Náhuas y chorotegas.

En El nicaragüense, Pablo Antonio Cuadra expone un dualismo nica fundamentado en las dos tribus principales que habitaron lo que hoy es Nicaragua antes de la colonia. Habla de Náhuas, guerreros autocráticos, comerciantes, y Chorotegas, artesanos horizontalistas, levantamuros.

Así descritos (cursivas de PAC):

Los Chorotegas eran gente valerosa, grandes artífices, gustaban de la vida familiar, amorosos con sus mujeres, tanto que Oviedo escribe que eran «muy mandados e subjetos a la voluntad e querer de sus mujeres».

En cambio, los Náhuas o Nicaraguas, según el mismo cronista, «son muy crudos e natura, e sin misericordia e de ninguna piedad usan… E son muy señores de sus mujeres (eran machistas) e las mandan e tienen subjetas.”

Los chorotegas eran más civiles. Los Náhuas, militaristas. (p. 106, 13va edición, Hispamer).

Además, menciona las relaciones históricas entre ambos pueblos (negritas mías):

Los Chorotegas eran dueños o se habían adueñado -posiblemente desde el siglo IX- de casi todo el territorio del Pacífico. Varios siglos después los Náhuas, precedidos por su fama de guerreros, bajaron del norte buscando territorio. Los Chorotegas […] salieron a encontrarlos y les dieron batalla derrotando a los invasores. […] Pero los Náhuas viendo que no podían vencer con el valor y la fuerza, tramaron un ardid. Fingieron que querían la paz […] Les rogaron a los Chorotegas que los dejaran pasar hacia el sur y alegando que habían perdido muchos hombres en la derrota, suplicaron implorantes que les facilitaran cargadores o «tamenes» para aligerar el viaje. Los Chorotegas, felices de salir diplomáticamente de aquella amenaza, les facilitaron todo lo que pedían, inclusive los tamenes que solían ser los más robustos y forzudos jóvenes. Entonces los Náhuas, en la primera noche de viaje asesinaron a todos los cargadores y tras esa tremenda sangría cayeron sobre los confiados Chorotegas, derrotándolos y apoderándose de las dos mejores zonas cacaoteras de nuestro país: la de Chinandega y la de Rivas.

Así comenzó el dominio de los Nicaraguas o Náhuas. Su dios era Mixcoa, que ellos convirtieron en dios del comercio (dios muy agresivo en todos los tiempos) y su objetivo, al apoderarse de tales tierras, era acaparar los árboles de cacao, cuyas almendras servían de moneda. (Ibid.)

Con la Conquista, los náhuas son asimilados y los chorotegas relegados a enclaves. PAC afirma que los humores de estas dos tribus, a pesar de su subordinación a la monarquía española, permanecen en el carácter de la sociedad nicaragüense, moldeándola y creando un ambiente político muy interesante.

En Nicaragua, la interacción y fusión de culturas indias aún no llegaban a formar una síntesis cuando se produjo la Conquista española; por tanto, el mestizaje que propició España, no sólo mezcló al indio y al español sino elementos culturales indios muy dispares, lenguas y sangres. (p. 106-107)

Y por último menciona que (negritas mías):

El enfrentamiento de Chorotegas y Náhuas -una cultura ya vieja de ocupar la tierra y por lo tanto, cultura sedentaria, con una cultura que había roto con sus raíces, itinerante, invasora y por lo tanto, nómada- contrapuso elementos y actitudes culturales antagónicas. El Chorotega (sedentario), la actitud de amurallamiento que, como afirma Ricardo Maliandi, es símbolo y signo de la tendencia «retrospectiva». En cambio el nómada se especializa, no en construir murallas sino puentes o actitudes pontificales (un pie en lo suyo y otro pie en lo ajeno). Cuando llegó España los Chorotegas mantenían actitudes e instituciones-murallas destinadas a contener el expansionismo náhua. Cultivaban un incipiente o larvado nacionalismo. Por eso supieron defenderse mejor de la penetración española (todavía apreciamos núcleos subsistentes de ese espíritu como Monimbó). Pero tal actitud debía pagarse con un saldo costoso de provincianismo. En cambio los Náhuas, que apenas enraizaban y apenas comenzaban su proceso sedentario y que mantenían vivos todos los factores de su cultura-puente, expansiva y militar, fueron más fácilmente arrollados por los españoles. El mestizaje hispano-náhua fue mucho menos indio que el hispano-chorotega. El folklore nicaragüense de mayor fuerza y más poderosas raíces es el de la zona chorotega, tanto en Nicaragua como en Costa Rica, en Nicoya. (p. 107)

Sobre sus sistemas de gobierno:

Los Chorotegas -dice el cronista- «no se gobernaban por caciques o señor único, sino a manera de comunidades (o senados) por cierto número de viejos escogidos por votos». En cambio, los Náhuas se gobernaban por Cacique con mando único y dictatorial. (p. 108)

