Anti-singularidad.

Ilustración de Jakub Rozalski.

Texto de Mencius Moldbug, publicado en Unqualified Reservations el 11 de mayo del 2007.

Sospecho que muchos de mis lectores crecieron, al igual que yo, aprendiendo a pensar en la historia como una progresión lineal.

Pero acá no nos importan las tradiciones. No damos nada por hecho, ni adoramos ídolos. Au contraire—nos cagamos en ellos (esperen más raciones de alegatos picantes y perversos en contra de la democracia; ya vendrán). Así que vale la pena preguntarnos: ¿es realmente la historia un relato de progreso, o nada más nos hicieron creerlo, como buenos secundariones?

La idea del declive, à la Spengler, no es tan prestigiosa estos días. Pero, por supuesto, ha estado presente en muchas culturas y civilizaciones de forma prominente, como en la antigua China, la república romana y varias tradiciones católicas, etc., etc. Y a como Deogolwulf señaló, la fe universal en el progreso es más bien evidencia a favor, y no en contra, del declive.

Aún así, tenemos televisores de alta definición y discos duros de quinientos gigas. ¿Tenía Marco Porcio Catón alguna de estas cosas, o acaso el propio Spengler? A lo mejor podamos desestimarlos. Spengler era un nazi, y Catón andaba rodeado de lictores empuñando fascios. El pasado es, después de todo, oscuridad y superstición, mientras que el futuro es fibra óptica e iluminación universal.

Ahora, Ray Kurzweil, cuyos sintetizadores nos trajeron toda una era de death disco, y quien ciertamente es un hombre inteligente, ha llevado la idea del progreso técnico a su extremo. Él predica la venida de un evento llamado «singularidad«. En la singularidad, las computadoras se vuelven lo suficientemente inteligentes como para diseñarse a sí mismas, haciéndose, con el tiempo, más inteligentes que el mismo Kurzweil, y así ad infinitum. Kurzweil espera que esto ocurra tan pronto como 2035.

Yo no soy ningún Kurzweil, pero sé un par de cosas sobre computación. No considero que la singularidad sea improbable en absoluto. Ciertamente, el progreso tecnológico se acelera exponencialmente. Tal vez 2035 sea muy pronto, pero tampoco me quita el sueño.

El progreso histórico—lo que sea que esto sea—es algo distinto. La historia está colmada de ruinas de civilizaciones fallidas. Sin caer en la trampa de definir «progreso» o «declive», es seguro que podemos concordar en que Roma cayó y Babilonia ya no existe. No le pusieron campo vaccino al Fórum porque sí.

La historia no es un experimento. No podemos disociar el progreso (o declive) social del progreso tecnológico. Tenemos imaginación, sí. Podemos concebirlos separadamente.

En los últimos doscientos años, notamos un enorme progreso tecnológico; la revolución industrial. Claramente es el avance de la singularidad. Exponentes por todos lados. Exponentes pequeños, pero exponentes al fin.

En 1776, Edward Gibbon escribió:

Por tanto, podemos estar de acuerdo con la agradable conclusión, de que cada edad del mundo ha aumentado y aún aumenta la riqueza real, la felicidad, el conocimiento y quizás hasta la virtud de la raza humana».

El sujeto claramente tenía una definición de «progreso».

¿No creen que, de haber podido ver el estado del mundo en—digamos—1976, Gibbon no habría querido editar un poco esa predicción? Ciertamente habría mantenido la parte del conocimiento, es probable que también la de la riqueza, e incluso puede que la de la felicidad, pero, ¿la «virtud»? Según nuestra definición, tal vez; no según la suya.

Veinte años después de que Gibbon escribiera esas líneas, los jacobinos hacían cuero de pieles humanas. Lean el pasaje de Gibbon. Es famoso con justa razón. No hay presentimiento alguno del increíble barbarismo que explotaría no en Papúa Nueva Guinea, sino en Francia, Alemania, Rusia y Norteamérica (Europa habrá perfeccionado la «guerra total», pero no la inventó).

Ahora, imaginemos la historia de los últimos dos siglos con las brutales guerras de las democracias totalitarias, pero sin la revolución industrial. Hum…

Olvidémonos de las guerras. Pensemos en todos los cambios políticos, económicos y culturales ocurridos en occidente: la explosión del Estado centralizado, el surgimiento de una clase criminal y la destrucción de la legalidad clara, la desaparición de la formación disciplinada en las artes, la esclerosis dilbertiana de la industria, el reemplazo de la guerra uniformada por el terrorismo, la colonización del primer mundo por gentes del tercer mundo y, ante todo, la tremenda esterilidad intelectual de cualquier tradición que se atreva a desviarse aunque sea por un milímetro de la nueva fe quiliástica de los Aliados; el catecismo moral de la Baedeker Bliz, un universalismo robótico y cripto-cristiano, desastre que sigue adornándose con nombres orwellianos como «diversidad», «derechos humanos» y «multiculturalismo», acaso similar a Iglesia católica en su peor momento inquisitivo y pirómano, sólo que sin discos duros de quinientos gigas o televisores de alta definición.

Llamemos a esto la “hipótesis débil de la anti-singularidad”. Es la idea de que el progreso tecnológico y el progreso social no están correlacionados, pudiendo incluso ir en direcciones opuestas.

La hipótesis débil de la anti-singularidad no implica que la singularidad no ocurrirá. En verdad, quiere decir que el progreso técnico ha compensado las tendencias decadentes de la sociedad occidental, logrando soportarlas. Tal vez en ausencia de la revolución industrial, la experiencia de la antigüedad tardía se habría repetido, y tendríamos jinetes uzbekos explorando las ruinas de París. Pero tenemos máquinas de vapor, todoterrenos y televisores de alta definición. De seguro tendremos la singularidad. Tal parece que la aceleración tecnológica exponencial ha roto el ciclo salvaje de la historia.

Por desgracia, también tenemos la «hipótesis fuerte de la anti-singularidad», la cual sugiere que la coincidencia entre el progreso tecnológico y el decaimiento social no es, en verdad, una coincidencia, sino causa y efecto.

Es muy fácil que el progreso tecnológico cause degradación social. Los humanos evolucionamos para competir en una variedad de hábitats brutalmente selectivos. Cuando los robots—o los ilotas—hacen todo el trabajo, ¿para qué molestarnos? Podemos echarnos todo el día en el sofá jugando a la XBox, fumando de la verde y masturbándonos frenéticamente. Concluimos en la idiocracia.

Si el progreso técnico en realidad causa la degeneración social y política, Mike Judge es un optimista. ¿Qué ocurre cuando nos acercamos a la singularidad, pero no acaba de llegarnos del todo? Cuando la curva de la tecnología es casi vertical, pero no alcanza el infinito. «¡Púchica!«

Lo que la hipótesis fuerte de la anti-singularidad nos sugiere, es que no hemos escapado del patrón cíclico. Simplemente estamos en la parte—excesivamente—empinada de un ciclo. Los uzbekos puede que aún lleguen a abrevar a sus caballos en el Sena, si es que todavía quedan uzbekos, o caballos, ahora que lo pienso.

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