La deriva de los tercerismos.

Si analizamos al discurso socialista como una instancia más del proceso jouveneliano, nos es fácil ubicar a los actores: la periferia son, claramente, los trabajadores, pues no poseen poder más allá de su número; el intermediario es el jefe, empresario, empleador, capitalista, etc. y su capital, dado que posee autoridad sobre el primero, mas no es una autoridad totalitaria; el centro es el Poder, el Estado, el ente regulador que señorea sobre estas relaciones.

El discurso socialista posee los elementos clásicos de una narrativa jouveneliana de centralización: liberación de una entidad percibida como opresora, retorno a un estado previo de normalidad (es cierto en tanto hablan del comunismo primitivo o la «restitución de derechos»), énfasis en la protección del individuo de ciertas presiones sociales y/o naturales. Además, históricamente, los regímenes de tintes socialistas que lograron capturar el centro a través del uso de estas narrativas han resultado comparativa y visiblemente más centralizados que los gobiernos a los que desplazaron mediante este proceso.

Podemos concluir, entonces, que la narrativa socialista es una herramienta de un centro para la centralización del poder mediante la anulación de otros centros, cosa que he comentado acá varias veces. Dado que esto es verdad, no podemos hacer más que rechazar la noción liberal de que el empleador es una entidad separada del Estado y que, por tanto, toda intervención del Estado en su actuar es inmoral, pero también hemos de descartar la lucha de clases como una cuestión fundamental de las sociedades humanas, pues fundamental es el poder, o la centralidad humana contenida en el lenguaje como desplazamiento de conflicto (cónfer Eric Gans), y el cómo estos conceptos se desarrollan tiene poco que ver con cómo los teóricos de la lucha de clases la formulan (Bond tiene un par de publicaciones magníficas al respecto).

Esto es así porque las narrativas centralizadoras no tienen por qué reflejar la realidad de manera precisa. Su única utilidad es la de un disuasivo y luego la de un uniforme político. Si bien existen a día de hoy, la vasta mayoría viene del pasado. Son productos históricos y, como productos, nacieron y crecieron en contextos específicos, en disposiciones específicas de centros de poder con conflictos específicos. Por esta razón, el socialismo decimonónico fue abandonado por el Poder en favor de la interseccionalidad. De igual modo, racionalizaciones académicas fueron elaboradas para justificar el abandono del obrero y su reemplazo por el lumpenproletario en el centro de las movidas izquierdistas.

A lo que voy es que, en los movimientos nacionalistas, la narrativa socialista tiene cierta utilidad para capturar el poder, pero copiar y pegar las narrativas de la izquierda vieja no necesariamente es lo más útil que hay. Con esto no quiero decir que el liberalismo tenga la respuesta, pues esa es una narrativa centralizadora de hace varios siglos ya, por lo que resulta todavía menos precisa, más desfasada, servil al enemigo. De ser posible, ha de formularse una nueva visión de cómo funciona la economía con relación al poder y desarrollar desde ahí un discurso centralizador.

He notado que muchos militantes de la tercera posición en los círculos disidentes se han visto cautivados por esta clase de teorías. No en vano son lectores ávidos, pues tales narrativas tienen origen en el socialismo nacional, el social nacionalismo. En esta exploración de sus ideólogos preferidos han ido descartando cada vez más ideas plenamente autoritarias, lo que eventualmente dejó a su modernismo reaccionario como simple modernismo agresivo y resentido. Padecen lo que yo llamo la «deriva de los tercerismos» y de este padecimiento han adoptado ideas anárquicas, de ontología liberal, como lo son el «poder popular», la «lucha de clases» (agraviante, pues hay tradiciones en la tercera posición que ya poseen el concepto de la cooperación de clases) o la «autogestión».

Ignoran que es el Poder quien permite la existencia de la economía, del mercado, de la corporación, del empresario, del trabajador, del individuo como entidad pensante. Por esto, es el Poder quien designa a sus intermediarios, y son estos intermediarios los que ordenan a la periferia alrededor de sí mismo y alrededor del Soberano. Pero cuando el Poder está en conflicto con sus intermediarios, moviliza a la periferia en su contra y en este movimiento debe tutelar a la periferia tanto como pueda y durante el tiempo necesario. Es acá cuando hay una relación de mandato directo entre el Poder y la periferia, casi siempre de manera oculta, pero esto no dura mucho pues al Poder le es costoso mantener las estructuras de tutelaje de la periferia y de cualquier cuerpo armado en general, por esto levanta nuevas instituciones intermediarias en cuanto las aguas se calman, cuando ya hay un nuevo sentimiento de lealtad en la elevada casta intermediaria, pero como esta surgió de un proceso de destrone de la forma anterior, debe asumir formas nuevas, y el Poder persiste oculto, ofuscado para preservar la consistencia del mito. Esto deja la puerta abierta para más centralización, pues la narrativa igualitaria del mito fundacional siempre se puede escalar.

