La magia de la soberanía simétrica.

Texto de Mencius Moldbug, publicado en Unqualified Reservations el 19 de mayo del 2007.

Los lectores que consideran interesante el tema de la teoría política -unos cuatro o cinco tal vez- puede que también disfruten los debates que he tenido con Nick Szabo en los comentarios de estas publicaciones. Siempre es un placer batirse a duelo con un maestro, incluso si quedás con horribles cicatrices en la cara.

Uno de los asuntos -quizás sea el principal- en el cual Nick y yo diferimos es la cuestión de la soberanía. Nick, como los demás pensadores políticos (por lo menos todos aquellos a la izquierda de Atila el huno), cree que la soberanía debe ser limitada, es decir, que el soberano no tiene derecho a violentar los derechos básicos de los ciudadanos.

Mi opinión es que el concepto de soberanía limitada es contradictorio e informalista. De hecho, creo que esta soberanía limitada (de la cual el «gobierno popular» es sólo un caso) es una de las mayores mentiras en el arsenal político de la Ilustración. Esta inocente y atractiva idea, en mi opinión, es sustancialmente responsable por el tremendo caos de nuestra era.

Por el contrario, yo sostengo lo que Nick podría llamar la teoría totalitaria de la soberanía. Aunque a veces es divertido apropiarse de un peyorativo, esta es una palabrota difícil de tragar. Pienso que una mejor palabra es simétrica, es decir, para mí la propiedad soberana es como cualquier otro tipo de propiedad.

Yo defino a la soberanía como un derecho de propiedad independientemente asegurado o, en otras palabras, primario. Esto en contraste con un derecho de propiedad subordinado o secundario. La teoría simétrica de gobierno propone que el mismo principio aplica a ambos; la validez del derecho de propiedad es definida por los poderes que lo aseguran.

Por supuesto, esta es, en efecto, la teoría «totalitaria» para Nick, pero creo que suena mucho mejor, ¿no te parece? Veamos cómo funciona la teoría simétrica en la práctica:

Imaginá que soy un ciudadano blanco, respetable, que enuncia propiamente y tal vez esté algo gordo, con una casa en los suburbios. Si un montón de marginales se me acercan con sus TEC-9 y me dicen «va’ la ████, gordo h████████, este’s nuejtro chante agora», mi primera llamada sería a un amigable oficial que llegaría en algún tipo de vehículo acorazado para reducir a los matones.

Esto significa que mi derecho de propiedad es secundario, no primario. Lo que yo realmente poseo es un acuerdo con la intendencia de Villa blanca para que esta proteja mi casa, que es mi castillo, contra las depredaciones de los coloridos delincuentes. De hecho, realmente yo no poseo nada, porque el amigable oficial bien podría confiscar la pieza de papel que es mi título y eso me dejaría gritando de forma indigna y patética en el patio delantero de lo que solía ser «mío».

Podemos decir que la propiedad primaria es muy difente a la secundaria. De hecho, el número de propiedades primarias en el mundo habrá tenido su pico por los años mil quinientos y ha estado bajando por un buen tiempo ya. Si seguís el pensamiento de algunos internacionalistas, sólo existe una propiedad primaria en el mundo: las Naciones Unidas, siendo las meras naciones propiedades secundarias. Por supuesto, si Bush decide que realmente es Hitler, estos sujetos estarían en Rikers Island en nada, así que este modelo puede que sea algo simplista.

Sin embargo, una forma de evaluar un diseño político es considerar su peor resultado posible. El peor escenario de la soberanía simétrica («totalitaria») es un dictador malvado que conquista el mundo y decide torturar y asesinar a todo el mundo, remplazándonos con clones gesticulantes, bigotudos.

De acuerdo, admito que este no es un resultado deseable (a menos que yo sea el dictador, en cuyo caso necesito empezar a trabajar en mi propio bigote). Así que cambiémoslo un poco y veamos, en su lugar, el peor escenario posible de forma racional. Asumamos que el dictador no es malvado, solamente resulta amoral, omnipotente y avaricioso.

Existe una forma de construir fácilmente este experimento de pensamiento y es imaginando que el dictador en cuestión no es humano, sino un alienígena, de nombre Fonárguel. Fonárguel vino a la Tierra por una cosa: oro. Su objetivo es dominar el planeta durante mil años, lo que él llama «Fonarg de mil años» y luego irse en su fonave con tanto oro como sea posible. Aparte de eso, Fonárguel no tiene otros sentimientos. Le importan los humanos lo mismo que a nosotros nos importan las bacterias.

Podés pensar que nosotros, los humanos, una especie valerosa, diríamos «¡jodete, Fonárguel!» y no le daríamos nada de nuestro oro. Pero hay dos problemas con eso: (1) Fonárguel es invulnerable, ningún arma humana puede dañarlo y (2) tiene el poder de matar a cualquier humano o grupo de humanos, donde sea y cuando sea, con sólo chasquear sus dedos.

Aparte de esto, no tiene poderes. No puede caminar siquiera, necesita que lo carguen como si fuese la emperatriz de la India (Fonárguel tiene un asombroso parecido físico a Jabba el Hutt), pero con su invulnerabilidad y poder mortal, es muy simple para Fonárguel hacerse elegir secretario general de la ONU y en el Fonarg de mil años la ONU no es sólo una sinecura para cleptócratas africanos alcohólicos. Con Fonárguel al frente, es un súper Estado global cuyo único propósito es hacer cumplir la voluntad de Fonárguel: conseguir oro, mucho oro.

