Sandinismo, el eterno derrotado.

Desde su concepción, los marxistas-leninistas del Frente Sandinista empezaron con los pies hinchados en un país que por cultura y tradición jamás abrazaría (al menos por las buenas no) su ideología destructiva. Pero hemos aprendido -a garrote-, que por la fuerza todo entra.

El primer gran ejemplo de ello es la misteriosa muerte del Dr. Pedro Joaquín Chamorro, quien pese a ser abiertamente anti-comunista y líder de la iniciativa de «transición democrática» de aquel entonces para quitar (o más bien cambiar) al General del poder, se encontró en el mismo bando con los sandinistas. A pesar de esto, Somoza no lo odiaba, aunque mucha gente quiera creer que sí.

Evidentemente lo miraba como un contrincante, pero su muerte al que menos le convenía era a él, por ello la hipótesis de que los sandinistas fueron los responsables de su asesinato puede que sea la más acertada; es la más creíble, sin dudas. A raíz de su deceso, las facciones armadas paramilitares, comandadas por los marxistas del Frente, tomaron fuerza y se impusieron ante una Nicaragua aún conmovida por su muerte. Cuando los corazones se abruman, hasta el caos se ve como posible remedio.

Esto dijo Somoza Debayle sobre Pedro Joaquín:

…a [Pedro Joaquín Chamorro] le gustaba pensar que los sandinistas lo veían como a un héroe, pero sospecho que ese nunca fue el caso. Era un discípulo más para ellos, alguien que podía serle útil a la izquierda. Con este su diario y con sus contactos, Chamorro hizo servicio efectivo para los sandinistas.

Es una contradicción en términos, pero Chamorro era, a la vez que mi enemigo, también mi aliado. Sostenía un odio profundo hacia mi persona, me quería ver crucificado. Por tanto, era mi enemigo. Su constante escrutinio hacia mi administración, sin embargo, sirvió como recordatorio de que los servidores públicos no deben pasarse de la raya. Así mismo, sus ataques diarios contra mí probaban conclusivamente que la libertad de expresión en Nicaragua era fait accompli y así me servía de aliado.

Nicaragua Betrayed, página 111.

Y, al saber de su muerte, escribió:

 [Pensé:] ¿Quién podría haber cometido este asesinato? Una cosa era segura para mí: nadie relacionado a mi persona o a mi administración había estado involucrado. Incluso si Chamorro hubiese sido un líder sandinista, mi gente sabía que él representaba a la prensa de oposición y que no debía ser lastimado. Estuve preocupado por su seguridad en muchas ocasiones, pensando varias veces que necesitaba brindarle medidas cautelares, pero sabía muy bien que él no iba a aceptar nada de mí.

Ibid., p. 113

El General es vencido, sí, pero por la fuerza y el terrorismo, el abandono de todos sus aliados (en quienes confió quizá demasiado) y no, como muchos afirma, por voluntad popular en mayoría. ¿Debía irse Somoza? Desde una perspectiva «democrática», tal vez, pero su salida fue todo menos por democracia y eso no se puede negar; el leninismo es quien lo acomodó así.

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Socialismo con características nicaragüenses.

Una vez implantados en el poder y formada la Junta de Gobierno, las ideas comunistas importadas de Cuba y la URSS no hicieron más que devastar a una Nicaragua ya ensangrentada por ellos mismos. El descontento popular era manifiesto desde el año uno de la revolución. La gente empezó a descubrir que los cartelitos en rojo, amarillo y negro (como si de un hechizo coralino se trataran) que les prometían la igualdad de riquezas y una tierra prometida mejor que la de Moisés, eran puras falacias. El hambre y el odio reinaban, dura combinación volátil.

El vaho del plomo y la sangre que aún seguía fresco en el aire, propiciaron nuevas sacudidas, en un intento de volver a poner orden del mismo modo que se impusó el caos: por las armas y en las montañas, a mano del campesinado. A esa gente no la convencés más que con la verdad hecha producción y ganancias cuantificables, y ahí es donde se forman los primeros bastiones de la Resistencia Nicaragüense, de la Contrarrevolución.

