Necesitamos un gobierno tremendo.

Texto de Mark Christensen, publicado en Social Matter el 23 de julio del 2018.

Desde los días de Reagan -y quizás desde los de Buckley- el nuevo movimiento conservador ha sido caracterizado por una doctrina falaz de gobernanza que moldea tanto su teoría ideológica como los eslóganes electorales que utiliza.

Va más o menos así: por una variedad de razones económicas y sociales, el gobierno es incompetente, inferior, y un mal necesario si es que debe existir del todo. Es malo. Esa es la misión del movimiento conservador hacer al gobierno retroceder y restringirlo a futuro utilizando cualquier medio. Esta creencia está reforzada por un vicioso ciclo de sesgos de confirmación. La estructura de gobierno usonana está constitucionalmente dirigida hacia la división y conflicto interno bajo una cubierta de «controles y contrapesos», y la era de gobernadores competentes terminó hace tanto tiempo que la mayoría de conservadores estadounidenses no son capaces de recordarla. La generación de conservadores hoy en boga, desde los devotos de Ben Shapiro y Jordan Peterson hasta los Pro-MAGA de los clubes universitarios republicanos, parece haber adoptado esta doctrina sin ninguna objeción.

Pero nosotros vivimos en un momento único en la historia del conservadurismo estadounidense. El viejo orden de políticas económicas libertarias y política exterior neoconservadora ha sido perturbado, acaso destruido. El líder político de los Estados Unidos republicanos es un hombre con un mensaje muy distinto. En su viaje a la casa blanca, las palabras salidas de la boca de Donald Trump han sonado muy distintas a la ortodoxia. Cosas como: «Soy un hombre de negocios exitoso. He construido grandes cosas y he empleado a gente magnífica. El gobierno de EE.UU. no es exitoso y no construye las cosas bien, pero solía hacerlo. Cuando esté a cargo, usaré mi tremenda habilidad para hacerlo un éxito que construya cosas grandes una vez más. Haré a los Estados Unidos grandes otra vez.»

Estas son dos sentencias muy distintas. La segunda no es una manera de vender un gobierno minimalista. Trump ha encarado una oposición interna fuerte debido a sus tendencias económicas nacionalistas y su sólida posición con respecto a la inmigración. Consideremos esta audaz proposición: el último punto focal imposibilita al primero. La razón para esto resulta evidente. Si el sesgo conservador que implica que el gobierno es necesariamente incompetente e inferior es verdadero, entonces el gobierno no debería ser capaz de construir grandes cosas. Y aún así, todos los estadounidenses reconocen eras de su historia que consideran edades magnas para su liderazgo político. Aunque estas puedan diferir entre los azules y rojos, se explica como una diferencia de valores; los republicanos no pueden decir que F. D. Roosevelt era un incompetente mientras construía sus proyectos de gobierno activista, incluso si el objetivo les desagrada. Su legado en las cortes y en la creación de la religión cívica usonana ha moldeado la vida desde entonces.

Yendo más al punto -el más urgente para nuestra organización actual-, la noción de que el gobierno es incompetente implica que la misión de Trump de hacerlo exitoso está destinada al fracaso. Como veremos más adelante, esto es inaceptable por dos razones. Primero, es manifiestamente falso (exploraremos más adelante algunos ejemplos de gobierno competente). Segundo: el punto focal del gobierno como un mal necesario en vez de un bien posible influencia la forma de las creencias y de ciertas conductas de manera destructiva. Afortunadamente, el conservadurismo estadounidense está en un momento decisivo, el presidente Trump y sus seguidores deben abandonar esta falsa doctrina y borrarla de la consciencia roja de los Estados Unidos.

Redefinamos primero el concepto de gobierno competente. Después de todo, el concepto depende mucho de la concepción que tenga cada uno de una buena sociedad. Quitando los debates de filosofía moral, digamos que una sociedad buena es aquella que produce una población virtuosa, genio cultural, belleza y prosperidad económica. Por extensión, un gobierno es bueno si provee soporte para que una sociedad logre esas cosas. Ahora, preguntémonos, ¿es el gobierno pequeño o el gobierno grande el que mejor logra este objetivo?

