La nueva Nicaragua tiene doscientos años.

¿Para qué queremos una nueva Nicaragua?

Puede que la pregunta suene tonta para el lector de tendencias modernistas. “Queremos algo nuevo porque lo viejo está mal, nos daña”, podrán contestarme. Yo señalaría que nuestro problema no está en lo viejo, sino en lo nuevo envejecido. Hemos tenido tres nuevas Nicaraguas: la de los liberales progresistas, la de los liberales nacionalistas y la del sandinismo. Si bien las primeras dos legaron cosas buenas, especialmente la segunda, pues estuvo cerca de generar una reacción y un orden coherente, nos fueron privando de varios aspectos propios de la nicaragüeidad, implantando en su lugar ideas ajenas que devinieron en el desastre de la revolución.

Es fácil echarle la culpa al catolicismo de todo lo malo que ha ocurrido en Nicaragua, pero no es algo preciso. A partir de la primera novedad, el catolicismo nicaragüense perdió la capacidad de defenderse, relegado a una posición clientelar. Para el tiempo del nacionalismo, estaba siendo subvertido por agentes extranjeros y endógenos, de modo que contribuyeron miembros suyos en la causa de traer a fruición la tercera novedad, el sandinismo.

¿Qué hizo la Iglesia antes de esto, cuando tenía plena capacidad de actuar y armonía con el Poder? Esencialmente, civilizar Nicaragua, y más que civilizarla, la creó, porque antes de ella no había nada que pudiéramos decir nicaragüense y después de ella está todo lo genuinamente nica.

A los ojos del modernista, la Iglesia es mala porque nos quiere subordinar a un orden pasado, cuando deberíamos avanzar, ir adelante. Tal avance y adelanto implicaría abandonar las cualidades que, como pueblo, nos diferencian tanto como nos hermanan con otros pueblos. Esencialmente, «el avance» nos acultura. No sé si esto lo sepan, pero es algo crucial. Un pueblo que adopta designios ajenos está a merced de potencias extranjeras, lo que por sí solo no es algo malo, pero cuando estas potencias son fuerzas de degeneración y no de sinergia y construcción, las consecuencias son fatales.

La idea de progreso que el modernista maneja es sinónimo de converger en los Estados unidos o en Europa (que por sí misma es vasalla de Washington). Ya sean los progresistas del pasado, que buscan al libre mercado y la cultura del cowboy, o los progresistas actuales, que añoran los edificios académicos del norte, la integración racial forzada, la diversidad ocasionada por fronteras carentes, las ideas modernas de justicia social, no-discriminación y ginocentrismo; todos colindan en los Estados unidos, al viejo o al nuevo.

En su intento de llevar a Nicaragua a esta utopía de americanismo, los modernistas entran en confusión. Afirman que Nicaragua ya es eso que quieren. Nicaragua ya es diversa, ya es sodomita, ya es feminista, pero, a la vez, pasan la mayor parte de su tiempo diciéndole a los nicaragüenses que se tienen que educar, aprender a no discriminar, a ser inclusivos, etc.

Tal vez esta confusión se deba a que el modernista pasa demasiado tiempo en las universidades, donde se concentra la élite cognitiva del país, la cual intenta emular enfermizamente a la élite cognitiva progresista de los Estados unidos (o de una alternativa soviética que ya no existe), y piensa que toda Nicaragua es la UCA o la UNAN. Es en esta tendencia donde uno nota la clara división entre ellos y los demás nicaragüenses.

Se dicen defensores del pobre y del campesino, del hombre común, pero también niegan a la religión, a las instituciones de orden y virtud como el matrimonio, al concepto de patria y nación, al Estado coherente, a la tradición.

Es decir, quieren salvar al hombre común alienándolo de todo lo que le da sentido de pertenencia y propósito. Quieren salvar al nicaragüense matando a Nicaragua, porque Nicaragua es machista, racista, colonial, homofóbica, y demás peyorativos anglosajones. Quieren hacer del nica un anglosajón mejor que los mismos anglosajones. Si esto no es colonialismo, y me atrevería a decir racismo también, no sé qué lo sea.

Ningún conservador nicaragüense despreciará al pobre, al campesino, al hombre común, pues es en ellos donde reside la dinamia conservadora más que en cualquier otra demografía. Ellos son, como se dijo durante la crisis, nuestra reserva moral y no comulgan con ninguna de las ideas de los académicos progresistas.

