Por un hispanismo crítico.

La España de hoy, lamentablemente, no se asemeja en nada a la de hace cinco siglos. No es de sabio aferrarse a tal necedad. Reconocer esto no nos hace detractores del hispanismo, ni tampoco nos impide agradecer el haber recibido la Cruz, la Fe, el lenguaje y la cultura; después de todo fuimos parte del mayor de los Imperios conocidos alguna vez: católico, fuerte, glorioso, pero precisamente eso… fuimos.

Es absurdo pretender rescatar, en apenas unos años, todo ese legado inmenso que, así como tomó siglos forjar y solidificar, también llevó años e incontables perfidias su decadencia, destrucción y final disolución (y por culpa de todos, es necesario remarcar esto); mismas que aún hoy seguimos pagando. Tiene que llevar también años e, incluso, siglos, e incluso con todo el esfuerzo que se le ponga, muy probablemente jamás volverá a ser como alguna vez lo fue. Ni las condiciones, ni el ambiente ni, mucho menos, la mentalidad (¿intelectualidad?) son iguales a las que una vez nuestros abuelos llegaron a gozar.

Ningún país americano, ni la misma España, está preparado para una reunificación. Hay mucho que reconstruir, limpiar, pulir, destruir y levantar nuevamente para llegar a eso. Los que estamos claros de ello somos la minoría a ambos lados del Atlántico. Todos los otros «ismos» modernos pesan ahora más.

El hispanista debe pensar primero en su Patria y dejar a un lado la lasciva añoranza y el regresismo. No puede pensar siquiera en rescatar nada si aún se concentra en llorar sobre los restos de conventos o banderas rasgadas por las revoluciones, nadando en la utopía de ver en la Península un resquicio de esperanza. Quienes dejan a un lado a su nación para centrarse en una decadente España que, en casi todos los casos, está peor que su propio país, no notan que más bien su pueblo podría cruzar ahora el mar y evangelizar y dignificar mejor a los españoles en una especie de increíble reconquista. Por mucho, la Patria chica del hispanista debe de ser su foco, su necesidad, sin fallarle la vista en tanto a su Patria grande se refiere. Así, ha de reconocer el tesoro mestizo que una vez se nos dio en su origen, y el deber de preservar y rescatar, devolverle a sus padres e hijos la honra y la gloria, pero ahora localmente, en fronteras cortas.

Es egoísta ensimismarte en el pasado, idealizando escenarios que fueron y ya no pueden repetirse, en lugar de tomar como base todo el bagaje obtenido y construir para tu gente un Estado fuerte en donde los principios que lo rijan sean erguidos sobre esa modalidad. Siguiendo ese patrón le dan armas a los detractores, negacionistas de los logros del Imperio, y hasta indigenistas, cuando señalan que muchos viven hundidos en la historia, mientras ellos «avanzan» en la destrucción social de la América que continúa en camino a una ruina que se puede (y debemos) detener.

Necesitamos urgentemente condensar el Hispanismo, concentrarlo, redirigirlo y hacerlo nuestro; urge un hispanismo nacional, un nacionalismo hispanista, que cada hombre de bien de cada nación hispanoamericana (y hasta anglosajona que fue arrebatada) vele por el rescate y los intereses de los suyos, de su propio país.

Deben dejar de empinarse para tratar de ver más allá del Caribe y el Atlántico, y voltear hacia su tierra, su arado, su hogar. Deben reconstruir con lo aprendido nuevos cimientos, empezar desde las ramas buenas para germinar raíces más fuertes y ya no derruidas, abrazar su bandera, y no otra que es ajena, que ya no es el aspa de Borgoña, que ya no nos cobija, a la que ya no podemos cantarle. Debemos hacer la Patria Grande en cada nación porque, después de todo, lo que hacía grande al Imperio y los Virreinatos era la riqueza de cada Capitanía y Provincia ahora separadas.

Dejen a España seguir su camino, que navegue por el nefasto destino del cual ellos también tienen parte de culpa; ya si Dios lo quiere un día arrojarán al mar su pecado y revirarán de nuevo acá. Mientras tanto, que vuelva América a ser cristiana y gloriosa de nuevo.

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