Conversando con la resistencia.

Recientemente he tenido el placer de conocer a varios individuos que militan en lo que podemos llamar la izquierda disidente. Al igual que su contraparte en la derecha, esta iteración de la izquierda considera que el estado actual de las cosas es deplorable; odian a Ortega y al sandinismo no lo quieren ver ni pintado; al liberalismo y al capitalismo los ningunean y quieren construir un montón de cosas que a muchos podrán parecer desvaríos.

No somos muy diferentes después de todo, a ambos nos miran por encima del hombro los viejos y los moderados nos consideran locos fumados, sobre-abstraídos. Somos jóvenes, tenemos enemigos en común, criticamos las mismas cosas, y aunque a los dos bandos nos parezca extraño, hay que saber que cada uno -al menos a través de sus exponentes más brillantes- viene desde una posición de genuino interés por el mundo, de querer saber y querer mejorar el estado de las cosas. La cuestión es que ahí terminan las similitudes.

Los del centro podrán decir que somos iguales por estas características, pero no lo hacen. A su parecer, somos iguales porque tomamos bando y nada más, porque estamos dispuestos a hacer y no sólo a votar, a veces también por el fino arte de discutir apartando los obstáculos de la moralidad establecida. Escohotado, Popper y Pinker, por nombrar a algunos, fallan a la hora de entender las motivaciones de los radicales de ambos lados, porque los ciega el orgullo liberal, la falsa noción de victoria, el eureka de la democracia que supuestamente acabó con la historia.

Nuestras críticas al sistema establecido, sin embargo, parten desde dos lugares completamente ajenos. Unos consideramos que el poder está demasiado dividido, otros que el poder no se ha dividido lo suficiente. Puede que Scott Alexander tuviese razón cuando decía que el punto medio es muerte, pero al menos yo me niego a conceder que el proyecto anarquista pueda funcionar, así como los anarquistas con los que he conversado niegan que mis ambiciones absolutistas sean morales.

Aparte de las fundaciones teóricas, existe una diferencia fundamental entre la derecha disidente y la izquierda disidente. Se trata de una asimetría fundamental en el número, la influencia y el prestigio cultural de ambos bandos. No sólo hay más presencia de la izquierda disidente en las universidades, en las artes y en los medios, no sólo existen más cuentas y portales feministas/anarquistas/socialistas/comunistas que absolutistas/neo-reaccionarios/libertarios, sino que ambas filas de la derecha disidente portan consigo una imagen desprestigiada: ellos son los ignorantes, clasistas, machistas, homófobos, misóginos, xenófobos, etc. Mientras que las filas de la izquierda fueron los que definieron estos conceptos para empezar; ils sont l’avant-garde.

De este modo, el único debate posible es el que ocurre entre individuos de ambas partes, cuestiones privadas e informales. No existe realmente un diálogo a gran escala y no puede existir en tanto no haya dentro del paradigma una institución que esté libre de estas asociaciones, productoras de sentimientos comparables a los que inspiraban las herejías en los devotos católicos del medievo.

Esta asimetría la describió Moldbug muy bien y, de un modo formalista, considero que reconocer esta realidad nos permitiría a nosotros en la derecha manejar mejor nuestros acercamientos a la sociedad general, al gobierno y a los círculos disidentes en nuestras antípodas. Si para empezar comprendemos que nos es imposible utilizar el activismo porque no tenemos una estructura que nos apoye, entonces nos las tenemos que ingeniar mejor. Por esto mismo tampoco podemos dialogar públicamente. Por más divertido que resulte ver gente escandalizada, esa táctica tiene límites. Podés terminar como Trump o podés terminar como Richard Spencer. Ninguno de los dos es un resultado deseable (aunque Spencer ha evolucionado desde su nacionalismo blanco a una posición más interesante).

Puede que mi análisis sea demasiado anglosajón, pero en general es cierto para Nicaragua y para el resto del mundo bajo la influencia de los EE.UU. Acá la gente que comparte mis ideas está en una situación de derrota, lo ha estado desde antes de la caída del somocismo. Si queremos lograr salir de esta situación, vamos a tener que innovar. Así mismo, nuestra contraparte en la izquierda, por tener más apoyos de afuera y por tener una mejor imagen, están innovando con mayor libertad, aunque sin menores riesgos. Tal vez no lo harán de una forma que podamos imitar, pero sí es una de la cual podemos aprender.

Lo que yo recomendaría es que nos acerquemos a la gente honesta del otro lado de la cerca, en buena fe, con genuinas ganas de comprender cómo llegaron al lugar en el que están. Muchas veces la respuesta es un elaborado «me lo enseñaron en la universidad», lo que no es malo. Ser normal no es malo. Pero otras veces te encontrás con viajes intelectuales y espirituales que pueden aportar mucho a vos y a tu causa, pero sobre todo hallás personas agradables, inteligentes y valiosas; amigos y hasta más. Esto es algo que yo mismo había ignorado por mucho tiempo y fue durante una conversación con une amigue disidente izquierdiste que empecé a pensar al respecto y me pareció muy obvio. Hasta sentí que estaba sobrepensando demasiado.

R: […] no sé cómo hacen ustedes para mover gente tan bien.
>he leído varias fuentes de teoría de subversión y todo eso
>pero no logro ver cómo aplicar eso acá [y hacerlo con nuestro bando]

DI: se llama ser social y hablar con la gente e irte de tapis con ellos, asi lo logras xD

R: 😮
>es tan sencillo?

DI: Es que si
>ese es el problema de los movimientos
>ven a la gente como masas y no como personas con las que pueden conectar y hacer amistades.

A través de esta clase de interacciones, ambas partes llegan a desarrollar mejor sus posiciones y, aunque no quiero utilizar la expresión, logran salirse del paradigma izquierda-derecha que existe, así sea en virtud de abstraerse a tal punto que esa distinción, como muchas otras, ya no importa. Es divertido y puede desembocar en cosas muy interesantes.

Con respecto a nuestras relaciones una vez logremos sostener algo, el modelo de almazuela, patchwork en el inglés de Moldbug, puede que sea la mejor opción para todos; separación en vez de dominación. Parece irónico que lo proponga yo, el ultraderechista, pero en realidad preferiría mil veces una secesión antes que una guerra civil. Por desgracia, la opción no siempre está ahí.

Y bueno, lo que más hace falta recordar es que no todo es política. A veces hay que parar un poco para apreciar el paisaje, discutir sobre una buena novela, hablar de lo malo que fue el último blockbuster y reír. A nosotros, más que a ellos, nos hace falta redescubrir estos placeres.

Que esto sea una invitación a ambos lados a conocerse mejor. Polarización ya nos sobra con la crisis. Lastimosamente, estoy seguro que casi ninguno va a escuchar; la socialización es fuerte, después de todo, pero más de alguno vendrá y nos conocerá y nosotros lo conoceremos y ambos aprenderemos.

Yo los espero con café.

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