El discurso del modernista es también arrogante. Se siente mejor -aunque no lo diga-, a todo lo que sus compatriotas dicen y hacen. Busca transformarlos en algo, a sus ojos, superior y cree que esto se logra a través de la educación (de corte europeo, claro está); «estudiá, no seás policía» puede oírsele cantar en las demostraciones jacobinas. Casualmente también eso que desean está contenido en los intereses de los ingenieros sociales usonanos.

El modernista se dice a sí mismo: “¿Yo, someterme a algo más grande y anterior a mí? Nunca.” Pero ignora que en esa negación ya está sometido a un edificio intelectual más grande que él, anterior a él, porque todo está dentro de una tradición y las tradiciones se conservan. Que, por cuestiones personales, encuentre preferible las tradiciones derivadas de la ontología anárquica (anarquismo, socialdemocracia, comunismo, etc.), es decir, tradiciones extranjeras (porque ninguna faceta del nicaragüense fue jamás, por cuenta propia, anarquista, o socialdemócrata o comunista, sino más bien profundamente reaccionaria) que niegan ser tradiciones como tal e incluso cuestionan el principio por el cual las tradiciones nacen, es algo muy distinto.

El ímpetu por botar lo viejo y crear algo nuevo, como si esta novedad implicase bienestar por sí misma, es lo que nos puso en esta posición precaria para empezar y no las tradiciones con las que vivimos armónicamente durante varios siglos.

Fue la nueva Nicaragua del sandinismo la que nos dio a Ortega y al resto de lacras rojinegras. Fue la nueva Nicaragua del somocismo tardío la que nos costó una verdadera alternativa reaccionaria. Fue la nueva Nicaragua de Zelaya la que engendró decadencias europeístas y fue la nueva Nicaragua de los independentistas la que nos heredó el cáncer de la democracia y el liberalismo mismo.

Pretender un intento más de llegar a esta fantasía, sabiendo lo que ocurrió la última vez que fue invocada, es negligente como mínimo, mercenario en su punto más honesto. Más así teniendo en cuenta que esta novedad no es como las anteriores, en tanto es la culminación del proyecto iluminista en el país. Esta nueva Nicaragua implica la muerte de todo lo verdaderamente nicaragüense, todo lo que es nuestro y de nuestros hermanos.

No es algo que nos pase sólo a nosotros, sí. Es una tendencia global ocasionada por los designios del liberalismo, siempre al servicio del Poder, un poder extranjero que quiere acabar con todo intermediario entre nosotros y ellos. Un Leviatán, a todas las cosas devora.

El hecho de que nuestro gobierno luche contra algunas ideas del liberalismo social, si bien compartiendo otras, así como orígenes y algunas características, nos dice que este problema no va a terminar en tanto persistamos avanzando sobre estas nociones del Estado, de la naturaleza humana. De implantarse la nueva Nicaragua, la próxima generación hallará ideas más anárquicas, levantará nuevas barricadas y, en medio del caos, perderemos incontables vidas. La nueva Nicaragua se construye siempre encima de una montaña de cadáveres.

Finalmente, que esta diatriba no se entienda como una defensa al statu quo. Como antes dije, nuestra Nicaragua ya es una nueva Nicaragua. Tampoco entiéndasele como un llamado a la inacción, sino más bien a la prudencia. ¿Qué clase de cambio queremos?, ¿uno que nos asegure, dentro de unos años, la necesidad de más cambio, más violencia, más barricadas?, ¿no sería mejor cuestionar las fundaciones del mito liberal que es nuestra república, hacer un retroceso y luego avanzar por esa vía?

Imaginar una cultura post-liberal para Nicaragua puede ser un reto, pero con lo poco que queda del viejo orden es posible estructurar un ideario motor, o al menos sus cimientos. Ya sea por reforma o revolución, es algo que debe venir si queremos seguir pensándonos nicaragüenses e hispanos y si queremos verdadero orden, verdadera prosperidad. La alternativa es una masa de desalmados, inconexos, domados por la voluntad de élites que no llegan a comprender, creyéndose libres en medio del desierto y los gólem.

En tanto las características que definen a nuestro pueblo sean determinadas “machistas, racistas, homofóbicas” (conceptos ajenos) y puestas como defectos a erradicar, atribuidos a un viejo orden que ya no existe sino en residuos, una vez estos se deshagan, quedará algo nuevo, pero no se le podrá llamar Nicaragua.

Un comentario sobre “La nueva Nicaragua tiene doscientos años.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s