Por supuesto, la pregunta resulta ridícula. La respuesta puede variar de política en política, y la respuesta política correcta cambiará dependiendo de factores como la geografía, la cultura, el contexto histórico, nivel de tecnología y mucho más. EE.UU. alcanzó un desarrollo interno en el s. XIX con relativa libertad económica y unas tarifas proteccionistas, una mezcla alarmante tanto para libertarios republicanos como demócratas clintonianos. Por otro lado, China está alcanzando su óptimo a través de masiva intervención estatal vía empresas semi-públicas. Podemos encontrar ejemplos de políticas estatales que fallaron: la ley Volstead, por decir un caso. Podemos también señalar muchas circunstancias donde el problema ha sido falta de un gobierno competente: la crisis fronteriza y la epidemia de la heroína.

También la crisis financiera del 2008 es una tormenta perfecta de incompetencia: el gobierno estaba involucrado en los peores lugares (instando a los bancos a dar hipotecas a aquellos que no las podían costear), a la vez que fallaba en esas áreas donde era precisamente necesitado (desregulación de una variedad de dispositivos financieros y un patético trato de rescate al caer todo). La lección es clara: grande contra pequeño, en materia de gobierno y creación de políticas de estado, es una métrica poco precisa, o de plano inútil. El sesgo se inclina hacia la intervención gubernamental en áreas innecesarias o su ausencia en los lugares donde más se le necesita. Esto es verdad incluso si vemos las cosas desde un punto de vista exclusivamente económico. Una devoción fanática hacia el libre mercado ignora cuestiones políticas como la preservación de la soberanía cultural y el mantenimiento de buenas relaciones entre las clases sociales. Mientras tanto, la tendencia opuesta interfiere con la habilidad de las personas productivas y las compañías de trabajar sin restricciones burocráticas innecesarias; esta es la razón por la cual el socialismo chino moderno ha tomado ventaja de políticas como la zonas económicas especiales a la vez que preserva el rol activo del estado. Debemos demandar una métrica más sutancial: el gobierno competente.

Lo que diferencia al punto focal del gobierno competente de los demás, es que no se encomienda a ninguno de los dos sesgos antes de considerar la situación. Podemos compararlo con la filosofía de mando de misión que algunos ejércitos emplean, enfatizando los resultado mientras permite cierta libertad de ejecución. Durante las elecciones, Donald Trump dió forma e hizo notorias los asuntos que agobiaban a la base del partido republicano (en oposición a aquellas preocupaciones que los Think Tanks y las figuras conservadoras populares tenían). Trump persistió a pesar de los esfuerzos del conservatismo à la Beltway y el comité nacional republicano. Esto trajo mucha retórica fresca al frente: una política estricta de control fronterizo, enmiendas a los acuerdos de comercio que no beneficiaban a los trabajadores estadounidenses y un alto al aventuramiento usonano en el extranjero vía guerras de construcción de naciones. Ahora, ¿es esto una llamada a aumentar o disiminuir el tamaño del gobierno? Más control en la frontera y regular el comercio con ciertos países como China ciertamente es la definición de un gobierno más grande. Por otro lado, una renegociación de los tratados de libre comercio y una baja en los conflictos internacionales puede hacer retroceder las iniciativas federales. El gobierno es un medio y no un fin, sea grande o pequeño.

A pesar de los aullidos tanto de conservadores hegemónicos como de liberales, esto no es un fallo en el programa de Trump, esto es una característica y una muy necesitada. Trump se las arregló para romper el viejo paradigma enteramente. Esto no quiere decir que le faltase un programa ideológico, el acercamiento nacionalista-soberanista inherente a su plataforma está claro, pero él estaba dispuesto a comprometerse con cualquier acercamiento que pavimentada el camino hacia su objetivo de hacer a su país grande otra vez. Este fue un enorme paso hacia la segmentación del viejo paradigma de gobierno grande contra pequeño en el pensamiento conservador. Es necesario moverse más hacia una dialéctica de soberanía contra globalismo.