Los terceristas, en su deriva, asumen que la sociedad puede subsistir en un estado donde el Poder es capaz negarse a sí mismo la armonía, y erigir pequeñas repúblicas en los puestos de trabajo, o cosas por el estilo. Lo escalamos un nivel más y obtenemos anarquismo pues, si el jefe es un parásito explotador y no produce, haciéndolo esto ya inmoral, ¿qué es el Soberano, jefe del Estado?, ¿y qué es el Estado sino una empresa que se mantiene por la fuerza, una empresa soberana?, ¿y qué es una empresa soberana sino, esencialmente, una mafia, o un ejército de bárbaros? Más y más espectros surgen mientras descendemos.

De esto deducimos que la forma centro-intermediario-periferia se conserva junto a la soberanía y a sus tradiciones, si bien mutan sus formas exactas con el tiempo y las crisis que les toque vivir. Esto es una realidad que debemos tomar en cuenta a la hora de formular nuestros discursos tanto teóricos como centralizadores en pos del orden formal. Querer acabar con el empresario por ser este un «parásito» o un «explotador» ignora que, de ocurrir esto, surgirá un intermediario de funciones iguales o incluso más intrusivas, sólo que probablemente informal y ofuscado, cosa que nos debería poner a pensar un poco más sobre el rol real del mismo, desde una perspectiva menos liberal, menos moderna, tal vez. Del mismo modo que los revolucionarios franceses buscaban un mundo libre de arbitrariedades y acabaron creando una multitud de estas, o las feministas buscaban emanciparse del hombre y acabaron siendo peones políticos de una cábala de multimillonarios, tal es la tendencia de los discursos que ignoran la conservación de las soberanías.

Sostener estas ideas dentro de grupos disidentes supone, entonces, una suerte de cripto-anarquismo, una quinta columna inintencionada. Son pepitas de ideología caótica, diseñadas para aumentar la influencia de algún centro hace sabe Dios cuántas décadas, pero hoy incrustadas en un corpus que, en teoría, habría de buscar el orden duradero por sobre todas las cosas.

Gran parte de lo que aqueja a la disidencia es justamente la centralización agresiva, indiscriminada e informal del Poder, ¿por qué emular ese descontrol a través de estas posiciones? Si bien es cierto que el obrero hoy en día tiende a la reacción, repetir la lucha de clases justo y como se formuló en los textos de los marxistas es un error, pues tal formulación buscaba, entre otras cosas, la construcción de una utopía impensable. Nuestra lucha de clases ha de ser una negación del orden liberal, pero no a través de su potenciación, como hizo el marxismo, sino desde su refutación total e íntegra. El viejo orden, con su formalidad y superioridad estética, sirve de mejor inspiración que cualquier sueño utópico modernista.

Tampoco nuestra pretensión será la de abolir a los intermediarios permanentemente, más bien buscaremos nuevos al ocurrir nuestra ocupación del centro, o poner en su lugar a los que pretenden ser centro. No es tanto acabar con el empresariado como concepto, sino, tras desechada la forma actual, darle una nueva, una más gentil, una más noble, que reconozca sus responsabilidades y los límites que el Soberano impone sobre estas.

Creo que la amenaza de una revuelta jacobina como la revolución francesa, donde los intermediarios ocuparon el centro ejerciendo la dinámica jouveneliana contra el centro mismo (caso extraño), junto con los desarrollos económicos adquiridos durante la modernidad y una ética cristiana revitalizada a través del pensamiento originario, será garantía de que gran parte de las medidas de bienestar social persistan o se profundicen a niveles sensatos. Igualmente, para un Poder formalizado y en armonía con sus intermediarios y con su periferia, es más sencillo ver qué modos de organización son mejores para su reino. Mientras, es verdad que nuestra clase empresarial merece acabar en el gulag más recóndito de la Siberia, pero nuestras ganas de verlos ahí, o de, sobre todo, ayudar a nuestros camaradas (cosa que, si bien a pequeña escala, es posible hacer fuera de estas discusiones ideológicas), no nos deje ciegos ante las realidades del Poder y la centralidad humana.

En teoría, nuestro objetivo es desmontar la modernidad y traer un orden novedoso, si bien familiar. Nuestro fin último es el orden justo y auténtico de nuestras comunidades extendidas, nuestra Patria común, ancestral, imperial, expresada hoy día en cada confín suyo a través de nuestras naciones, y en cada pequeña subdivisión, hasta llegar a nuestras familias y a nosotros mismos.

La deriva de los tercerismos, esa tendencia de los discursos tercerposicionistas de fundirse con corrientes puramente modernistas, purgando de sí mismos el componente reaccionario que les distingue, es un fenómeno real y peligroso para cualquier narrativa disidente. Efectivamente los convierte en otro comunismo: otra idea honesta que el capitalismo convierte en producto y luego comercializa. Debemos escapar de este vicio. Ser nazbol es gracioso hasta que deja de serlo.

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