¿Hay vida después de Daniel?

La caída de Daniel Ortega o, mejor aún, del FSLN, representa apenas el inicio de un cambio de era para Nicaragua. Es innegable que el Frente morirá junto a su supremo líder, no tienen salvación, pero el sandinismo como ideología, en las nuevas formas que ha adquirido, seguirá respirando y queriendo mantener un ethos de izquierda, un ideal de socialismo -personificados por el sandinismo renovado- que nos seguirá amenazando, haciendo apología modernista adaptada a los nuevos designios mundiales del progresismo transnacional. Pero, ¿qué tan aterrador es en verdad el panorama?

El primero de tres escenarios es el que más fuerte se vislumbra hoy por hoy. Para nadie es novedad que varios de los movimientos u organizaciones espontáneas que nacieron como oposición a raíz de la insurrección de abril, se consolidaron en el presente gracias a la mano invisible del MRS y sus «comandantes» (hoy llamados «líderes sociales»). Conglomeraron la mayor cantidad de movimientos estudiantiles, les reajustaron sus justas pretensiones por algo más moderado y manejable (¿manoseable?) y los aglutinaron con otro sinnúmero de movimientos sociales de claras inclinaciones ideológicas afines; ¿López-baltodanismo?, ¿tellecismo?, ¿les suena? Seamos prácticos: es el mismo sandinismo, pero con «buenos modales», más «democrático» que nunca y con esta nueva máscara llamada «unidad»; es una artillería política muy bien engrasada. De seguro estuvieron viendo de cerca a la MUD.

Esta gente tiene todo listo para ir de lleno a unas elecciones, adelantadas o no. No hay nada fuera de sí (según ellos) y criticarlos es «divisionismo», qué democráticos, ¿no? Pase lo que pase, serán los cabecillas que se le enfrenten a Daniel y el FSLN y tienen el cuadro bien rayado. Al menos esas son sus pretensiones y no veo mucha resistencia.

Una vez en el poder, los primeros años serán dedicados a «restaurar» la nación, justicia transicional o algún neologismo del estilo, pero su agenda real, para lo que de verdad desean el poder, ha quedado más que clara. Con ellos viene la intronización de Nicaragua a una ‘Dictablanda Progresista’. No tardarán mucho en imponer el paquete completo: sodomía, aborto, anticlericalismo, emasculación psicológica (y tal vez hasta física) de los varones, igualitarismo, corrupción de menores; todo en pos de una «apertura al mundo». Todo lo que haya degradado a las sociedades del primer mundo en su máxima expresión posible, lo trendemos en versión criolla. Vamos muy por detrás en la carrera del suicidio nacional y eso les disgusta, por lo que hará falta bioleninismo con esteroides en una nación aún ensangrentada. Se nos viene como una atroz avalancha.

Este escenario es prácticamente inevitable. Bajo su discurso trillado de «democracia» han acaparado el descontento y lo han canalizado hacia una falsa oposición. Tienen una dictadura casi perfecta, lista para sustituir el poder de Ortega y utilizarlo de formas incluso más destructivas. Lograron hacerse con la lucha y no van a soltarla; sórdido.

La segunda teoría puede parecer de chiste, pero en río revuelto, ganancia de abusadores. Nicaragua sabe mejor que cualquier otro de pactos y prebendas y ya que perdemos la memoria tan rápido, nos la dejamos montar fácilmente.

El liberalismo es un camaleón histórico y en plena segunda década del siglo XXI las cosas no van a cambiar. Es secreto a gritos que Ciudadanos por la libertad quiere su tajada del pastel en todo esto. Se ve más fuerte que nunca un posible retorno del liberalismo en el paisito. Los liberales tienen claro que solos no podrán nunca, por eso deben aliarse con su contraparte de cara lavada. Toda una fusión funesta, liberalismo y sandinismo juntos, pero Arnoldo nos demostró cuán pródigo podía ser ese matrimonio. Un liberalismo progre con matices de centro-derecha (izquierda light), pero siempre buscando su beneficio preponderante en todo: corrupción, lavado de activos, nepotismo y todo lo que ya conocemos bien, pero que, por lo visto, preferimos hacernos la vista gorda.

En los primeros años transicionales puede que este neoliberalismo se implante a sus anchas, la verá difícil contra los «líderes sociales» sandinistas, pero será solo cuestión de tiempo para que lo veamos tan fuerte como aquel PLC de los 90 y cuyo final ya se sabe, todo un círculo vicioso inagotable. En tanto les permitan hacer desfiles del Pride y el resto de rituales progresistas, la corrupción (¡ajena!) les parecerá tolerable.

Como tercer y último escenario plausible, se tiene la opción de un resurgir de la verdadera derecha nacionalista en Nicaragua. Para problemas hondos se necesitan acciones igualmente profundas. La idea de que nazca una opción derechista no es inalcanzable. Esta nación es esencialmente conservadora; nuestro conservadurismo nos define en identidad y en comportamiento. No por nada somos el país de Centroamérica menos subvertido hasta la fecha.

Una opción de derecha se puede apreciar en diferentes ámbitos de convergencia social, la mayoría jóvenes y seres probos hartos del cuento de «Orteguismo no Sandinismo» y que no quieren ver a una gran nación sumida en el desastre del orden mundial liberal; aquellos que no se sienten representados por ninguna facción moderna.

Dado el acaparamiento de espacios por la Izquierda y pensando en una sostenibilidad a largo plazo, puede que esta no sea alternativa inmediata o transicional, pero sí puede que aparezca para un segundo período post-Ortega. Lo más probable es una fusión factible de conservadores, reaccionarios, paleolibertarios, provida, distributistas y capitalistas o aficionados a un pensamiento antiprogresista, antisocialista y de amor verdadero y sano por la Patria.

A lo mejor lo hago sonar fácil, pero requiere de esfuerzo y de consolidación, aspectos muy trastocados en la coyuntura actual. Es viable, al fin, que junte una mayoría verdadera, no manipulada ni viciada, autosostenible y que garantice a Nicaragua un verdadero futuro. Suena prometedor, pero solo Dios y el tiempo pueden dar la razón a tan encomiable necesidad. Los caminos por recorrer son cruentos.

Quitar a Daniel es apenas un ápice en el complejo político nacional. Cada escenario bajo la visión democrática es claro, pero llegar al ideal siempre será lo más difícil. Después de todo, salvar a un país entero de una ideología sangrienta es como curar a alguien de cáncer; no es babosada.

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