De la perplejidad predicha.

Cuando a Mons. Marcel Lefebvre se le lee en cada palmo de esta su carta a los católicos perplejos, que está colmada de sentimientos de tristeza, conmoción y, sobre todo, de verdadero amor, es imposible no estremecerse. Sin embargo, bajo una errónea perspectiva general, es posible llegar a creer que esta obra sólo toca aspectos religiosos o espirituales, por ser un Obispo el que la redacta, lo que puede llevar a varios a pasar de largo. Esto es un juicio errado.

Mons. Lefebvre, en su formidable inteligencia, devela valientemente las fibras de lo que, para muchos de aquel y este tiempo, es un intocable enigma: los controvertidos resultados del Concilio Vaticano II, analizando detalle a detalle cómo los modernistas (sofistas, comunistas, masones, liberales) fueron infiltrando y destruyendo desde dentro la Iglesia y, con ella, irremediablemente, la cultura cristiana que por siglos fue moldada por los principios de la doctrina eclesiástica.

Sépase que no pretendo utilizar este espacio para criticar íntegramente al CVII o al Novus Ordo en sí. Simplemente, me apropio de la visión de Su Excelencia y trato, indigna y muy superficialmente, de interpretarla, como católico militante y ciudadano de la patria occidental a Dios gracias.

Como seres íntegros sabemos muy bien que si nuestro espíritu anda mal, nuestro cuerpo también irá por mismo camino. Eso mismo sucede con el alma de la Iglesia. Las serias modificaciones generadas por el Concilio en materia litúrgica y de enseñanza de la fe han propiciado un marcado relativismo entre los católicos. Y no se trata solamente de la Misa moderna (que no es poca cosa, siendo en sí lo medular), sino de todos aquellos signos que suponen la supresión de ciertos dogmas que son faros inapagables guiando nuestro camino hacia la Redención.

Vemos ahora una epidemia de menosprecio por los sacramentos y demás cosas sagradas: confesiones públicas, aplausos en misa, hombres y mujeres que entran de forma indecorosa a los templos, comunión en la mano, falta de reverencia, y demás barbaries, incluso a niveles fundamentales, como la enseñanza atea y racionalista en seminarios y colegios: ¿cuántos niños de ahora de 5 o 6 años se saben el Credo o son capaces de decir qué es la Santísima Trinidad?, ¿cuántos jóvenes tienen presente que fornicar o faltar a misa los domingos son pecados mortales?

Ni lo aprenden bien, tampoco tienen una madre o un sacerdote de bien que se los recuerde. ¿Por qué? Porque los sacerdotes mismos reciben pobre (sino es que mala) formación en los seminarios. ¿A cuánto seminarista no se le enseña ahora filosofía atea disfrazada, teología racionalista?, ¿cuánto sacerdote de hoy cree que hay salvación en las sectas de los «hermanos separados», los protestantes?, ¿o que la misa es el Santo Sacrificio del Señor y no una cena entre amigos? Por eso no es de extrañarse que tantos de ellos vean con beneplácito la abolición del celibato o la unión de sodomitas, temas que ni a discusión deben llevarse.

Esta deriva de pensamientos ha provocado, sin dudas, que la escasez de presbíteros y de vocaciones religiosas venga disminuyendo trágicamente, y que los pocos que quedan sirvan de poco para la defensa y expansión de la Fe. La Iglesia sufre la peor de sus crisis desde hace ya más de cincuenta años.

El único que pudiera sentirse orgulloso de esto es Lutero, no tanto por ver su sueño cumplido de que hayan conflictos internos, sino porque la Iglesia adopta ahora tantas posturas de su desastre ideológico. Bien lo decía: «Destruyamos la misa y destruiremos a la Iglesia» y eso hicieron: un rito que a cualquier protestante resultaría fácil celebrarlo él mismo porque es prácticamente el mismo. Lo dejó claro: «La nueva misa, aun dicha con piedad y con el respeto de las normas litúrgicas, es pasible de las mismas reservas puesto que está impregnada de espíritu protestante», aseveración que no sólo él dejó clara en su momento.

