplista que ve en todo católico un reaccionario y en todo protestante un liberal, puesto que muy difícilmente se puede hallar un observador político más reaccionario que Filmer, pero para no dejar a nuestros hermanos católicos desilusionados, nos tomamos la molestia de acudir a un buen católico que nos ofrece carne mucho más fuerte que la de Filmer. Lo veremos en la siguiente entrega.

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