Delirant isti romani.

Texto de Arrus Kacchi para Albarda.

Aquellos ajenos a la perspectiva reaccionaria—los liberales, anarquistas, conservadores modernos, progresistas, marxistas e incluso los propios fascistas—rápidamente asocian a la reacción con el fascismo, o vice versa. Parece algo razonable a primera vista. Tanto Oswald Spengler como Julius Evola tuvieron relación con el Partido nacional fascista de Italia, si bien Evola era un «súper fascista»; lo que quiere decir que se estaba más allá del fascismo, y los nacionalsocialistas alemanes gustaban de los textos de Spengler.

A pesar de que los neconservadores del estilo de Prager U, junto con un par de libertarios, se dedican a chillar sobre cuán socialista era Hitler dado a que el nombre del partido llevaba la palabra u otra cosa trivial, el fascismo y el nacionalsocialismo definitivamente fueron «de derecha» durante sus cortas vidas a inicios del siglo XX y lo son también las formas miserables en las que existen a día de hoy.

Sin embargo, el fascismo falló espectacularmente. Claro que se trató más de cuestiones geopolíticas que de un fallo en las manifestaciones de su esencia, pero perdió a fin de cuentas.

Mi tesis es que el fascismo no es en ningún sentido deseable para los iliberales con principios de nuestros días, así como tampoco constituye una vía para una restauración reaccionaria.

Cuando el fascismo llega al poder, crea una autoridad central coherente (bien) que no es particularmente responsable (mal), se mantiene en el poder adoctrinando a sus súbditos (mal) y ejerce violencia innecesaria y sadista (mal). Entonces, tenemos tres males y un bien, lo que es malo. No es sorprendente que el fascismo sea visto como algo malo.

Mencius Moldbug
A Gentle Introduction to Unqualified Reservations
Capítulo 8: Olde Towne Easte

Yo, personalmente, no soy crítico del fascismo de la misma manera que Moldbug. Mi método consiste en concentrarse en los aspectos positivos que posee su núcleo, y en cómo la construcción estatal fascista lascera sus bondades. Desde ahí vendrá mi crítica a sus afecciones más indeseables.

La perspectiva reaccionaria de la soberanía y la autoridad consiste en su caracterización alejada del demos. Este principio de autoridad tradicional Evola lo bautiza como auctoritas. El sentimiento de distancia induce veneración, un respeto natural, una disposición hacia la obediencia fructífera y la lealtad al rex, el monarca, como ser distinto al dux, capitán o General.

El fascismo funde ambos roles en uno solo, cosa que complica la soberanía dado que el poder deja de ser anagónico, deja de verse como derivado de arriba, del bien soberano, o de algún derecho divino, etc. Así, el ergon, la función del dux, comparada con la del rex, ha de ser una de menor distancia con la gente, por asuntos militares. Con esto, el soberano fascista corre el riesgo de verse envuelto en el propio rausch—la intoxicación popular—que se supone debe dirigir. Se encuentra a sí mismo en posiciones confusas, derivando su autoridad de manera catagónica, de «la voluntad popular», del «volk», del «proletariado»; de algunos modos y en algunas formas, acaba siendo un representante del demos en vez de su orientador hacia algo superior a sí mismo, justificado por sacerdotes después de que «aquel que decide la excepción» haya dado su discreción. Por ello el Poder fascista se encuentra carente de una consagración superior, y sus intentos de afiliarse a la religión son endebles quitando unas cuantas excepciones, la mayoría de las cuales vivió poco en primer lugar.

El fascismo naturalmente se inclina hacia una forma secular de poder donde la religión es suplantada por una intoxicación de las masas irresponsablemente materialista. La «nación» no merece la más alta veneración.

Las nociones de nación, patria, y pueblo, a pesar de su halo romántico, pertenecen en esencia al plano natural y biológico, y no al político; nos llevan de vuelta a lo ‘material’, a la dimensión física de una colectividad dada.

Julius Evola, Los hombres y las ruinas.

Las prioridades del Estado fascista se desordenan como tal y, al igual que en las democracias y en los estados oligárquicos—siguiendo la ley de hierro de las oligarquías de Robert Michel—, la soberanía fascista debe, necesariamente, preocuparse por el control ateleológico del pensamiento bajo alucinaciones tales como la «voluntad popular».

