Vicio burgués.

Texto de Matthew Schmitz, publicado en First Things el 10 de octubre del 2019.

Mientras conducía de Illinois a Iowa, Donald McCloskey tuvo una epifanía. Había pasado las noches anteriores bailando en bares de lesbianas en Aurora, ahora regresaba a su casa en Iowa City, donde era conocido como un economista libertario y un «conservador en términos académicos». Una vez más se esperaría de él una actitud paternal hacia sus hijos, conyugal hacia su esposa. Él representaba esta expectativa, pero no veía otra opción de vida, hasta que llegó a él un descubrimiento: «puedo ser una mujer» se dijo, «¡soy una mujer!». En ese momento, Donald McCloskey se convirtió en Deirdre.

McCloskey hizo recuento de su cambio de género en sus memorias, publicadas en 1999 y reeditadas por la Universidad de Chicago con un prólogo extendido. Es una historia impactante, echando especial interés sobre el estatus de McCloskey como una estrella en el firmamento conservador. Ha sido galardonado con la medalla Edmund Burke, el premio Hayek y el Adam Smith. Su trabajo fue apoyado por la Earhart Foundation, cuyos fundadores creían que «el sistema de empresa libre y competitiva de los Estados Unidos, basado en la ética cristiana, es la forma más elevada de organización social». Publica regularmente en medios conservadores, incluyendo un número especial recientemente aparecido en National Review, instando a los conservadores a resistir al socialismo (la misma revista ha dicho que «es momento de hacer una concesión a todo lo trans«).

La magnum opus de McCloskey sigue siendo su trilogía sobre la «Era burguesa», una actualización de la descripción de Weber sobre los hábitos culturales subyacentes al orden capitalista. El trabajo de Weber, publicado en 1905, nos presentó al capitalismo como un retoño de la «ética protestante» de la burguesía. El calvinismo fue especialmente efectivo promoviendo un ascetismo terrenal. Para poder asegurarse a sí mismo y a otros la divina elección, el calvinista desechaba toda prodigalidad. Lamentaba los deportes dominicales y practicaba un «estricto alejamiento de todos los gozos espontáneos de la vida». Su aborrecimiento a la ropa ostentosa y su compromiso con la vida sobria le ayudaron a ahorrar más que a gastar.

Mucho ha cambiado en estos cien años. Una burguesía de pueblo pequeño, patriotismo y fe protestante, ha dado lugar a una clase dominante, administrativa, profesional y cosmopolita. La defensa de las virtudes burguesas de McCloskey reflejan este cambio. Celebra el gusto con el cual la nueva burguesía rompe los viejos lazos. «La rotura de restricciones en los sesentas que tanto enfurece a los neoconservadores no fue el inicio del pudrimiento cultural» concluye, «sino el cumplimiento de una profecía de siempre creciente libertad». En el recuento de McCloskey, lo que alguna vez fue considerado una falta del capitalismo hoy hace fila junto a sus logros más supremos. Vivimos al despertar de un enriquecimiento cultural y económico que ha «posibilitado más vidas». La gente ahora es capaz de asumir nuevas identidades «revisando dentro de la cornucopia, haciéndose ellos mismos en su música y su ropa». Esta es la apologética actual para el capitalismo, celebrada por el movimiento conservador de hoy.

A pesar de los esfuerzos evangelizadores de McCloskey, algunos no lograron apreciar el esplendor de las nuevas libertades. En el prólogo a sus memorias reeditadas, McCloskey censura a todos aquellos que no han podido aceptar su identidad como mujer. Después de todo, la gente cambia. «¿En una sociedad no se les es permitido? Díganme por qué no.» Esta apelación a la libertad es poderosa. La esposa de McCloskey, junto a sus hijos, le fallaron al no aceptar su cambio de género. Veinte años van y aún no se dirigen la palabra. Pocas instituciones les han apoyado en esto. Organizaciones conservadores inclusive, tales como el Acton Institute, se refieren a McCloskey, de manera impecable, como «ella».

Se sabe muy bien que cualquiera que cuestione la validez o utilidad de la noción moderna de la identidad de género, y en especial cualquiera que «asuma el género» de una persona, ha de ser un intolerante. Como escribe McCloskey en su memoria, «la transfobia del feminismo radical es aliada de los asesinos de homosexuales de Matthew Shephard». La posibilidad de que existan buenas razones para dudar de la teoría de género, o de resistir sus protocolos verbales, ha sido excluida de cualquier conversación educada.