En otras palabras, Fonárguel es un maximizador de ingresos. La cuestión es: ¿cuáles son sus políticas?, ¿qué quiere que nosotros, sus leales súbditos, hagamos?

Lo primero que se le puede ocurrir es esclavizarnos a todos en las minas de oro, si no, chasqueo, muerte instantánea. ¿Veo que estás holgazaneando? Eso es un demérito. Otros cuatro y ya sabés qué pasa. Ahora, ¡a cavar! (Tal vez alguno acá ha visto Locuras en el oeste).

Pero esperate; esto no puede ser. Todos los esclavos tienen que comer, alguien tiene que elaborar las gachas de avena, y hacer las palas y, de hecho, seríamos mucho más productivos si en vez de palas usásemos excavadoras, ¿esas quién las hace?, y…

Rápidamente nos damos cuenta de que la mejor manera de maximizar el oro para Fonárguel simplemente es manejar una economía humana normal y gravarla (en oro, claro). En otras palabras, Fonárguel tiene el mismo objetivo que la mayoría de gobiernos en la historia. Su prosperidad es la cantidad de oro que recauda en impuestos, la cual debe ser extraída de la economía humana de alguna manera. La tributación debe depender de algún modo en la habilidad para pagar, así que mientras más prósperos seamos, más próspero será Fonárguel.

Los intereses de Fonárguel, de hecho, resultan estar muy bien alineados con los nuestros. Cualquier cosa que hace más rico a Fonárguel nos hace más ricos a nosotros y viceversa.

Por ejemplo, está en el interés de Fonárguel mantener un sistema legal justo y efectivo porque los humanos somos más productivos cuando nuestras energías no se van en rencillas. Está incluso en el interés de Fonárguel establecer un proceso legal que defina exactamente cuándo va a chasquear sus dedos para detener un corazón ya que los humanos somos más productivos cuando no nos preocupa caer muertos en cualquier momento.

Y está también dentro de su interés manejar un sistema de tributos organizado en el cual la tasa de impuestos es conocida de antemano sin que Fonárguel tome lo que quiera cuando quiera para llenar su bolsa de oro. Esto sería así porque los humanos somos más productivos si podemos planear para el futuro. Por supuesto, para el final del Fonarg de mil años, el incentivo habrá bajado, pero asumamos que Fonárguel recién llega.

Otra preguntas son fáciles de contestar. Por ejemplo, ¿permitiría Fonárguel la libertad de prensa? Bueno, ¿por qué no lo haría?, ¿qué le va a hacer la prensa a Fonárguel? Como decía Bismarck: «ellos pueden decir lo que quieran y yo hacer lo que desee». Pero Bismarck no lo decía en serio. Fonárguel sí.

En general, Fonárguel no tiene razón alguna para imponer restricciones artificiales en sus súbditos. Va a imponer leyes que prevengan la violencia, la cual reduce la producción de oro. Fonárguel no tiene interés en los «crímenes sin víctima». Fonárguel puede definir como robo el no cumplir con el pago de los impuestos, así que al final va a operar un sistema legal muy normal.

Resulta que, quitando el 30-40% de nuestro esfuerzo económico que va directo a las arcas doradas, Fonárguel es un gobernante ideal. Lejos de ser «totalitario», la fonargocracia es, si acaso, muy libertaria. A Fonárguel no le importa lo que hagás en tanto siga llegando oro a las arcas.

¿Por qué el comportamiento de Fonárguel es tan distinto al de los dictadores «totalitarios»?, ¿cuál es la diferencia entre Fonárguel y los hombres más poderosos del s. XX, piezas tan nefastas como Hitler, Stalin y Mao?

La diferencia es que la propiedad primaria de Fonárguel, el planeta tres, está asegurada por sus poderes mágicos de invulnerabilidad y por su chasqueo mortal de los dedos; es segura.

La invulnerabilidad y el chasqueo mortal de Fonárguel realizan el mismo servicio para Fonárguel que el amigable oficial hizo por mí. La razón por la cual el Fonarg de mil años es una era pacífica y libre es porque hemos definido el derecho de primario de Fonárguel como un derecho secundario. Si un día Fonárguel trata de chasquear sus dedos y el poder mortal falla («¡carajo!», exclamará), habrá problemas.

Hitler, Stalin y Mao, por otro lado, tenían enemigos. Stalin y Mao básicamente operaban asumiendo que todo el mundo los quería matar y tomar sus puestos. Después de un tiempo esa idea resultó ser una profecía auto-cumplida. Los gobiernos terroristas (como en Le Terreur, significado por desgracia desfasado) son una consecuencia no de un título primario absoluto, sino de un título primario inseguro. Es mejor comprendido como una forma de guerra civil.

Desafortunadamente, los poderes mágicos de Fonárguel están más allá de nuestro alcance. Entonces, ¿cómo podemos emular el Fonarg de los mil años (o mejor, el Fonarg eterno)?, ¿o acaso existe algún problema obvio con la idea de la fonargocracia? Las opiniones de los lectores, como de costumbre, son bienvenidas…

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