Diatriba a la normalidad.

Aunque hayamos llegado al primer año de la insurrección de abril, queda demostrado que los tiempos no son a como quisiéramos o a como prometía la coyuntura. La realidad es más dura de lo que parece. Después de haber vivido Semana Santa más intensamente que otros años, aprovechando la coincidencia y a pesar de los esfuerzos de muchos por avivar de nuevo ese ímpetu de revolución, los hechos fueron otros y fueron crueles.

Las iglesias se llenaron más que otros años, pero las playas y bares no se vaciaron. La fe y el recuerdo cruento aún fresco no lograron sobreponerse al deseo enfermizo de bacanalear y tapinear estos días. La gente se resiste en asumir su parte en este cambio urgente. El compromiso no va más allá de palabrerías vanas en redes y golpes de pecho vacíos mientras se empinan la bicha fingiendo lamentarse. No quiero decir que nos merecemos este calvario, pero tampoco estamos listos para construir una Nicaragua nueva. No hay compromiso, no hay amor verdadero a la Patria.

Por desgracia, hace falta recordar a gran parte de la ciudadanía que esta lucha no sólo involucra a los que ya cayeron, a los que sufren en las mazmorras; han olvidado a todos los que nos resistimos a la normalidad y hacemos lo que sea con tal de sentir aún a abril en la piel. Nicaragua es también de los indiferentes del diario, que se conforman con ver de soslayo cómo nuestra crisis va empeorando, creyendo «estar bien» porque gracias a Dios conservan su trabajo, sin ver un futuro cada vez más real donde este no existe. Llegan incluso a excusar su desmadre con «desestrés», con «salud mental». ¿Sabrán que con sólo usar el y la «🇳🇮» para banalidades no basta?

Me entristece saber que los «tiempos» los definen ellos, por ser el grueso que ahora predomina. Hasta parece que no pueden entrar en verdadera consciencia sino es viéndose reducidos por el hambre. Sólo el desastre los hará reaccionar y para entonces, me temo, será muy tarde. Para cuando despierten, este país estará destruido, no quedará nada de valor que proteger, no habrá cimiento sobre el cual levantar la dichosa «nueva Nicaragua«.

No tomen esto como un reclamo, ni siquiera como un llamado de atención. Éste es solo un caer a la verdad, un auto-análisis de lo que somos y hacia donde vamos. La solución a esto está lejos, muy lejos y sí, sigue en nuestras manos, aunque no lo queramos aceptar. Es de los nicaragüenses el problema y solo nuestra es la salida.

Arranca Pascua, pero nosotros no hemos de resucitar todavía. Seguimos colgados del madero como el mal ladrón. Cristo, ansioso, nos quiere salvar, pero preferimos escupirle. Nos quiere libres, pero escogimos las monedas de la «normalidad».

Dios nos tenga piedad.

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