A favor de la desigualdad.

Texto traducido y adaptado a partir de un hilo de Twitter, escrito por el usuario Zero HP Lovecraft el 29 de agosto del 2018.

Hoy, amigos míos, les predicaré sobre la desigualdad. Les explicaré por qué la desigualdad es una virtud, por qué deberíamos cultivar la desigualdad, abrazarla y aspirar a ella siempre que podamos.

 

I

Cuando miramos alrededor y vemos a nuestro prójimo (¡o prójima!), ¿qué drama vemos expuesto una y otra vez si no es el drama de la carencia de rumbo y el nihilismo? El otro día un amigo me comentó:

«Básicamente soy un nihilista. Fumo hierba, bebo y fornico. No tengo nada por qué vivir.»

Así es como se vive gobernado por ideas liberales. Estas ideas dicen que un hombre y una mujer son intercambiables, que las personas de diferentes culturas son intercambiables, que cualquier hombre es bueno para cualquier propósito, ¿y nos preguntamos todavía por qué nos sentimos inútiles?

Lo que hace tan atractiva a la desigualdad y, a la vez, lo que a muchos hace falta entender, es que un mundo de igualdad es un mundo carente de sentido. El atractivo de la desigualdad y de la jerarquía es que todos tienen un lugar y lo saben. En ese conocimiento hay seguridad. Cuando le pedís a la gente que abrace la igualdad, los halagás para destruirlos. Cuando pretendés que sos igual al resto, dejás de intentar cultivarte y mejorar. Es justo en ese momento en el que dejás de crecer y empezás a morir. Ahí está el nihilismo inevitable en el concepto.

Tal vez dirán que esto es un hombre de paja, que en realidad los proponentes de la igualdad hablan de ciertos tipos de igualdad más que de un principio universal. Este no es el caso. Todas las doctrinas de igualdad parcial son isótopos inestables de la igualdad total.

 

II

La responsabilidad personal siempre ha sido, y siempre será, un impulso derechista. Cuando aceptamos y apreciamos la desigualdad, sólo ahí somos capaces de usar a nuestros superiores como modelos para mejorar. La igualdad nos roba de esta facultad de auto-mejoramiento, destruye toda posibilidad de mejora, dado que enseña que ya sos perfecto de cualquier forma importante y las medidas en las cuales sos deficiente no están en tu control.

Mi amigo el nihilista no está feliz en su nihilismo. Las descargas efímeras de placer, sentidas de momento a momento, son sólo la punta de un recuerdo nefasto del sinsentido absoluto que es su vida; ha sido privado de todo contexto en el universo.

 

III

Yo creo que nosotros estamos programados biológicamente para creer, para la fe. En los últimos cien años pudimos apreciar el colapso de la religión y, de ahí, hemos visto el colapso de la estructura, del significado y la identidad (aunque más que un colapso, fue una disolución en ácido). La jerarquía, en este contexto, vendría a ser la estructura dadora de sentido e identidad. Si sos derechista, no querés destruir la civilización sólo porque vos en privado no creés en sus dioses. Tenemos que entender que la fe no es estrechez de pensamiento, la fe es entender que existen verdades fuera de la naturaleza, verdades que son absolutas.

La fuerza, una virtud, viene de la fe en cosas que están filosóficamente cimentadas y que te parecen reales. La tiranía de las ideas liberales, supuestas vencedoras de toda tiranía, transforman a toda fe en irrealidad y al hacerlo imposibilitan la fuerza. ¿Por qué creen que los izquierdistas viven repitiendo lo débiles que son, hablando sin parar sobre lo rotos que están, sobre cuánto dolor sienten, cuán cansados están, ad nauseam? Es porque sus creencias ha transmutado la fuerza de una virtud a un vicio y consideran que esta no tiene sentido y es abusiva por ser iliberal.

Todos queremos ver hacia arriba, así sea a un hombre superior o a un dios, pero el liberalismo ha criminalizado esta necesidad del alma. “El principio de la sabiduría es el temor de Dios” esto de niño no lo pude terminar de comprender porque desde el liberalismo resulta incomprensible. Así mismo, si la fuerza es algo criminal, la autoridad es algo criminal, por tanto, la izquierda consiste en una revolución permanente que busca derrocar toda autoridad.

Claramente quienes nos gobiernan nos han decepcionado, pero no porque posean autoridad, sino porque esta autoridad que poseen no es merecida. Hoy día no nos gobierna una élite militar o política. Nos gobierna una élite comercial tan degenerada que incluso los liberales son capaces de ver lo impropio de tener a la usura y a la ganancia como objetivos morales, pero en su moralidad pervertida, piensan que el problema es un exceso de fuerza.

Fuerza y autoridad no son lo mismo, pero la fuerza proyecta autoridad. Nuestras élites han invertido toda decencia porque llaman a la cobardía por el nombre del valor y llaman sumisión a la fuerza. Al hacer esto, desfasan su autoridad y abdican de toda responsabilidad.

No podés tener autoridad sin moralidad y no podés tener fuerza sin fe, y tampoco podés tener fe en algo con fuerza mientras sostengás nociones liberales, porque si todo es igual, nada es mejor que nada y todas las creencias son sinsentidos. Para escapar de este infierno principalmente psicológico, debemos encontrar una manera de creer en algo, de modo que destruyamos a todos los ídolos falsos de la igualdad, drenadoras de nuestra vitalidad; nos vuelven derrochadores, carentes sentido.

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