Saboteurs.

La expansión de la gripe de Wuhan sobre el globo no ha detenido a los eruditos de la sociedad abierta en su defensa de las bondades de la globalización y el universalismo mórbido. De hecho, tal parece que hay incentivos para el Poder en esta situación tan preocupante, pues no se ha detenido del todo la corriente de propaganda que sirve a los centros de poder expansionistas involucrados en conflicto jouveneliano. Tomaré como ejemplo un texto que me asignaron en una tarea para mi clase de ética. Lo escribió un don Alejo Sánchez-Vivar, lleno de credenciales, como es costumbre; es epidemiólogo. 

En su texto, Sánchez-Vivar eleva una serie de consideraciones sobre el rol de la autoridad en el manejo de la crisis ocasionada por el virus chino. Las eleva como epidemiólogo que es, lo que resulta algo interesante. Uno pensaría que, dado su conocimiento preciso de cuán peligrosas pueden llegar a ser las pandemias, no tendría complejos a la hora de proponer y defender medidas radicales para la prevención del contagio, no sólo por su efectividad aparente y probada, sino también porque le hacen más necesario como epidemiólogo y no como un mero estudioso de la bioética. En teoría lo primero debería valer más en nuestra sociedad tecnocrática. Sin embargo, Sánchez-Vivar hace lo opuesto, decide que es necesario ponernos a pensar sobre el bien del individuo en medio de la muerte y la desolación que el virus ha dejado en tantas naciones. Después de todo, el virus será maligno, ¿pero es peor que ser gobernado? El tono de su texto nos deja claro cuál mal considera él insoportable:

En situaciones de crisis por una epidemia o una pandemia, efectivamente, las libertades civiles pueden verse comprometidas y pueden limitarse en beneficio de la protección de la salud pública –“salvar el mayor número de vidas”, por ejemplo–, aunque ciertas condiciones deben acotar estas restricciones. Los Derechos Humanos siguen siendo, en cualquier caso, el marco referencial para garantizar la aceptabilidad ética de las medidas de salud pública tomadas en estas situaciones.

No queda tan claro como pueda parecer dónde yace ese límite impuesto por los derechos humanos, sobre todo cuando consideramos cuán vastos se vuelve con el paso del tiempo ese compendio de garantías supuestamente universales. Da la impresión de que, de hecho, los derechos humanos son una mera herramienta para limitar la gobernanza efectiva, expándiendose cuando y cómo haga falta, dejando de existir sospechosamente en situaciones donde es políticamente benéfico para las estructuras a las que sirve de ideología centralizadora. Convengamos en que la gobernanza efectiva es justamente aquello que no se debe sabotear durante un estado de emergencia como el provocado por el virus, a menos que se desee el colapso total de la sociedad civilizada, lo que a estas alturas no me sorprendería.

En cualquier caso, es notorio cómo Sánchez-Vivar se niega a ver a las instituciones que originaron al concepto que, según él, debe guiar los esfuerzos contra el virus, entre los causantes de la crisis para empezar. Los derechos humanos son promovidos por una red de fundaciones filantrópicas, organismos supranacionales, todos con visible relación a Naciones unidas. Es este mundo inaugurado por la sociedad abierta y «ética», fundada en el Estado de derecho, en el individuo, que a través de su erosión de las fronteras, del concepto de Estado-nación; del desprecio a la preferencia por lo propio y lo local, permitió, y facilitó inclusive, la propagación de un virus a nivel mundial, a su vez que nubló las cuestiones sobre su origen por temor a acusaciones de racismo o xenofobia.

Es necesario, entonces, poner en duda si estas consideraciones éticas fundadas en el individuo son del todo benéficas para una idea de bien mayor; ¿en verdad vale la pena matar a todo un país de neumonía si eso implica no haber violado un solo “derecho inalienable”?, ¿acaso las fronteras cerradas, el proteccionismo, y el rechazo a la xenofilia, o sea, el orgullo nacional (o hasta parroquialista), no serán medidas preventivas contra la propagación de un virus como el que nos aqueja? Claro que promover estas ideas en la sociedad puede acabar con personas recibiendo tratos que alguno pueda considerar deningrantes, pero no es como que peores abusos no ocurran en las sociedades supuestamente defensoras de la dignidad humana, y el humano no es por sí solo una entidad, sino que su personería depende del orden en el que esté dispuesto, en las tradiciones que lo hayan formado. Si acaso, son las sociedades liberales las que cometen acciones increíblemente cuestionables y disruptivas a la hora de esparcir sus ideales de fraternidad universal, como puede verse en las guerras de democracia y forja estatal de los Estados Unidos (donde nació la concepción moderna de los derechos humanos), o ya casos como las revoluciones liberales europeas y eurofílicas.