Educar al público como tal, mantener un bien compartido para cultivar una población virtuosa, incluso de forma militarista, es moralmente aceptable y un imperativo del soberano para fomentar la homonoia, pero una homonoia que se crea a partir de la gestión política del demos será desordenada hacia fines materiales en sí mismos y no hacia un fin supremo. La verdadera reacción va hacia arriba, hacia el destino universal de los bienes, hacia la forma del Bien, de lo Divino, de Dios.

Otro factor clave en la naturaleza desordenada del fascismo es el traspaso de la soberanía. Es evidente que en las democracias liberales la soberanía no es realmente ejercida por el presidente o el primer ministro, sino más bien por autoridades gerenciales anteriores al proceso democrático, como el servicio civil, las agencias de inteligencia, etc., que trascienden los cambios ceremoniales. Las democracias liberales son mucho más inseguras en casi cualquier otra forma concebible vía imperium in imperio, pero en los Estados fascistas, tal seguridad en el traspaso de la soberanía está ausente; la posición d’il Duce es mucho menos segura. A diferencia de los soberanos emperadores del Imperio romano o las monarquías cristianas de Europa, la garantía de un sucesor es más dudosa.

En síntesis, la diferencia entre un soberano genuinamente reaccionario y el típico soberano fascista es la diferencia entre gobernar «por la Gracia de Dios» y «por la voluntad de la nación». Lo que ocurre en esta inversión no es un simple cambio de estructuras institucionales, sino de un mundo (anagógico y divino) a otro (catagógico y físico). Santo Tomás de Aquino señala en De Regno que el desorden de la situación de este último engendra tiranía, en tanto el bien común anagógico se abandona por políticas catagógicas mezquinas y el bien privado.

Sin embargo, Chris Bond indica, en su libro Nemesis, que existen manifestaciones problemáticas del Poder aparentemente anagógico. El derecho divino de los reyes, por ejemplo, es una doctrina modernista que se niega a reconocer relaciones naturales de autoridad entre los hombres. Por ello, estas ideas deben ser suprimidas en favor de conceptos más robustos, como la scala naturae, o cadena de los seres, que ve a Dios como generador de una jerarquía cósmica, por lo que la autoridad está en la naturaleza social y en su bien. Hay un artículo muy bueno que trata el trabajo de Bond en relación a la scala naturae.

Pero el fascismo se ve genial con toda esa estética negra de Hugo Boss; se ve muy basado, así que deshagámonos de la atracción estética por el fascismo dándole al judío favorito de Hitler, Otto Weininger, una cara irónica.

Pero antes, bauticemos a este modelo catagógico de organización política, de modo que trascienda al fascismo. Lo que he venido delineando es ‘bonapartismo’, (véase también ‘cesarismo’). El bonapartismo representa a un despotismo con base en una visión democrática que puede negar de facto, pero que completa en teoría, como si el pueblo omnipotente se guiara y disciplinara a sí mismo en ausencia de auctoritas (obviamente, esto significa que mi crítica del fascismo no es exclusiva del fascismo y puede aplicarse a cualquier forma de gobierno popular que se ajuste adecuadamente a estos calificadores).

Weininger describió al «gran político» (un Stalin, un Mao, un Hitler, un Woodrow Wilson), como un déspota popular a la vez que un adorador de las masas; es prostituta y proxeneta simultáneamente. Está esclavizado a su complejo de popularidad; asiste a concentraciones de las que deriva el sentimiento, por ilusorio que sea, de que la gente lo sigue y lo aprueba. La dinámica proxeneta/prostituta está codificada en el teatro democrático.

Si bien esto puede hacer pensar a la población que el soberano es «uno de ellos», se trata, como dice Weininger, de prostitución mutua. Toda la política democrática es performativamente populista. La política fascista es inherenmente populista, como toda política revolucionaria

Todo eso es prostitución política. Cringe.

