Desmontando la mitología autoconvocada.

Lo ocurrido el año pasado, es decir, la masacre más reciente del sandinismo, nos dejó varias expresiones de protesta, como suele ocurrir en las agitaciones jacobinas. Estas van del irrespeto hacia el tirano hasta demostraciones de cripto-sandinismo («Daniel, Somoza, son la misma cosa» o «que se rinda tu madre»); entre ellas, las hay también humorísticas, pero en el humor se esconden sentimientos más profundos, mensajes inconscientes.

Subrayo una consigna en particular, una de las más repetidas. «¿Cuál es el la ruta?», si bien en su sentido literal nos dice lo que queremos todos (que se vaya), me parece también que tiene que ver con la necesidad de un guía competente alrededor del cual congregarnos. De cierto modo demuestra algo de envidia a la figura que el sapo tiene de su comandante. Otorga seguridad y mayor capacidad para hacer cosas.

En el bando azuliblanco, mientras, negamos a nuestros propios líderes competentes. No hablo de la Alianza o los cabecillas del pelotón de acrónimos que obtuvimos de esta ‘pluralidad’. Ellos son igual de incompetentes y están tan sucios como cualquier sandinista porque, efectivamente, son, en su mayoría, (cripto-)sandinistas.

A nuestros líderes los mató la revolución. Terminaron degollados, fusilados, quemados vivos; los más «suertudos» exiliados en Miami, muertos en Paraguay, manejando taxis en Managua, en pobreza u olvido; algunos fueron haciendo lo que podían para evitar la ruina total del país. También acabaron muertos, les dispararon en bares, cuando volvían a casa, en momentos inesperados, su memoria enterrada en una maraña de mentiras, en montañas penumbrosas.

La falta de jerarquía y orden es una desventaja que veo a muchos pintar como fortaleza. No es bueno que este movimiento sea autoconvocado porque como movimiento autoconvocado es demasiado débil. No logró más que llevar al gobierno a convertirse en una peor versión de sí mismo y eso es importante de resaltar. Atacar al poder no es buena idea cuando no tenés vos mismo ninguna clase de poder tangible. Los ataques frontales, las «revoluciones», tuvieron siempre patronos, fuesen externos, trabajando a través de la subversión desde el extranjero, o internos, funcionarios con lazos en la guerrilla, que perdonan a un bando, demasiado clementes. Estos elementos construyen poder.

La izquierda rápidamente nombrará patronos usuales de la derecha: la Iglesia, Estados Unidos, los capitalistas, pero se olvidan de que las victorias que la derecha logró por estos patronos fueron temporales y que estos mismos vienen funcionando como patronos de la izquierda desde hace décadas ya. A Somoza, recordemos, lo derrocó una combinación de sacerdotes comunistas educando a la juventud, capitalistas resentidos, injerencia cubana, un centro de poder estadounidense (establecimiento demócrata a través del departamento de Estado) y varios miembros de la administración y las élites, con afinidad a la guerrilla, producto en gran medida de las primeras dos causales.

La guerrilla fue el cliente de esos patronos y, aprovechando esta intersección de centros de poder haciendo presión sobre la estructura somocista, llevaron a cabo su cometido; el mérito no es suyo en absoluto. La justificación, claro, era «el pueblo» y sé que muchos lo creían así, pero el pueblo fue nada más una herramienta que los patronos les dieron.

Nosotros tenemos al pueblo, pero nos faltan los patronos para poder hacer cualquier cosa significativa. Nuestros patronos potenciales son los Estados Unidos, los capitalistas y la Iglesia, pero los incentivos no son los mismos. La política externa de Estados Unidos no es lo que solía ser, para bien o para mal. La Iglesia podrá ya no ser comunista, pero un trazo de eso queda, apartando el hecho de que su poder es más simbólico que tangible y hemos visto la falta de cooperación en los capitalistas, los que antes apuñalaban a Somoza con sus cierres patronales y ahora le hacen cosquillas en la panza a Ortega.

Un buen líder podría negociar el apoyo de estos patronos y movilizar a la población como hizo el sandinismo contra la derecha. Esto no significa que la ideología motor va a ser alguna clase de populismo barato. El fundamento de esto tiene que ser el orden, lo que puede ser difícil de vender, pero con los patronos eso es lo de menos.

Poner al orden como valor central es imperativo para preservar la coherencia de un gobierno futuro, evitando así que ocurra otro julio que nos lleve a un abril. Tampoco significa que la vanguardia la puede llevar cualquiera, pero yo creo que en este país queda algo del viejo liderazgo, esperando, acaso una chispa en nietos o hijos. Casi seguro estoy de que, con buenos líderes, esto pudo haber sido un golpe exitoso, sin exceder el mes.

Pero para obtener buenos líderes tenemos que reinvindicar primero a los viejos que no supimos apreciar, eliminar de su imagen todo engaño sandinista y trabajar con ellos. No va a haber otro gran estadista si llegás a escupir a la tumba de su antecesor porque no era «democrático». El dogma democrático es una de las cosas que permitió a Ortega y al sandinismo existir en primer lugar. Cualquiera puede decirse portador de la voz del pueblo y casi siempre son estos quienes más daño le hacen.

Estar en contra de la democracia no implica, tampoco, que el sistema que proponemos esté de alguna forma relacionado con el sandinismo. Si acaso el sandinismo es lo que pasa cuando en una democracia un partido se queda sin contrapeso. Es muy simplista entender a los gobiernos solamente como democráticos o no democráticos, ya que existen muchas formas de organizar a una nación más allá de lo que nos han enseñado (¿es esto un ejemplo de colonización demócrata?).