Después de la independencia estos humores llevan a la creación de dos partidos:  liberales (calandracas, nombrados así por los perros hambrientos y flacos de las calles) y conservadores (timbucos, como gordos puercos, aludiendo a los rechonchos aristócratas quedados del dominio español), pero no devienen en una forma predecible, explico:

León es la ciudad liberal aunque su vida es bucólica y la gente ahí siempre vivió pegada a su tierra. Al menos así lo describe PAC en su libro:

León buscó (al huir de su primer destino) tierra buena y de pan llevar. Se sentó en el valle más rico y ancho disponiéndose a un destino agrario y metropolitano. Se hizo como pueblo huertero y burocrático. Para el leonés la tierra vale sangre. Es hombre de raíz, se hunde en su tierra, es sicología [sic] de ocaso. Hombre de introversión.(p. 112)

Por su parte, Granada es la conservadora, a pesar de que el granadino anda dando vueltas por Nicaragua y por el mundo, de ser la más «citadina» de las dos y de no estar fija por el fuego humano y natural. PAC dice:

…Granada ocupó una tierra poco rendidora, la historia la colocó como puerto en la inmediata tentación de un inmenso lago y a ese doble impulso de su posición geográfica -tierra dura y de lago abierto- su espíritu comunal se hizo vagabundo, colonizador, viajero de aventuras y fundaciones lejanas. De Granada salió la conquista de Cota Rica, la fundación de Chontales y sus haciendas, el Tránsito, la fundación y colonización de Rama, el Ingenio San Antonio, etcétera. Granada se sabía -y se sentía- punto de partida, amanecer y a ese signo de extroversión la historia le agregó incendios de piratas y filibusteros que hicieron más ligera su relación con la ciudad y más fácil el partir. (p. 111-112)

Según esto, Granada bien representa lo que es el conservadurismo de vanguardia desde mi entendimiento, y León el progresismo regresivo, el de los curas revolucionarios, digamos. No es por lazos históricos, son más humores generales de este país mezclados por la Conquista. El s. XX dió a estas corrientes inspiración – por un lado el marxismo y el falangismo por otro. Igual propició algo rarísimo: el auge de una vanguardia conservadora (nacionalismo de inicios de siglo, L. A. Cabrales, el joven Coronel Urtecho, PAC) y un clero progresista (teología de liberación, Ernesto C. et al). Ninguna de las dos corrientes es enteramente coherente para un europeo, pero esa es la cuestión: no absorbimos las ideas europeas como europeos, sino como nicaragüenses, como mestizos, utilizando las concepciones de nuestra herencia profunda para sostener esos idealismos.

Estas dos tendencias, casi nunca abiertamente expresadas, tomaron turnos para mantenerse el poder. Como en cualquier estado pluralista, se fundó un ciclo interno alrededor de ciertas familias que moderó el discurso, ciclo que fue interrumpido por la intervención americana, dando hegemonía a los liberales (los más reaccionarios del montón) y relegando a los conservadores (extrañamente demócratas).

Cuando EE.UU. abandona al General Somoza Debayle, el ciclo no puede seguir su curso, los conservadores son muy débiles y han sido ablandados más al tomar el rol de oposición bonachona. Los revolucionarios – rara avis, bestias de piel importada – toman el poder y empiezan a erosionar el propio concepto de Nicaragua. El resultado es una caricatura de nación incluso peor que la surgida de la independencia, garabato que los neo-liberales hicieron más mórbido con su indiferencia y que Ortega llegó a colorear, con eslóganes de su mujer encimita escritos en letra courier. Ya nadie se identifica con las viejas líneas partido-tribales y esto es un signo más de lo que algunos intelectuales en la izquierda llaman aculturación.

Estados Unidos, el hegemón que orbitamos, es el principal causante de este abandono total del nicaragüense, ya sea náhua o chorotega, y parece que cualquier posición que se tome actualmente implica querer volvernos una pequeña versión de Columbia, sólo que, dependiendo de quien hable, se busca resaltar unas partes y filtrar otras. El «derechista», más bien liberal, adora al libre mercado de EE.UU., adora gran parte de la cultura republicana, le encanta la idea de la meritocracia tecnócrata, del materialismo randiano o del protestantismo progresista. El izquierdista niega todo eso y en esa negación piensa estar rechazando a los Estados Unidos, pero en realidad él es incluso más leal al usonismo que el propio liberal, quien simplemente se quedó atrás y por eso nos parece «derechista».