Incluso aquellos que no aceptan los postulados trans algunas veces acaban adoptando sus términos. Es cierto que no referirse a las personas como estas desean puede acabar en desprecio más que en amor, sacrificando la amabilidad por una verdad mayor, pero no es claro lo que el amor demanda. Si tu esposo llega a casa un día y dice que es una mujer, ¿estarás obligada a aceptarlo? Cuando McCloskey le dijo a su esposa que era una mujer, ella preguntó: «¿y yo quién soy? Una mujer que vivió treinta años con… ¿otra mujer?» Las potencias culturales que han confirmado la nueva identidad de McCloskey – los gobiernos, las universidades, los medios de comunicación masiva, las fundaciones conservadoras y algunas iglesias- han respondido todas con un rotundo .

La GLAAD (Alianza gay-lésbica contra la difamación) define la identidad de género como «la noción profundamente sostenida por cada uno sobre su género». Se descubre consultando los propios sentimientos, no observando el cuerpo o habitando roles socialmente asignados. La exhortación de Polonio a Laertes: «a vos mismo séte sincero», fue antes comprendida como el sentimiento de un idiota. Hoy es un lema repetido incesantemente en público. A pesar de su supuesta cualidad ‘queer‘, el fenómeno trans tiene de base nuestra propia aceptación del cliché.

Mientras los conservadores establecidos se acomodan a las aseveraciones de la identidad de género, las teóricas feministas han empezado a retarlas. Las feministas críticas del género cuestionan la validez y utilidad del concepto. Uno de sus argumentos es que, a través de toda la historia de la humanidad, la mayoría de personas fallaba al tratar de discernir una innata y profunda sensación de identidad de género. En la mayoría de los casos, los humanos inferimos nuestro género de nuestra biología y nuestros roles sociales. Hacer lo contrario requiere cargar una absurda cantidad de estrés sobre estereotipos contingentes (las niñas usan rosado; los niños usan azul).

Las feministas críticas del género han sufrido vilipendio constante. Tales métodos son utilizados contra quienes cuestionan cualquier juicio trans. McCloskey fue de los primeros en utilizarlos, aunque este aspecto de su carrera no esté presente en sus memorias. El receptor de su acoso fue J. Michael Bailey, un profesor de la Northwestern University, quien apoyaba transexuales e incluso les ayudaba a obtener sus cirugías. A pesar de esto, Bailey era un hereje. Consideraba al fenómeno trans como salido de un deseo erótico más que de una identidad innata.

Movido por el disgusto, McCloskey y otros activistas formularon cargos formales por mala praxis científica. Apoyaron a uno de los sujetos de prueba de Bailey que afirmaba haber sostenido «relaciones sexuales» con él. Hicieron llegar sus quejas al Departamento de regulación profesional de Illinois, arguyendo que Bailey había proveído servicios psiquiátricos sin licencia. Alice Dreger, antes profesora de humanidades clínico-médicas y bio-ética en Northwestern, publicó un examen exhaustivo de estos cargos en los Archivos de conducta sexual. Dreger encontró que los cargos eran, o falsos (prácticas psiquiátricas sin licencia), o dudosos (sexo con un sujeto de prueba).

Tales actos persisten en discordancia con el libertarismo que McCloskey profesa. Él protesta los intentos de su hermana por darle atención psiquiátrica e insiste que «dado que no hay fraude fiscal, el gobierno no tiene interés en detener a alguien de decirse del género femenino» pero, a la vez, no duda en utilizar las leyes estatales de licencias y los procesos disciplinarios institucionales contra sus opositores.

McCloskey se describe más empático y amable desde que hizo el cambio. De repente, él es la mujer en la familia. Mientras más cualidades femeninas va tomando, afirma, su esposa de mente cerrada se convierte en «la fuerza masculina». Su fallo al aceptar esta nueva identidad es un signo de agresión y egoísmo masculinos. Ella le pide que vaya más lento. Él le dice que es un «patético fallo como esposa».

McCloskey encuentra una cálida bienvenida en su trabajo. Su nicho académico es afín. Cuando McCloskey anuncia su transición, su nicho responde: «gracias a Dios… Pensamos por un segundo que ibas a volverte un socialista (!)». Cuando McCloskey encuentra gente «de mente cerrada», suele encontrarlos en un estrato más bajo. Durante una convención drag, McCloskey da veinte dólares a una mucama del hotel. Ella, como reflejo, le contesta: «gracias, señor». McCloskey violentamente usurpa la factura, devolviéndola al decir «gracias, señora». Cuando un taxista le dice «señor» al final del viaje, McCloskey le lanza una mirada diabólica.

«El cambio de género» escribe McCloskey «es una cosa de la libertad, venida de una larga línea de liberaciones desde 1776 hasta ahora». Esta libertad está siendo avanzada a través de la intimidación profesional, la presión económica y la pesada mano del Estado. Los conservadores ostensibles han colmado a su campeón con honores, ignorando los reclamos de su familia. No ven, o no les importa ver, que la liberación requiere siempre de coerción y que la virtud burguesa es ahora tremendo vicio.

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