Ahora, si consideramos que negarse a proteger las vidas de absolutamente todos los ciudadanos es un pecado del Poder para las sensibilidades modernas, justificando toda clase de rebeliones jacobinas a partir de este hecho, entonces uno pensaría que los estudiosos de la ética estarían a favor de medidas radicales contra este brote, y no se pondrían a sabotear los esfuerzos de los gobiernos citando legislación de corte anglosajón que se jacta de una supuesta universalidad. Dentro de su propia filosofía liberal tampoco tiene mucho sentido ponerse quisquilloso en esta clase de escenarios, pero el liberalismo ético, como todos los liberalismos, es más sobre la expansión de ciertas estructuras de poder por sobre otras, de modo que haya desplazamiento y centralización. Incluso cuando la dinámica es domada un poco por las situaciones, la maquinaría nunca descansa del todo. 

Un modelo ético alejado del individuo moderno es necesario para poder tratar eficazmente esta clase de crisis. Irónicamente, es un modelo implícito, al que se recurre siempre que las circunstancias son terribles. Es en pandemias y guerras que las garantías se suspenden. Surgen situaciones que requieren de acciones decisivas para mantener la integridad del todo, de la estructura que le da sentido, identidad y forma al individuo. De cierto modo, la pandemia ha convertido a todos los gobiernos que la han tenido que contener en gobiernos fascistas, en el sentido de que han tenido que recurrir, la más de las veces, a medidas totalitarias y a mentalidades, si bien no admitidas, de talante absolutista. Esto es algo bueno. Por fin están los gobiernos gobernando, aunque es una decepción que tuviesen que ver ardiendo al mundo para llegar ahí, y ni siquiera es una disposición presente en todas las áreas de la gobernanza. Todavía hay mucho liberalismo estructural, y podemos atribuirles muchas muertes a estas teologías seculares del Estado moderno, pues le dan legitimidad, cuan vacua pueda ser esta, a la desobediencia sin sentido, por el simple «yo lo digo; yo soy mi rey». Tampoco se ve en el horizonte una formalización significativa, o una centralización más formal, por lo que es probable que sigan los conflictos estructurales y desarrollos intelectuales mórbidos ya tan familiares para nosotros, producto del imperium in imperio.

Pero no es mentira que estén los gobiernos gobernando. Después de todo, los estudiosos de la ética elevan sus quejas, como es la costumbre cuando se decide, por fin, hacer algo. Por el momento, los imperativos de centralización conflictiva han sido aminorados por la crisis, y actúan las estructuras políticas lo mejor que pueden, teniendo en cuenta cuánto les castra su propia ideología en situaciones normales.

Ahora, siendo esto una tarea de la universidad, yo, como comunicador, podría decir que he aprendido la necesidad de establecer parámetros para el Poder, incluso en tiempos de crisis, así como lo crucial que resulta una cobertura precisa e imparcial de la situación, que aleje de miedos irracionales y pánico. Esto sería seguir la narrativa oficial. O sea, sería seguir lo que me dice la autoridad, que será informal y, de muchos modos, despreciable, pero es autoridad al final. No suena divertido.

Curiosamente, creo yo que el texto de Sánchez-Vivar entra en la categoría de información generadora de miedo y pánico colectivo, dado que pone a la población, la periferia del orden, en un estado de temor por la pérdida de las garantías que el centro de su orden social les ha otorgado, o que les ha asegurado que les otorgan. El propio autor se sabotea, pues si bien expone ideas perniciosas, no deja de ser una persona inteligente, lo que le hace entrar en conflicto consigo mismo sin saberlo. Precisamente porque es inteligente son sus ideas perniciosas más peligrosas todavía.

Con este análisis, habré vuelto, como mucho, a confirmar los dogmas comunes de la profesión que me tocó. Quedan expuestas las asunciones no admitidas de las filosofías modernas: el individuo como base de todos los sistemas éticos, políticos, filosóficos, científicos, etc.; la absoluta malignidad del poder, irónicamente propuesta sólo gracias a un Poder titánico, y la expresión moderna de la ética como simple moralidad anglosajona extendida por el mundo bajo el disfraz de una objetividad universal. Podré ponerlo en práctica imitando esta serie de formas, sirviendo a las instituciones nicaragüenses (o interesadas en Nicaragua) análogas a las que auspician a don Sánchez-Vivar.

Fuera de esto, y teniendo en cuenta la falta de solidez del texto desde una perspectiva formalista, al estar basado en filosofía moderna, no veo mucho que se le pueda extraer fuera de ser un ejemplo muy ilustrativo de la clase de denuncias bizantinas que los sabios del orden liberal producen en medio de la crisis que ellos mismos ocasionaron. No quieren perder la costumbre.


Referencias.

Un caso en el que un gobierno ignoró tanto el sentido común como las recomendaciones de los expertos por respeto a los credos ideológicos liberales, y a los derechos humanos por consiguiente, es el de España, donde el gobierno del PSOE no sólo permitió, sino que también llamó a la ciudadanía a la congregación del 8 de marzo, en celebración por el día de la mujer. Véase:

Para un plan de acción contra el virus chino que no esté nublado por nociones liberales, véase:

El éxito de los gobiernos nacionalistas de Hungría y Polonia, de corte más autoritario que la mayoría de países de la Unión Europea, sobre todo en sus políticas migratorias y culturales, a la hora de contener el virus, resulta de particular interés. Véase:

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s