Irónicamente, el desdén del conservador por el gobierno ha sido en muchas ocasiones una profesía de auto-cumplimiento. El problema es que mucho del gobierno estadounidense se ha vuelto inepto. Siendo un poder dominante entre dos océanos, EE.UU. ha fallado en revisar si este poder existe en otros lugares. De hecho, han habido muchos ejemplos de gobierno competente. No hay que limitarnos a los dínamos minarquistas como Singapur o Suiza. En cuestión de décadas, el estado chino ha logrado una industrialización masiva, el establecimiento de normas políticas e instituciones después de una era caótica, extenso poder geopolítico y la salida de la pobreza de unas doscientas millones de almas. Podemos señalar a Polonia, con su tremendo crecimiento económico vuelto influencia en Europa, siguiendo su propia visión bajo una luz genuinamente polaca de valores católicos en vez de arrodillarse a Bruselas. No sólo existe el gobierno competente sino (¿es lícito decir?) también el gobierno dinámico y consumado. Entonces, ¿por qué ha fallado tanto en todos los niveles de la vida estadounidense (ciudad, estado, federal)?

Libros pueden escribirse sobre este tema y esta pieza no es uno de ellos, pero es válido recalcar una barrera particular que el pensamiento usonano ha creado cuando se trata de los objetivos de un gobierno competente: la vida política estadounidense viene sufriendo desde hace mucho en una fijación con el medio que excluye al fin. El ejemplo más obvio es la posición privilegiada de la constitución en la vida moral y política. Por supuesto, muchos países tiene gran respeto por sus constituciones, pero pocos -si alguno- la tratan con tanta emoción y sacrosantidad como el conservatismo usonano trata a la constitución de EE.UU. Los progresistas siempre parecen creer que la constitución debe ser expandida y actualizada con el paso del tiempo, lo que quizás sea una explicación de sus múltiples y cimentadas victorias políticas en la ley. Es más fácil cambiar una sociedad escribiendo nuevas normas que tratando de anularlas.

Sin embargo, la constitución de los Estados Unidos tiene un valor simbólico poderoso para ambas partes del espectro. Para el conservador, esta representa la sangre derramada en defensa de la libertad. Para el progresista, representa la salvaguardia de los derechos y su expansión constitucional de 1776 en adelante. Mucha energía es dedicada a la cuestión de si tal o cual política es constitucional, incluso para cuestiones tan fundamentales como la demografía, la naturaleza del matrimonio y la intervención del dinero en elecciones; la cuestión del bien común parece haber estado ausente hace mucho. Lo que importó siempre fue si las políticas alrededor de estos asuntos se alineaban con la constitución o no, ignorando las implicaciones morales detrás de estas.

Esta actitud ha arraigado tanto en conservadores como en progresistas. Los conservadores han sido tradicionalmente devotos de las ideas libertarias: la propiedad y los mercados; ambas cosas han ayudado a sus peores enemigos en el proceso, sin que estos aparentemente se den cuenta. Por ejemplo, las voces conservadoras que hicieron campaña durante Citizens United para proteger el gasto de las corporaciones y uniones en el discurso político, esto a pesar de que las corporaciones más grandes de EE.UU. apoyan los acuerdos globalistas de libre comercio y normas tan progresistas que harían a Hillary Clinton levantar una ceja. Mientras tanto, los progresistas han desprestigiado cualquier idea de bien moral, incluso a nivel filosófico. El consentimiento del individuo no es sólo la fundación de los derechos políticos, sino también de la vida moral. Los resultados ya los conocemos: disolución de cualquier sentido de comunidad moral o política. Durante casi toda la historia de los Estados Unidos, sus ciudadanos se han visto a sí mismos compartiendo una visión común. Durante el primer siglo después de su fundación, EE.UU. fue una república que protegía los derechos de los anglosajones. Si su gobierno federal era secular, su cultura y sus instituciones tenían innegables raíces cristianas. En su segundo siglo (particularmente después de la victoria de Lincoln en 1865), el enfoque cambió hacia una comunidad nacional, moral y cívica. Incluso cuando el enfoque explícitamente demográfico había cambiado en los sesenta, EE.UU. todavía tenía el sentimiento unificador de estar todos encomendados a la libertad y la dignidad individual.