La Misa es el todo para los católicos, extremadamente sagrada, y si se atrevieron a luteranizarla, ¿qué otras cosas no correrían con igual o peor suerte? A tanto destrozo se le dio cabida, que el mismo Papa Paulo VI tuvo que admitir que «el humo de Satanás entró por alguna hendidura en el templo de Dios» y caló verdaderamente hondo que aún hoy perplejos seguimos viviendo sus trágicas consecuencias.

Una vez que se tiene noción del problema interno se pude explicar cómo repercute éste en lo externo, en la civilización. Las posturas relativas que generó el CVII no sólo fueron para la propia Iglesia sino para todo aquello donde una vez tocó e, incluso, imperó con el poder que le otorgó el propio Cristo. Desde aspectos de gobernanza que han disminuido de forma fáctica la directriz papal (ahora se quiere pretender que las decisiones que se tomen en un sínodo o entre conferencias episcopales tengan más peso que la decisión Pontifical, misma que la mayoría de ocasiones se adapta a ellas en lugar de hacer valer vehemente la Doctrina Católica), hasta ideas de una «Iglesia democrática«, habrase visto.

Eso bien explicaría que sus ministros vean viable la democracia liberal, las repúblicas… ¿A cuántos curas y obispos no se les ve anteponiendo y defendiendo los «Derechos Humanos» por sobre los Mandamientos de la Ley de Dios? Ambigüedad total, y contradicción, por ello menosprecian su historia, tachando de «errores» el haber apoyado a gobernantes (reyes y caudillos) católicos que aún defendiendo la Patria para Dios, son mal vistos por los miembros de su Iglesia. Vale más ahora el «buenismo», el quedar bien con todos, moros y cristianos, cuando, en verdad, ¡somos sólo cristianos!

Se aceptaron los Estados laicos por este vano asunto de que «la Iglesia no debe meterse en política», ¡la política correcta se la debemos a ella!; por eso nos gobiernan demonios liberales, perversos, progresistas, tibios; no hay Temor de Dios ni para el pueblo ni para quien le gobierna.

Ya no hay más Reinado Social de Cristo, y así discurrimos en más tópicos: vean la arquitectura moderna, si antes las grandes catedrales góticas o las sencillas, pero dignas capillas barrocas que en el centro de ciudades, o en algún rincón del pueblo, servían de inspiración para los demás edificios. Ahora a cualquier galerón frío y sin gracia le colocan una mesa en medio y ya le llaman parroquia. Antes era todo lo mejor para Dios, ahora cualquier excusa para Él. La pereza es un pecado capital, padre. Si a la que fue Mater et Magistra por siglos para toda una civilización no se le da ahora su lugar, ¿cuánto menos a sus hijos?

Más allá de la crítica, quisiera elevar un llamado urgente a la reflexión. Siento que no es justo que sea aún más lacerada nuestra Iglesia. Es hora de que levantemos cabeza y nos limpiemos la ceniza de los malos escombros. Todo católico, desde su bautismo, se hace parte absoluta de la Iglesia y todo hijo debe de dar hasta la sangre por su Madre, ¿la estamos ofrendando? Veo tanto acomodo y despreocupación que me lamento que no, pero no saben que con eso sólo abonamos a una más pronta visita al Infierno. Cristo no se equivoca y tampoco su tradición, la cual nos exigió salvaguardar al igual que su Evangelio.

Mons. Lefebvre sólo cometió un mal a ojos de los modernistas: amar a Dios y a su Iglesia hasta el extremo. Por eso quedó solo defendiéndola. ¡Y bendito sea Jesucristo que así lo haya querido! Nada hizo mal, he ahí su declaración:

En la hora de mi muerte, cuando Nuestro Señor me pregunte: «¿Qué has hecho de tu episcopado, qué has hecho de tu gracia episcopal y sacerdotal?», no quiero oír de su boca estas terribles palabras: «Has contribuido a destruir mi Iglesia con los demás.»

S. E. R. Marcel Lefebvre

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