Falsos nacionalismos.

Rodeado de su gente, y con su mujer cerca, siempre, Ortega se dedica a dar clases de historia cuando no está haciendo control de daños. De sus discursos podemos sacar una narrativa general, sí, y es la de su gobierno como una resistencia, liderando una “gesta” en contra de poderes mayores y oscuros que tienen a Nicaragua en jaque. Cuán verdadera sea esta narrativa específica, lo dejo a juicio del lector, pero lo cierto es que el gobierno del sandinismo está lejos de ser una gestión anti-imperialista, y mucho menos nacionalista.

Los sandinistas se han adueñado de los discursos soberanistas porque les conviene mantener soberanía ahora que todos los quieren echar, pero no hace mucho fueron ellos colaboradores de la concesión del territorio a un gobierno extranjero, ni hablar de que propiciaron una ocupación soviética de nuestro país. Tampoco debemos olvidar la poca atención que han prestado al flujo de productos extranjeros―que siempre llevan ideas consigo―y actividades de corporaciones extractoras. Si es el caso que 2018 ocurrió gracias a una conspiración extranjera, el propio sandinismo la facilitó, pues nunca antes les preocupó la soberanía del Estado nicaragüense.

Pero más allá de eso, quiero señalar que el peor efecto de esta apropiación del nacionalismo por parte del gobierno es que, en su uso constante y, he de decir, hipócrita, de los motivos nacionalistas, cualquiera que cuestione la intromisión de gobiernos extranjeros en Nicaragua acaba siendo asociado al Frente sandinista. Esto crea una dicotomía en la cual el gobierno sale ganando por ser asociado con el anti-imperialismo y con una causa heróica, cuando, desde hace más de una década, ha sido un facilitador aberrante del más potente imperialismo de la historia: el imperialismo económico.

Uno simplemente no es capaz de señalar la progresiva americanización de nuestra juventud, que exhibe todos los anti-valores de la juventud estadounidense que han aprendido a idealizar por sus series en Netflix, o la idolatría de muchos nicaragüenses hacia líderes extranjeros como Jimmy Carter, Barack Obama, los Clinton o, más recientemente, republicanos como Donald Trump o Ronald Reagan, sin automáticamente ser acusado de trol bot orteguista y mil otros peyorativos. Tal parece que estamos ante un retorno disimulado de la mentalidad de la guerra fría: “si no estás del lado del comunismo, pues tenés que estar del lado del liberalismo”, ignorando que el comunismo está muerto para bien, y que el liberalismo es una doctrina totalmente ajena a la realidad y pueblo de Nicaragua, más bien una amenaza para todo lo nuestro.

Pero yendo más lejos, creo yo que estamos siendo víctimas de una mentalidad neo-colonialista, porque el imperativo de transformación en las voces populares, es decir, los llamados a una nueva revolución que dé lugar a una “nueva cultura política”, como dijo en una entrevista Madelaine Caracas, parecen ir siempre del lado más anglosajón; la idea parece ser copiar el modelo de república de los Estados Unidos, o de algún miembro de la Unión Europea, y esto a falta de una idea propia de Estado nicaragüense.

Se nos ha hecho creer que toda forma de política auténticamente nuestra, y por extensión, nuestras propias actitudes, son barbarismo, caudillismo, totalitarismo, etc., mientras que las formas de gobierno ajenas son siempre “democráticas”, siempre generan “libertad”, siempre nos llevan a un óptimo económico. Dicha actitud no es única de los discursos recientes, sino que viene desde hace muchísimo tiempo. Ya en el siglo XIX, José Santos Zelaya importaba de las repúblicas europeas su estilo de gobierno, expandiendo la ruptura ya generada por la independencia, y luego, el somocismo hizo lo propio con Estados Unidos, y el sandinismo con la Unión Soviética. Cada uno se dijo verdadero portador de la voz del pueblo y los derechos del hombre, pero nunca los del hombre nicaragüense, ni la voluntad del pueblo de Nicaragua.

Hubo quienes quisieron formular una forma auténtica de política nicaragüense. Los vanguardistas como Luis Alberto Cabrales, o los jóvenes Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho, pero las condiciones no fueron las mejores para sus ideas. Invito a lector a investigar su trabajo de juventud, puesto que muchos de ellos fueron forzados, pasada la segunda guerra mundial, a moderar, ocultar, o incluso a abandonar, las ideas más brillantes que jamás pensaron.

Si de algo estoy seguro es que no podemos dejar que el sandinismo ocupe todo el territorio del anti-imperalismo y del nacionalismo, y de que las respuestas a nuestra vulnerable posición, pronunciadas paralelamente al supuesto soberanismo del gobierno, no han sido lo suficientemente rigurosas al expulsar de su seno las ideas opuestas a la nicaragüeidad, habiendo calcado las nociones de otros pueblos sobre la condición humana, los derechos, la libertad, la economía, y la naturaleza del Poder, en vez de buscar nuestras propias respuestas en nuestra historia. De otro modo, no haríamos más que caer en manos de otro gobierno que, en cuarenta años, habría de ser sacado por desalinearse con los intereses populares. De nuevo la fuerza de Nicaragua se pondría en contra de Nicaragua, y no en contra de quienes más la perjudican: los mercaderes que buscan desarticularnos.

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