Monarquías y dictaduras no son la misma cosa, así como tampoco son iguales estas entre sí mismas. La democracia tiene exactamente el mismo potencial que las demás formas de gobernanza en terminar con alguna masacre, o incluso más, dada su inestabilidad inherente a cualquier sistema con divisiones de poder tan pronunciadas y con tanta apertura a influencias y designios extranjeros (estadounidenses, pues).

La idea de que la antigua dictadura era malévola porque la actual hace cosas que la anterior hizo es errónea. Lo he dicho muchas veces y lo repito acá: no es lo mismo usar un martillo para clavar un clavo que para romperle la cabeza a alguien. Que si Somoza mataba, ¿a quién mataba?, ¿te consta?, ¿quién dice que mataba, un sandinista?, ¿el hecho de que matase afectaba negativamente a la nación?, ¿han leído literatura somocista o siguen lo que el MINED y La Prensa les han repetido los últimos cuarenta años?, ¿saben siquiera que hay literatura somocista?

El problema entonces no son las cosas que hace Ortega, porque la fuerza estatal es una herramienta que puede servir tanto para bien como para mal, sino más bien que esa fuerza la usa sin justificación y contra personas inocentes, algo que se trató de evitar. La palabra tiranía tiene un significado más allá de «gobierno no democrático» y a mí se me ocurren miles de casos en los que prohibir las marchas estaría totalmente justificado, así como otros mil ejemplos en los que sería totalmente legítimo asestar con fuerza a manifestantes (si los apoya una guerrilla marxista, por ejemplo) y encarcelar masivamente (si son parte de la ya mencionada guerrilla marxista, por poner otro ejemplo) así como torturar (si no quieren revelar información sobre las actividades de la tan conocida guerrilla marxista). Que esto se parezca a la justificación que usa el sandinismo para su represión habla más del sandinismo que del General Somoza y creo que todos sabemos por qué. No es casualidad que los acusados de ser terroristas terminasen haciendo terrorismo de Estado una vez en el poder.

El problema no es el liderazgo ni la jerarquía ni el autoritarismo. El problema es la degeneración de estos conceptos a raíz de cambios bruscos ocurridos por la fuerza en nuestro pasado y algunos potenciales, más sutiles, que puedan venir en el futuro. Querer botar órdenes establecidos sin entenderlos y sin buen liderazgo nos va a dejar en una situación más precaria.

Nosotros hace rato entendimos muy bien este orden. Incluso los más ideológicos de ambas posturas logran comprender extremadamente bien partes de él y su posición con respecto al resto del mundo. Lo que nos faltó desde el inicio fue un buen cerebro, un líder. Dirán que así es más fácil ganarnos, teniendo un sólo objetivo que destruir para botar la organización pero, ¿quién es más fuerte?, ¿un hombre sano o una nube de zancudos? Cuesta más disolver la nube y puede que te deje mal de salud, pero un hombre es capaz de hacerte muchísimo más daño en un plazo más corto.

Nuestro país viene en picada no desde que empezamos a confiar en estructuras jerárquicas o en autoridades. Esto, en verdad, lo hemos hecho incluso antes de ser concebidos como nación y probablemente lo haremos siempre; no somos excepción en el mundo tampoco. La caída ocurre cuando el poder se divide y los centros de poder utilizan ideologías que niegan al poder mismo, en operaciones demagógicas, para justificar la centralización en sus manos, lo que crea contradicciones e incoherencias en la ideología que legitima la estructura de mando, abriendo la puerta para que otros centros hagan lo mismo con la estructura que los primeros establecieron, generando conflictos bajo líneas similares que repiten y agravan el ciclo. La división del poder es la raíz de todos los males.

La conclusión de este análisis es que venimos en picada desde los tiempos de la independencia y que, en momentos donde más autoridad, más poder y, sobre todo, más coherencia hubo (los treinta años conservadores, Zelayismo, Somocismo) fue cuando esta nación creció más, tanto material como anímicamente. Eso teniendo en cuenta que, fuera de la Monarquía universal española, no hemos tenido un sólo gobierno enteramente coherente en nuestra historia.

No podés fundar un Estado con el mito autoconvocado así como no podés hacerlo sobre el revolucionario. Asumiendo que dejamos este estigma con los líderes y conseguimos un golpe exitoso, cuando el gobierno futuro enfrente a los subversivos, terroristas de verdad, como siempre han sido, no va a poder actuar sin contradecirse y al contradecirse darán legitimidad al bando pretendiente. ¿Qué van a hacer los autoconvocados cuando el sandinista, financiado por quién sabe (((quién))), sea el nuevo «autoconvocado»?, ¿qué hicieron los sandinistas cuando los revolucionarios dejaron de ser ellos y qué les ha ocurrido desde entonces?

Los cambios en la sociedad los ejecuta quien tiene el poder. Es la cultura la que deriva de la política y no al revés. Nos lo enseñaron la revolución y sus secuelas. Gana el que tiene más poder y no el que tiene los números. Los números, con buenos líderes que, siendo buenos, consiguen divisas, constituyen un poder formidable.

Sólo la centralización y formalización del poder detendrán las masacres de inocentes y su manipulación. Separar el poder dentro de una misma estructura (imperium in imperio) las hará más probables, si no seguras; Mencius Moldbug lo dejó muy claro:

El orden es bueno simplemente porque es orden, y las alternativas al orden son la violencia en el peor de los casos, o la política en el mejor de los casos. Si los Borbones no reinan sobre Francia, alguien más lo hará: o Robespièrre, o Napoleón, o el Canaille du Coin.

Pocos son capaces de aceptar estas verdades porque implican desechar el mito de la revolución espontánea, originado en la ontología liberal, que tanto caracterizó al movimiento azuliblanco, pero la verdad es que ninguna revolución exitosa ocurrió sin buenos patronos y, lo que es más importante, sin buenos líderes.

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