En este sentido, el reaccionario, el principal iliberal, debe distanciar su identidad política de toda la política moderna, pues todos sus participantes, de un modo u otro, están desviados hacia el demos. El elitismo y el carácter espiritualmente aristocrático de la concepción política presentada en los trabajos de Robert Michels, Thomas Carlyle, Julius Evola y Santo Tomás de Aquino es lo que separa al tradicionalismo de los nacionalismos mezquinos y del fascismo. Esto no quiere decir que la visión expresada en este texto es incompatible con los componentes clave del nacionalismo; una élite segura que exhiba auctoritas escogerá un modo virtuoso de homonoia. Pero, aún así, el rex soberano debe estar lo suficientemente seguro como para delegar poderes al dux para que esto pueda suceder. Así llegamos al formalismo.

Además de todo lo expuesto, autodenominarse fascista es satanismo político. Repele a cualquiera a tu alrededor, e inmediatamente te pone en la mira de la Catedral; no es inteligente. Ni siquiera la vieja praxis fascista es viable. Ganar elecciones y hacer cambios significativos a través del proceso democrático es imposible porque la Catedral administra el proceso democrático. Es necesario refinar y filtrar los elementos del fascismo histórico del lado de Giovanni Gentile y José Antonio Primo de Rivera, entre otros, quienes formularon aportes intelectuales valiosos para el proyecto posliberal/neoabsolutista.

Para ilustrar cuáles elementos del pensamiento de Gentile me parecen afines a una posición ontológicamente absoluta, diré que la epistemología del idealismo actualista se presta a una posición aparentemente similar. ‘Aparentemente’, porque no he leído lo suficiente de Gentile, si bien aprecio su rechazo por varios elementos cartesianos-franciscanos de la modernidad, los que dan pie a sus varias absurdidades. Del mismo modo, Gentile comparte su defensa de la autarquía y del corporatismo con Evola, lo que efectivamente disuelve la falsa categoría de distinción público-privada que constituye al liberalismo en sí.

El sistema actualista de Gentile rechaza rigurosamente al individuo liberal en sentido explícitamente absolutista, en tanto reconoce que, fuera de la autoridad, la individualidad no tiene sentido. La justicia en el individuo es análoga a la justicia en el Estado. Con la disciplina adecuada manteniendo los deseos hacia un buen fin, son solamente en virtud de la armonía que existe entre su multiplicidad interna, ya que cada elemento realiza una función adecuada en conjunto y entre sí. Tanto la posición neoabsolutista como la posición idealista-actualista convergen aquí, pero el idealismo actualista parece fallar en el ordenamiento de los bienes, si bien, en la práctica, requiere de un orden social que fomente dicho ordenamiento. Creo que esto puede atribuirse al ateísmo latente en el «catolicismo cultural» de Gentile, que le mantuvo dentro de una tradición en exceso humanista.

Sin embargo, reemplazar el humanismo y el inmanentismo absoluto de Gentile por algo más anagógico no es el procedimiento quirúrgico más complejo del mundo, y es algo que debe hacerse.

Si me preguntan qué propongo en contraposición al fascismo, diría que una suerte de teocracia autocrática, pero en verdad rechazaría la pregunta; la idea de que lo que yo o cualquiera «proponga» en el internet es un sinsentido absoluto, pues trata a la soberanía como una especie de genio en la lámpara que te concederá tus deseos.

La insinuación de la ideología es que la forja del Estado es un asunto de formar plataformas con una lista de deseos a la cual deberán adherirse luego todos. Proponen que agarrés tu lista de deseos, convenzás a un montón de gente de que la apoyen y luego esperás que todo funcione; es absurdo.

Ni siquiera hace falta argumentar contra algún deseo particular de esa lista; si mi país mañana se volviese una dictadura fascista, yo apoyaría al gobierno, pero seguiría comprendiendo cuán lejos estoy del Poder real. El acto de diseñar soberanías sólo tiene sentido una vez hayás cerrado la brecha entre vos y el soberano.

E incluso si cerrás la brecha, no es seguro que vayás a convencer a dicho soberano para que te asista, a menos que audicionés con tus ideas de modo que conduzcan hacia los intereses del soberano, razón por la cual aplicarán tu programa.

Vayan a leer a Chris Bond.

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