Fueron miles los enfilados voluntarios, sí, así como lo lee, VOLUNTARIOS, los que recibieron entrenamiento militar para hacerle frente a la tiranía leninista que igual tenía a miles de su lado, pero obligados. ¿Por qué, si era tan querido y popular el FSLN, tuvieron que imponer el Servicio Militar Obligatorio? Si la gente realmente los amaba, no tendrían por qué obligar a nadie a defender su revolución. Ciertamente a los niños no. Pero así de vacío es el razonamiento marxista.

Después de diez años de guerra civil, cincuenta mil fallecidos, torturas y barbaries cientos de veces peores a las que se le atribuyen a Somoza, hiperinflación, hambruna, insalubridad, demagogia educacional, demotismo, corrupción, exilio forzoso, etc. Esas cosas trajo el barco rojinegro del sandinismo.

Y a pesar de eso, ahí seguían, firmes, entregados a su tan «místico ideal sandinista», como un abusador pegado a su víctima, los nueve famosos comandantes sin claudicar y todos a la periferia, incluidos los que ahora se quieren rasgar las vestiduras mirando de soslayo y negando todo cuando la historia los pone en el paredón. Puro cinismo leninista.

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Comandos del Frente Sur de la Contra en 1987.

Diga lo que se diga de la Contra, esta le hizo frente a la tiranía Sandinista al punto de hacer trastabillar a los «grandes comandantes revolucionarios», torcerles el brazo y obligarlos a negociar. Se les acababa la profana omnipotencia.

Entonces vinieron los tratados de paz en Sapoá, en donde ambos bandos llegaron descontentos. Los temores del Comandante 3-80, cabecilla contrarrevolucionario, y todos sus leales, era que el Frente no fuese transparente con los acuerdos, que los rompiese a voluntad en tanto nadie estuviese viendo. A la larga terminaron siendo verdad: los comunistas no son animales de confiar, él y Nicaragua lo tenían claro.

La firma de Esquipulas II trajo consigo el mentado adelanto de elecciones. Fue abrumador, aplastante, nefasto para la militancia rojinegra; su hegemonía y aceptación eran tan falsas como las mieles que prometían. 36% era su masa, los pocos incautos que seguían cantando que el culpable era el Imperio.

Se dice que con lo sucedido en el noventa se empieza a dar la división de Sandinismo y Orteguismo, pero ¿dónde y cuándo exactamente se da esa ruptura? Los beneficios se seguían compartiendo, la piñata no solo benefició a los «orteguistas» (que ni existían como tal). Quisieran o no a Daniel, todos los grandes comandantes y demás cercanos al círculo de poder salieron con su tajada. Sus manos estaban llenas, de sangre y dinero robado. Después salieron diciendo que con Ortega se perdía la esencia sandinista, mientras apretaban y besaban el botín. ¡Clase esencia!

Ya en los tiempos modernos la historia la conocemos: unos optaron por los pactos y las muertes misteriosas, hacer marullos para fortalecer las «bases» y continuar sembrando el caos para forzar sus agendas. Siempre a la fuerza, al buen estilo Stalinista.

Otros, en cambio, ajustaron los patrones y prefirieron la persuasión y vender un socialismo de buenos modales. Llegaron hasta a ofrecerse como una socialdemocracia de ‘centro derecha’, pero venían empapados de la «nueva izquierda»; proaborto, pro lobbys minoristas, con discursos de empoderamientos vacíos. Leyeron a Gramsci, seguro quedaron encantados y pusieron en marcha nuestro bio-leninismo, a beneplácito de ciertos liberales. Lo que estaba detrás, por supuesto, era el mismo sandinismo, el socialismo modernizado; izquierda pura y dura.

Se impuso la parte del caos, con su mismo porcentaje militante siempre en minoría, siempre despreciados, siempre por la fuerza porque Nicaragua nunca los quiso ni los querrá. El desenlace de esta novela lo estamos escribiendo aún, ¿o es acaso el cierre de un capítulo para luego entrar a otro aún más incierto y estrafalario? Solo Dios lo sabe, pero Nicaragua será la víctima y ellos los villanos, ¿quién será el héroe?

La lucha sigue.

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