Breve reflexión sobre el localismo.

Texto de Matthew Scarince, traducido por Rincewind237.

Enrico Fratangelo, alcalde de Castellino del Biferno en Mulise, no es un legitimista. Actúa como un leal servidor público de la República de Italia y, como él dice, cantó «el himno de Italia a mi voz». Pero en los últimos meses, debido a la pandemia del Coronavirus y la crisis subsiguiente, Fratangelo está practicando lo que sólo puede llamarse política legitimista-localista. Ha comenzado a imprimir dinero. Lo llama ducati, y lleva el escudo de armas del Reino de las Dos Sicilias, imágenes de Nuestra Señora o de los Santos, y con la inscripción:

«Comunidad floreciente y pacífica del Reino de Nápoles, Condado de Molise, tierra de Obreros y de Patriotas llamados Bandidos. A partir de 1861, tierra de desempleo y emigración.»

Estos ducados se utilizarán para el alivio de los pobres durante la crisis, haciéndose eco de la Ley Real de 1831, que decreta «el subsidio de desempleo para aquellos que no pueden, en absoluto, con su trabajo, mantenerse a sí mismos y a su familia». A la luz de la absolutamente desastrosa respuesta de la República a la crisis, la solución de Fratangelo es legítima en dos sentidos: simbólico y práctico. Simbólicamente, sirve como un recordatorio de la historia, el patriotismo y la fidelidad a una tradición que ha soportado múltiples intentos de borrarla. En el ámbito de los símbolos, los legitimistas nunca pueden ser derrotados porque nuestros símbolos son simultáneamente verdaderos en sí mismos y significan una verdad mayor, ya sea histórica, litúrgica o cosmológica. En la práctica es una participación en el Bien Común (nótese la participación en, no la frase disparatada «administración del Bien Común», más sobre esto en un post posterior), y una reclamación de la antigua soberanía de acuerdo con leyes que nunca fueron abolidas sino sólo suprimidas por una tiranía de siglos, que busca eliminar mil años de historia de los corazones y las mentes de aquellos a los que esclaviza.

La similitud de esta acción con la de los 1603 municipios austriacos que entre los años 1931 y 1938 concedieron la ciudadanía honoraria a Su Majestad, el Archiduque Otto von Habsburgo, me hace preguntarme sobre la posibilidad de este tipo de política legitimadora localista como el futuro de nuestro movimiento. En un mundo donde la derecha se está fragmentando cada vez más entre muchos movimientos similares con ideologías radicalmente divergentes, estas acciones simbólicas y prácticas a pequeña escala podrían ser de hecho el único terreno que podamos reclamar. Ya sea que la «Derecha» permanezca dividida entre los Integralistas de la Nueva Ola, el Reaccionismo ilógico, o el «Conservadurismo» Nacional, o que una de estas formas llegue a dominar, el Legitimismo perdurará a través de estas comunidades. ¿Es esta solamente otra instancai de la llamada «Opción Benedictina»? No estoy lo suficientemente bien investigado como para descartarlo definitivamente, más bien señalaría el hecho de que las políticas legitimistas son restaurativas, un «signo de contradicción» en medio de la vida pública.

Por supuesto, es totalmente posible que esto no suceda. Incluso una cristiandad completamente restaurada, un mundo «integralista» tendría el mismo sufrimiento, el mismo pecado, la misma corrupción que tenemos hoy en día. El mundo restaurado no sería mejor pero sería bueno, y de cualquier manera simple que podamos restaurar el bien que decae, estamos llevando a cabo nuestra misión desde Dios; estamos practicando una política legitimista.

VIVA O REGNO!

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