Estos tiempos están ya detrás de la Unión. Por supuesto, ni la izquierda ni la derecha pueden escapar la esfera moral en su totalidad. La política está demasiado apegada a ella. Rojos y azules empezaron con dos ideologías totalmente diferentes, cada cual con su propia agenda en el reino legal. Los rojos, de los setenta en adelante, se comprometieron a defender una filosofía de derechos negativos y la descentralización del gobierno. Los azules estaban detrás de los derechos positivos y el gobierno activista en pos de resolver los percibidos problemas sociales (para el tiempo de Clinton el enfoque económico había sido abandonado). Esto devino en dos perspectivas morales compitiendo entre sí. Irónicamente, ambos están fundamentados en una versión del individualismo y la libertad de la coerción. Para los rojos se trata de un individualismo cívico y libertad económica; para los azules es un individualismo social y una libertad moral. El rojo intenta coartar el estado político y el azul subvertir la comunidad moral. La Unión no podrá sobrevivir ninguna de las dos tendencias.

Dos cambios de paradigma son necesarios: primero, la movible ventana de Overton debe cambiar para así concebir tanto al estado como a la comunidad como aspectos positivos de la vida humana y no como males opresivos pero necesarios. Segundo -un poco más logísticamente difícil-: la vida política usonana debe retomar la visión del bien común como el objetivo último de las ramas legales y políticas. Puesto de otro modo, debe sostener un estándar con el cual juzgar a la constitución. Hay fuerzas tanto entre rojos y azules que podrían reconciliarse bajo esta visión. El conservadurismo está reviviendo un sentido de soberanía nacional y comunidad política, pero sigue siendo frenado por sus antecedentes libertarios. Mientras, los demócratas hace mucho que abandonaron la idea del buen gobierno, el empoderamiento económico del trabajador y la vida familiar, ahora lo que buscan es una campaña de cambio social dirigida por solteronas urbanitas y oligarcas clintonianos para segmentos cada vez más marginales del grueso progresista. Esto es una parodia; Estados Unidos es un país próspero con una enorme población, merece un régimen que pueda movilizar propiamente estos recursos y ponerlos al servicio de sus familias y visionarios.

Es muy poco probable que Trump pueda lograr esta total restauración de la vida estadounidense por sí solo. Sin embargo, completar esta transformación tan necesaria en el seno del conservatismo usonano está en el rango de posibilidad para el presidente, su administración y aliados en el partido republicano. Muchas cosas hacen falta. Más que nada la visión del bien común expresada con propia fluidez; el orgullo nacional y la soberanía están bien, pero EE.UU. debe reestablecer sus raíces y abrazar su posición como centro geopolítico, como superpoder y como país occidental por sobre todo. Estados Unidos ya no puede pretender que es una nación de ideas involucrada en actos imperiales en nombre de una turbia «comunidad internacional» de estados soberanos. El poder demanda competencia. También es necesario que las fuerzas del conservadurismo estadounidense se reconcielen con el estado y con el punto focal del gobierno competente.

Trump representa nada más una manifestación de fuerzas más grandes moviéndose en el mundo hoy día. El alargado eco del s. XX se desvanece, con sus certezas ideológicas, políticas y económicas. Las contradicciones del orden neo-liberal globalista se esclarecen, los centros de oposición van surgiendo -aunque no todos alternativas ideales-: Polonia, Hungría, Italia, China[, Brasil], y otros más. Somos testigos del retorno de los valores más allá de lo económico, de la comunidad política, de los estados que gobiernan y no sólo regulan. Pero sigue sin ser suficiente mirar lo que pasa en el extranjero y, como tal, cualquier inspiración debe ser aplicada para construir un futuro en casa. Las grandes visiones políticas son importantes precisamente porque estas personas y grupos están separados y divididos. Es necesario que empiecen a comunicarse y volverse cada vez más familiares los unos con los otros para así coordinarse.

El mandato de Trump continúa, ya conocimos a esos segmentos del conservatismo que fueron comprometidos por el orden neoliberal/neoconservador que está en picada. Para poder avanzar junto a las facciones más sanas del movimiento conservador, es vital adoptar el poder y las instituciones del gobierno, las cuales no deben ser vistas sólo como males necesarios, sino como bienes potenciales. La conmoción que supuso el cambio de paradigma de 2016 será desperdiciada si las fuerzas nacionalistas y soberanistas se niegan a usar las herramientas que ahora tienen en su poder. Pueden estar seguros que las fuerzas del neoliberalismo no dudarán en utilizarlas.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s