Discurso de la muerte de Zaratustra.

Atribulado, gozando sus últimos días, se encontraba soñando en una hamaca de bejucos en algún lugar de las Segovias. No quería pasar sus últimos momentos en el bullicio patibulario de su ciudad. No pudo volver a ella después del terremoto, menos, después de la guerra. Se rieron de él por difundir sus enseñanzas con los ricos de espíritu y despreciar a los pobres de alma. Su cuerpo quedó marcado por los escombros y embustes que vilipendiaban contra él, su cuerpo aguantó, más su alma no pudo.

Cobijado bajo el denso y negruzco manto de vegetación que se extendía por aquel territorio carente de límites, entre bejucos, pinos, tayacanes, guapinoles, guanascate y alguna que otra especie bastarda perdida entre los libros de algún biólogo. El sonoro estaba conquistado por los grillos, los gritos histriónicos de los monos congos, por la sinfonía mesoamericana de los chocoyos y urracas y la débil y pausada respiración de él. Cada inspiración era el vaticinio de su final, pero con el tabaco que inspiraba, sus mil y un sueños se esfumaban diáfanamente junto con el humo, soñando lo que logró y no logró; o aquel ron que anestesiaba su moribunda conciencia después de tanto. Era su despedida perfecta, cada trago era un brindis por la humanidad y su pueblo y por aquel epitafio que tallaba con cinceles en su conciencia en réquiem de su extinta inocencia.

En el unísono del concierto de aquel paisaje, la bala rompió con las notas naturales, el preludio de aquel acto irrumpió en la monotonía de los jabalíes y los cusucos. Las loras gemían ante aquella muerte, y los bejucos se marchitaban, pero ¿por qué?

Entre los aforismos de Cioran se encontraba la explicación, pero, ¿por qué profanar los hechos inefables de la miseria ajena?; su cadáver es la evidencia de la crueldad de Dios con los buenos del mundo, de la desesperanza y la tortura con la que un alma, destinada a profetizar un bien entre tanto endemoniado.

La misma naturaleza se encargará de darle la sagrada sepultura, a él y a su legado, que pasó y pasará desapercibido. Ciertamente algunos estamos destinados a un funesto anonimato del devenir y su cruel paso, por aquellos que valientemente se enfrentan a ella escribiendo día a día los sermones que inspirarán a los valientes que lean las letras prohibidas por el espíritu como claro desafío ante las miserias que nos acaecen.

La chiva húmeda del cigarro y el goteante ron que salta de la botella escenifican aquella fotografía negativa que todos llevamos adentro. Aceptamos el desafío de vivir, pero no todos logran soportarlo, por su parte, él no pudo, pero no se le puede culpar por rendirse ante las vicisitudes que su impía y pura alma no permitió adaptar. Ahora será inmune de todo mal y bien en el cantar y bailar de la vida, donde su errante alma profetizará junto a los animales los sagrados mandamientos de la existencia, los cuales, sólo los valientes y libres de espíritu podrán argüir para el vulgo de los pueblos y las ciudades, tal y cómo él trató, antes de ser llamado loco y embustero. Quizás después de todo, no todos son artistas de la vida para morir de forma tan profética ni artística en el limbo vegetal de aquel bioma que transfigura y pelea a diario con la destrucción del humano.

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