Nuestro izquierdista cree en la tolerancia, en los derechos humanos, en la igualdad, en la autonomía, en la democracia (sólida, líquida, horizontal, etc.); todas estas cosas siendo mitos fundacionales de la nación usonana. La divergencia es, entonces, de grado, no de principio. El izquierdista nicaragüense cree que el gringo no es un buen gringo propiamente, el usonismo no es lo suficientemente usonista, o como lo puso Moldbug en su pieza The Secret of Anti-Americanism:

…la capital mundial del anti-usonismo parece que es… ¡EE.UU.! Ciertamente, si existe un sistema de instituciones donde el anti-usonismo predomine, es el sistema universitario occidental, ciertamente las universidades más prestigiosas de Occidente están en los Estados Unidos y claro está que el anti-usonismo no es extraño en una carrera académica en los Estados Unidos. ¿Dónde enseña Chomsky? No lo hace en la Soborna.

[…] Los europeos [anti-usonistas] no odian a los Estados Unidos, en realidad odian al gobierno de los Estados Unidos. Pero tampoco odian al gobierno de los Estados Unidos, odian al gobierno rojo (su defensa, la Casa blanca, la CIA). Puesto de otro modo, son iguales a los liberales de San Francisco que «aman a su país pero no confían en su gobierno». El hecho de que la vastísima mayoría de empleados del gobierno usonano trabajen para el gobierno azul no se les pasa por la mente en este contexto, mucho menos a los europeos.

[…]

El anti-usonismo […] es la ideologia organizadora de un imperio. Llamémosle el Imperio azul. El Imperio azul es un imperio estadounidense y sus cuarteles generales están en Foggy Bottom, Cambridge y Times Square. Los anti-usonistas no tienen idea de que suplen las necesidades y deseos del imperio, pero, de nuevo, ¿por qué deberían?

Esta coincidencia surge no porque el izquierdista sea de algún modo derechoide, incluso habiendo expuesto cómo nuestra izquierda contiene componentes ajenos a las izquierdas europeas, sino porque el liberalismo estadounidense es una izquierda tan vieja y tan exitosa a la hora de destronar derechas genuinas, que esta misma aparenta ser una derecha contra la cual uno debe organizarse si se busca coherencia como intelectual de izquierdas.

Pero volviendo a Nicaragua, siento que no hay suficiente esencia ya en las ciudades nicaragüenses como para revivir las inclinaciones más endógenas. En León ya no se pasean los liberales ni en Granada hay círculos intelectuales justificando alguno de los somocismos. Hace falta reinventar y no en afán de reinstaurar pleitos tribales ni ciclos democráticos acabados en sangre, sino de crear una doctrina nicaragüense propiamente mestiza que pueda servir al soberano significador, una doctrina eventualmente elevada a mito, un mito nuestro, un mito fuerte.

Pero el tiempo de la cultura nuestra ya pasó y nos toca vivir en el período posterior descrito por Spengler: la civilización, otoños e inviernos. No ha sido nuestro otoño y tampoco es nuestro invierno, sí, es el de todo Occidente. Este invierno, para nosotros, empezó más o menos con la independencia, para el resto de Europa puede remontarse a la propia reforma protestante y para sobrevivir hay que buscar ramitas, encender fuego.

El sandinismo tal vez haya querido ser ese recolector. Se nota en el pseudo-nacionalismo que intentaron impulsar ciertas figuras dentro del movimimento, pero no acaba de ser consistente con el resto de la doctrina, se vuelve un tumor la incoherencia, degenera; siguiendo con la alegoría, no hace más que tirar ramas mojadas por las lluvias de afuera, apagando a las pocas ascuas que quedan en el fuego, pensando que ayuda. Así me imagino a los más comprometidos, los que no eran simples oportunistas, los que terminaron pagando por ello.

Es evidente que dentro de esta dicotomía, la posición del conservadurismo de vanguardia es la que más me convence a mí y a varios de los muchachos afines a mis ideas. Considero que debemos tomarlo como inspiración para ordenar este país, pero antes tenemos que enorgullecernos de la idea. En Nicaragua, de cierto modo, nos adelantamos a la corriente del modernismo reaccionario que predominó en varios países de Europa. Si es que ambos conceptos parecen sinónimos. Nuestro particular entendimiento nica de la reacción existió mucho antes de que tuviésemos palabras para definir lo que es ser un reaccionario y en el marco de referencia europeo, nosotros los mestizos, hijos de Europa y América, comprendimos bien el curso de acción en este mundo que va yendo en picada.

Si tan sólo los vanguardistas hubiesen tenido chance de aplicar sus ideas sin que Somoza García los frenara para no molestar a Roosevelt, sin que su hijo, contaminado de doctrina liberal, acabara siendo demasiado débil como para mantener al país seguro de las influencias nocivas, sin que luego nuestras más brillantes mentes se arrepintieran por miedo o fuesen relegadas al olvido al no desistir sus ideas cada vez más controvertidas. Les aseguro que este país sería uno diferente, algo mejor tal vez; uno menos confundido, de eso no tengo dudas. Hasta puede serlo todavía, creo. Es cuestión de reaccionar. Todavía estamos a tiempo.

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